Contextos

Se dice que las personas somos poliédricas, pero, a menudo, no desarrollamos todas las carillas que podríamos tener. Con frecuencia, nos resumimos en formas simples y previsibles, quizá hasta planas. Nos relacionamos con un par de relatos de los posibles sobre nosotros mismos. Nos mostramos ante los demás con un mismo rostro y ni siquiera sospechamos que existen otras perspectivas de vislumbrar las cosas que nos pasan. O las sospechamos, pero no es fácil descubrirlas, darles formas, ponerles palabras, construir las vías de acción por las que deslizarse hacia otros lugares de relación o de vida.

Se dice que las personas somos poliédricas, pero, a menudo, no desarrollamos todas las carillas que podríamos tener. Con frecuencia, nos resumimos en formas simples y previsibles, quizá hasta planas. Nos relacionamos con un par de relatos de los posibles sobre nosotros mismos. Nos mostramos ante los demás con un mismo rostro y ni siquiera sospechamos que existen otras perspectivas de vislumbrar las cosas que nos pasan. O las sospechamos, pero no es fácil descubrirlas, darles formas, ponerles palabras, construir las vías de acción por las que deslizarse hacia otros lugares de relación o de vida.

Quizá la educación, la cultura (“Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico”, según la RAE) debería servir para iluminar el mundo de posibilidades, de referencias. Lo que nos ocurre ya ha pasado otras veces, ya le ha ocurrido a otros que pusieron en marcha respuestas, que ensayaron perspectivas, conceptualizaciones, que intentaron soluciones con mayor o menor éxito, que cometieron errores y supieron superarlos. Tener la posibilidad de conocer otras voces, otros ámbitos de todos los tiempos, de culturas diferentes, puede aportar mejor capacidad de adaptación, mejor relación con uno mismo, mayor capacidad para afrontar las dificultades que suelen ser comunes a la condición humana. A menudo, inventamos de nuevo la rueda para resolver un problema personal o para buscar un sistema de significados cuando podríamos apoyarnos en los que otros ya han hecho, buscar nuestro camino con el apoyo de lo que la humanidad ya conoce.

Esta es la idea que defiende Theodore Zeldin en Historia íntima de la humanidad (Alianza Editorial 1997), un libro realmente maravilloso, lamentablemente no reeditado y difícil de encontrar, cuando sería más necesario, en la actual situación de crisis económica donde el miedo multiplica los problemas humanos y limita las perspectivas:

“…Lo que opinamos sobre los demás y lo que vemos al mirarnos en el espejo depende de nuestro conocimiento del mundo, de lo que creemos posible, de los recuerdos que tenemos y de si somos leales al pasado, al presente o al futuro. Nada influye tanto en nuestra capacidad para hacer frente a las dificultades de la existencia como el contexto en el que las contemplamos; cuanto más numerosos sean los contextos a nuestro alcance, menos inevitables e insuperables parecerán las dificultades. El hecho de que el mundo se haya llenado más que nunca de todo tipo de complejidades podría hacernos pensar en un primer momento que es dificil hallar una salida para nuestros dilemas, pero, en realidad, al aumentar las complejidades aumentan también las brechas por donde escurrirnos. Mi intención es buscar huecos no localizados, pistas que se han pasado por alto.”

“…No obstante, a pesar de los nuevos anhelos (de la modernidad) gran parte de las actividades de la gente están guiadas por formas de pensar antiguas. Tanto la política como la economía han resultado impotentes ante la obstinación del atrincheramiento mental. No se pueden cambiar las mentalidades por decreto, pues se basan en recuerdos que es casi imposible aniquilar. Sin embargo, sí se pueden expandir los recuerdos personales ampliando los propios horizontes y, cuando esto sucede, hay menos posibilidad de seguir interpretando viejas cantinelas y repetir los mismos errores.”

 Y así, el libro parte de una galería de retratos, como historias clínicas vitales, que pueden propiciar una reflexión a la que va añadiendo perspectiva histórica y conocimientos de diversa procedencia. De pronto, la historia deja de ser cerrada. Admite otras visiones, permite ser habitada con otras emociones y otras esperanzas.

