Indiscreciones europeas

Hace ya casi dos años desde que visité Suiza por primera y última vez. Fui un fin de semana de abril, justo al día siguiente de que el volcán Eyjafjallajökull entrara en erupción, con tan buen tino que la nube de ceniza no me impidió partir el viernes y no me permitió volver hasta el miércoles. Así que sí, estuve cinco días en Winterthur, perteneciente a uno de los cantones germanófonos. ¿O debería decir germanógrafos? Aunque el lenguaje escrito es sin duda alemán, no se puede decir lo mismo del lenguaje hablado, una variedad rústica de erres hiperruladas y consonantes guturales por la que un estudiante de alemán se siente traicionado. ¿No hablaban alemán en Suiza? No.

Hace ya casi dos años desde que visité Suiza por primera y última vez. Fui un fin de semana de abril, justo al día siguiente de que el volcán Eyjafjallajökull entrara en erupción, con tan buen tino que la nube de ceniza no me impidió partir el viernes y no me permitió volver hasta el miércoles. Así que sí, estuve cinco días en Winterthur, perteneciente a uno de los cantones germanófonos. ¿O debería decir germanógrafos? Aunque el lenguaje escrito es sin duda alemán, no se puede decir lo mismo del lenguaje hablado, una variedad rústica de erres hiperruladas y consonantes guturales por la que un estudiante de alemán se siente traicionado. ¿No hablaban alemán en Suiza? No. Según me explicó nuestra mujer en los Alpes, E., la población helvética tiene sentimientos contradictorios hacia esta lengua: por un lado es su idioma materno, el dialecto de sus padres, las palabras con las que aprendieron a jugar y a hacer lo correcto; por otro, es el hermano feo del alemán estándar, incomprensible para el junker prusiano y para el intelectual vienés, siempre con un aire provinciano que mortifica a sus hablantes.

Una lengua nunca se aprende aislada. Una lengua lleva consigo la guerra, el hambre, los días de sol y los días de lluvia, los mitos del pueblo que la ha empleado para realizar su vida. Tal y como comenté con E., los proverbios alemanes hacen referencia a ruedas y motores; el inglés es pródigo en metáforas de pesca y, en fin, la sabiduría popular española se funda en refranes sobre comida y la falta de ella. Un pueblo de pequeños terratenientes y hacedores de relojes cuyo mayor orgullo es la neutralidad o la indiferencia no puede utilizar los mismos vocablos que la desgarrada Alemania del 1919 o la misma Alemania, fanatizada y depredadora, de 1933. La inquietante pax helvetica desmerece del drama centroeuropeo. Del mismo modo, es notable que el mayor escritor al que Zürich rinde homenaje es James Joyce, quien no era suizo ni escribía en alemán (en qué idioma escribía, es discutible); en cuanto al Cabaret Voltaire, a quién le importa esa panda de desharrapados, parecen pensar los educados suizos.

Quizá venga de ahí el sentimiento de inferioridad. Porque una lengua no se aprende aislada, precisamente, al construir una frase en alemán buscamos a Nietzsche, a Rilke, el porqué del siglo XX o la vida nocturna de Berlín. Quizás aquellos que nos dedicamos a las lenguas extranjeras tengamos algo de escapistas, y con el dominio de otro idioma pretendamos también la posibilidad de un mundo alternativo en el que las cosas, al llamarse de otra manera, se revelen distintas o impensadas. Sin embargo, en Suiza lo más revolucionario es el chocolate con guindilla. Como lugar donde aprender alemán, es siempre la tercera y última opción, y los suizos (estables, regulares, equidistantes y exquisitos) lo saben. Por eso, en Suiza, nadie habla alemán.

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