El sueño de carbono de Oscar Pistorius

El pequeño Oscar tenía once meses cuando los médicos fruncieron el ceño. Algo no iba bien. Sin haber vuelto todavía por completo las doce hojas de un calendario de pared, aquel mico que braceaba y lloraba a partes iguales, pataleando también, tenía que pasar por el quirófano para corregir una malformación ósea que con el tiempo hubiera degenerado de mala manera. Y la única forma de corregir era amputar. Así, sin haber bajado apenas de la cuna, el pequeño pretoriano se enfrentó, sin saberlo, a un momento que iba a cambiar su vida al principio del otoño de 1987. El pequeño Pistorius entró al quirófano con una malformación ósea y salió sin ella, pero pagó un precio elevado: le amputaron, de la rodilla hacia abajo, sus dos piernas.

El pequeño Oscar tenía once meses cuando los médicos fruncieron el ceño. Algo no iba bien. Sin haber vuelto todavía por completo las doce hojas de un calendario de pared, aquel mico que braceaba y lloraba a partes iguales, pataleando también, tenía que pasar por el quirófano para corregir una malformación ósea que con el tiempo hubiera degenerado de mala manera. Y la única forma de corregir era amputar. Así, sin haber bajado apenas de la cuna, el pequeño pretoriano se enfrentó, sin saberlo, a un momento que iba a cambiar su vida al principio del otoño de 1987. El pequeño Pistorius entró al quirófano con una malformación ósea y salió sin ella, pero pagó un precio elevado: le amputaron, de la rodilla hacia abajo, sus dos piernas.

Durante toda su vida, Oscar Pistorius caminó por el mundo sobre el peldaño de las prótesis artificiales. Se acostumbró a mantenerse en pie y a seguir adelante, paso a paso, a pesar de que su trayectoria había quedado marcada de manera inexorable en el momento en el que el quirófano le cambió un palmo por toda una vida. Pero no fue el único obstáculo que el sudafricano tuvo que saltar para seguir adelante. Pistorius tenía seis años cuando sus padres se separaron, y quince cuando su madre murió. Superado el primer examen cuando apenas tenía un año de vida, la existencia no estaba dispuesta a dejar de examinar al pretoriano, que aspiraba a matrícula en todas sus respuestas.

En algún punto de aquellos primeros años, y quizá para escapar de todo lo que le perseguía, Oscar Pistorius abrazó la velocidad. Apasionado de las motos, que vendió hace poco para evitarse disgustos que pudieran lastrar su progresión atlética, el sudafricano tiene en su cuerpo algunas marcas producidas precisamente por querer ir muy rápido, por atravesar el viento a su misma velocidad. Cicatrices de vértigo que le dejaron en la cara 172 puntos de sutura por un accidente náutico del que también conserva una fractura en la mandíbula y dos costillas en rompan filas. A pesar de ello, Pistorius nunca ha dejado de correr.

Todos los atletas que han competido hasta ahora en los Juegos Olímpicos pueden hablar con exactitud de qué se siente cuando uno, con las zapatillas aún en la mano, sale a la inmensidad del estadio, y ante millones de telespectadores, pone el pie descalzo en el tartán. La sensación del material acariciando la piel de la planta, colándose entre los dedos. Hasta ahora, todos los atletas olímpicos, sin excepción, podrían describir esa sensación, por mucho que sus versiones, como todo lo subjetivo en esta vida, pudieran diferir como la noche y el día. Este verano quizá la cosa cambie.

Oscar Pistorius no sabe qué se siente cuando uno acaricia con la planta del pie el tartán. Pero quiere saber qué siente un atleta cuando consigue el sueño de correr en unos Juegos Olímpicos. Para ello, el sudafricano corrió con todas sus ganas los meses antes de Pekín. Se estaba acercando a las mínimas que abren las puertas olímpicas a los atletas cuando la Asociación Internacional de Asociaciones de Atletismo frunció el ceño, como los médicos hicieran veinte años antes, y promulgaron una norma destinada, por un lado, a acabar por las “mejoras tecnológicas” que se estaban dando en las zapatillas. Ésa era la vertiente oficial. La oficiosa era que Pistorius, corriera lo que corriese, se quedaba fuera de los Juegos Olímpicos.

