La lógica de lo simple

Uno de los mayores descubrimientos que las ciencias de la computación nos han dado para iluminar nuestro siempre precario y diletante conocimiento del mundo es, como todo gran descubrimiento, algo tan simple que cuando terminamos de entenderlo decimos: ¡Vaya estupidez! ¡Eso podría haberlo pensado yo!

Uno de los mayores descubrimientos que las ciencias de la computación nos han dado para iluminar nuestro siempre precario y diletante conocimiento del mundo es, como todo gran descubrimiento, algo tan simple que cuando terminamos de entenderlo decimos: ¡Vaya estupidez! ¡Eso podría haberlo pensado yo! Sí pero, para llegar a conclusiones simples siempre hay que dar un gran rodeo por lo complejo, por las oscuridades abstrusas, por los árboles que no nos dejan ver el bosque.

Cuando los primeros programadores pensaban, por ejemplo, cómo construir una máquina que fuera competente a la hora de jugar al ajedrez, imaginaban un programa difícil, complicado, algo así como un gran sistema superinteligente que permitiera decidir siempre la mejor jugada. Como ocurría con la física, se pensaba quizá en un algoritmo grandioso que un genio descubriría tal y como Newton había hecho con la ley de gravitación universal. Pero, casi desde el principio, se comprobó que el camino era diametralmente opuesto. Los lenguajes de programación se diseñaron de modo que permitían que algoritmos muy simples fueran llamados para ayudar al programa principal a realizar cualquier tarea. Es lo que se llaman subrutinas. Todos los grandes programas que utilizan nuestros ordenadores funcionan de esa manera: son un enorme conjunto de pequeños subprogramas muy sencillos que se llaman constantemente unos a otros a una increíble velocidad para hacer todas las maravillosas tareas que percibimos diariamente frente a nuestros monitores. He aquí el gran descubrimiento: un conjunto de programitas “tontos” trabajando conjuntamente pueden realizar trabajos de una enorme complejidad. Los egregios logros de la inteligencia no son tanto fruto de intuiciones, genialidades o “procesos mágicos”, sino el trabajo artesano de un montón de pequeñas y estúpidas hormiguitas obrando para que la colmena funcione.

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Curiosamente, los sistemas vivos inspiraron a los sistemas informáticos. La vida inspiró a la máquina y, recíprocamente, la máquina nos sirvió para comprender mejor la vida. Ahora sabemos que la vida no consiste en un élan vital o en un “divino” fluido que corre por nuestras venas. Las células funcionan a base de un montón de diminutas maquinitas que trabajan para mantener el frágil equilibrio termo-químico que les permite seguir vivas, labor de una complejidad aún hoy en día inescrutada. Esa es la clave: lo simple puede generar lo complejo, idea que hubiera puesto de los nervios a Platón o a Hegel. Pero aquí también reside el misterio: ¿cómo lo hace? ¿Cómo agrupar, ordenar, estructurar, apilar lo simple para conseguir comportamiento complejo? Este es el reto al que se enfrentan a diario nuestros programadores y científicos.

En nuestro cerebro pasa lo mismo, quizá más que en cualquier otro lugar. Tenemos unas cien mil millones de neuronas, células relativamente sencillas que no parecen hacer otra cosa que transmitir información de forma torpe y lenta. No hay más: millones de maquinitas “tontas” trabajando sincronizadas hacen que yo pueda estar escribiendo en este mismo instante. ¿Cómo diablos lo hacen? He aquí el gran enigma del siglo.  De momento tenemos algunas vagas aproximaciones. El programa de investigación conexionista ha desarrollado diversos modelos matemáticos de redes neuronales que pueden, por ejemplo, realizar problemas de lógica o diferenciar con cierta competencia objetos del mundo. Es algo, pero, como siempre, sólo estamos en los comienzos, eternos aficionados de la comprensión del mundo y de nosotros mismos. Paradójicamente, cuando al fin habíamos descubierto que la realidad era mucho más compleja que lo que habíamos supuesto, para entender esa complejidad, primero hemos de pasar por comprender la lógica de lo simple.

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