Cada día veo a gente que tiene problemas con el relato que hace de su realidad, hasta el punto de que les crea enfermedad (o al menos deciden acudir al médico) o les hace no soportar enfermedades que podrían ser sobrellevables si se las tomaran de otra manera. A menudo, veo a algunas que no tienen bagaje cultural para encontrar nuevas perspectivas o vías de cambio, lo que es una de las formas del analfabetismo que limita, a veces de manera determinante, la ayuda que se les puede prestar. Creo que el aumento de trastornos adaptativos tiene que ver en parte con esto.

Lo que se aprende en el colegio tendría que estar vinculado a la vida. Conocer cosas prácticas que ayuden a vivir mejor, reflexionar sobre cuestiones que permitan encontrar mejores significados a la vida y al mundo. Aprender a relacionarse con uno mismo y los demás. Conversar como una búsqueda, como un intercambio de autorrevelaciones que nos muestran al otro y también su perspectiva sobre asuntos que nos interesan. Relacionarse aprendiendo a mitigar o solucionar los problemas que siempre acechan a toda relación humana. Lo preocupante del fracaso escolar no es que los chicos suspendan, sino que quizá pierden para siempre la oportunidad de encontrar esa vinculación y cometerán errores, de todo tipo, que hubieran podido evitar. A menudo, la tragedia vital surge de decisiones aparentemente banales o impulsivas. La profecía autocumplidora es, con frecuencia, una falta de recursos para controlar la propia vida.

Pero, incluso, entre gente educada, conversar, intercambiar experiencias, crear y hacer progresar una intimidad que nutra no es fácil. Incluso, en el espacio íntimo, a menudo aparecen interferencias, ecos que quizá se remontan a épocas muy antiguas o que se infiltran sutilmente, conformando el aire de un tiempo. El malentendido, los lugares comunes, el reproche, la discusión estéril, el fatalismo del aburrimiento, el afán posesivo,  la envidia, las divergencias de intereses o la simple estupidez pueden acabar con amistades que han durado años, oscurecer el recuerdo de un pasado que ha conformado lo que ahora somos. Frente al pesimismo, para el que siempre se encontrarán innumerables motivos, habría que intentar buscar nuevas vías. Explorar con inteligencia nuevos canales de comunicación que ahora se han multiplicado. La intimidad parece exigir verse, estar cerca, mirar el rostro, convivir en un  espacio contiguo. Pero eso no siempre asegura el éxito. Al contrario, a veces, la cercanía disuelve las formas necesarias para una comunicación distanciada, pero también honesta o intensa. Históricamente, las cartas han sido reveladoras de una sentimentalidad, unos proyectos o unas digresiones vitales que no hubieran sido fáciles de verbalizar cara a cara porque precisan otra cadencia, monólogos secuenciales que no es posible hacer mientras se habla frente a frente. Las cartas, o la comunicación por escrito, además, ayudan a definir una construcción propia, mientras se escriben, a la vez que conforman un apoyo para la construcción del otro, que además persiste en el tiempo, en la relectura, en el rastro físico de lo que fuimos o quisimos ser. Quizá los correos electrónicos o los chat, utilizados de cierta manera, sean nuevas grietas para escapar de la incomunicación en cualquier edad o para enriquecer la vida cotidiana con el destello de felicidad que solo nos produce la comunicación empática con los otros.

Por eso, el libro de Zeldin me parece especialmente interesante en estos momentos. Porque aporta ideas estimulantes que nos pueden ser útiles en la vida cotidiana. Porque puede contribuir a situarnos en una mejor perspectiva en unos tiempos complejos. Porque nos sugiere que todos los tiempos lo han sido y que toda vida puede encontrarse con la dificultad de la que solo se puede salir con la ayuda de otros, aunque lo hagamos al fin nosotros solos.

Zeldin, ahora, a través de The Oxford Muse, trata desarrollar un proyecto que intenta promover un cambio en la vida cotidiana de la gente que quiere pensar con más imaginación para mejorar sus emociones, a través de la práctica de las artes y la conversación, para limitar el impacto negativo del trabajo, para comprender mejor el pasado y tener una visión más clara del futuro. Quizá sea otra forma de autoayuda, pero convendría explorarla con los medios que tenemos a nuestro alcance y con toda la creatividad posible. Cultivar, con todo el cuidado y la sabiduría del mundo, la capacidad de conversar, no solo con nuestros contemporáneos sino con los que habitaron otras épocas y dejaron su rastro en sus escritos, que quizá pueden iluminar nuestro presente.

 

Las imágenes que acompañan este texto son de Hugo González Granda.

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