El atletismo no es el único deporte en el que el espíritu romántico impulsa normativas destinadas a engrandecer viejos registros. Casi a la par, en los últimos años la natación también ha fruncido el ceño respecto a las mejoras que se daban en los bañadores, y que propiciaban que los récords mundiales y las marcas olímpicas cayeran poco a poco en las brazadas de nadadores jóvenes, potentes, técnicamente depurados. El abanico de la prohibición en la natación fue a los bañadores de cuerpo entero que reducen el roce entre el nadador y el agua, y hacen que el primero penetre mejor. En el atletismo, la prohibición se extendió a “toda ayuda técnica” que mejorara la prestación de algunos atletas más allá del esfuerzo físico. En esa ayuda técnica entraban, invariablemente, las Cheetah, las prótesis transtibiales de fibra de carbono sobre las que vuela Oscar Pistorius.

Era la segunda vez que alguien fruncía el ceño y le complicaba la vida al pretoriano, que no cejó en su empeño de hacer el pasillo olímpico, de correr sobre el tartán ante la mirada de millones de personas. El caso se fue al Tribunal de Arbitraje (TAS), que analizó los resultados de los exámenes que se realizaron sobre Pistorius y sus prótesis en una universidad de Houston. En mayo de 2008, con los Juegos Olímpicos de Pekín a la vuelta de la esquina, el TAS dio la razón al sudafricano, que veía así el camino despejado para competir en una Olimpiada. Sólo había un problema: apartado de la competición por multitud de exámenes, pruebas y recursos, Oscar Pistorius no tenía la mínima olímpica. Pekín, por la televisión.

A pesar de aquella decepción, Pistorius no ha dejado de correr. Tanto, que hace tan sólo unas semanas se plantó en los campeonatos provinciales de Gauteng North, en su Sudáfrica natal, y subido a sus prótesis detuvo el crono de los 400 metros lisos en 45,20 segundos. Cuando cruzó la meta, volvió la vista atrás y clavó la mirada en su tiempo. Muy por debajo del 46,19 que había marcado en la semifinal del campeonato del Mundo en Daegu (Corea del Sur), tiempo que le sirvió para ser el último en esa semifinal. Pero mucho más importante, 45,20 segundos que suponen haber conseguido la Mínima A para competir en los Juegos Olímpicos de Londres, este verano.

Con el recurso que le da la razón bien asido, con la mínima bajo el brazo, Pistorius encara los meses más ilusionantes de su vida. En torno a su figura se ha generado un debate en el que los propios atletas cruzan acusaciones. Mientras uno ve mejoras técnicas en las prótesis de Pistorius, otros ven un esfuerzo recompensado, una capacidad de sacrificio encomiable que va a tener su premio este verano en la capital deportiva del mundo. Millones de telespectadores en todo el mundo verán la prueba de 400 metros lisos, y en la nómina de competidores para esa cita ya ha inscrito su nombre un tipo singular, amante de la velocidad desde que, muy prontito, alguien le arrebató sus dos piernas.

En el otro lado de la televisión, un cuarto de siglo después, quizá haya unos médicos viendo la Olimpiada, y al escuchar un nombre y ver a un hombre subido a dos pedestales de fibra de carbono, no puedan evitar fruncir el ceño. Sería la tercera vez. Pero ya da igual. A Oscar Pistorius nada lo va a detener.

 

Escrito por
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1 Comentario

  • He aquí un excelente ejemplo de lo que aporta la denominada “radical enhancement” (potenciación radical) que es uno de los elementos de discusión sobre el transhumanismo filosófico: ¿Hasta dónde podremos llegar utilizando todas las posibles potenciaciones de las capacidades humanas? ¿Dónde empieza el sueño y acaba la ficción? ¿Qué trasfondos morales, éticos, legales se veran removidos? Un buen tema de debate y muy acorde con Hypérbole.

    Enhorabuena

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