Marilyn, dorada (sí), pero también brillante

Puedo cerrar los ojos e imaginar que acaba de salir apresuradamente de la habitación. Aún huele a su perfume almizclado e intenso. Intuyo que ha ido corriendo hacia algún rodaje al que, como siempre, llegará tarde. Ha dejado un ejemplar del Ulises de Joyce, abierto boca abajo sobre el sofá, algún cabello rubio y la marca de rouge absoluto en el vaso…Todo esto podría haber pasado ahora mismo porque ésa es, precisamente, la sensación cercana que queda tras cerrar Fragmentos, un libro lleno de sorpresas sobre Marilyn Monroe, de la que ya conocíamos sus medidas físicas; su capacidad para enamorar a la cámara o ese increíble bamboleo de caderas, que miramos absortos cuando camina junto al tren humeante en “Con faldas y a lo loco”. Lo que pocos podían imaginar, en la época más rutilante de la estrella, era su efervescente ansia intelectual y un apetito fáustico inabarcable, atrapado en una imagen brillante.

 

 

Este libro, editado en 2010 por la editorial Mondadori, recoge, en cuidados facsímiles, notas manuscritas de la Monroe, reflexiones, poemas, listas de canciones, de compras, recetas de cocina, íntimas confesiones en libretas de grandes hoteles… Todo ello, legado por Ann Strasberg, la viuda de Lee, una de las figuras más próximas a la actriz en sus últimos años. Las anotaciones descubren a una mujer extremadamente sensible, pero poseedora de una determinación única por mejorar, de ir en busca de la mejor versión posible de sí misma. Esos textos también muestran una pasión insaciable por la lectura, por los grandes escritores. Leía a Whitman, Kafka, Rilke o Dostoievski…todo lo que caía en sus manos. Y a Arthur Miller, cuya mente y cuerpo conquistó, después de admirar profundamente sus textos.

Aunque los editores de Fragmentos expliquen que ésta es una recopilación que le gustaría a la propia Marilyn, lo cierto es que el libro satisface una curiosidad casi malsana, más por la mujer que por el mito. Es la llave de sus cajones. Y no sabemos si ella nos hubiera dejado esa llave. Pero superado el obstáculo ético -realmente han sido los Strasberg, viuda e hijos, quienes han cedido este material al editor francés Bernard Comment para su edición-, lo cierto es que no hay nada escabroso en sus páginas. Quien espere algo de los Kennedy no lo encontrará. Simplemente podemos ver cómo le gustaban los lápices desgastados, con punta redondeada, más que los perfectamente afilados. También comprobar cómo se atropellan sus letras cuando estaba preocupada… Sus estados de ánimo se hacen transparentes en los trazos. En definitiva, el libro contiene muchos detalles que permiten conocer mejor el alma de la única actriz que ha sido capaz de proyectar su imagen en los rincones más recónditos del planeta, cuyo nombre es sinónimo de belleza y sensualidad despreocupada, sin discusión.

Fragmentos nos ofrece mucho más de Norma Jean que de Marilyn, es cierto. Pero no es sólo un regalo para fetichistas del mito. También es una invitación a reflexionar; a no dejarnos llevar por las apariencias en la vida. A intentar buscar profundidad en nuestras relaciones, sin que las primeras impresiones frenen la posibilidad de lograr conexiones más enriquecedoras. Algo que, precisamente, no muchos hicieron con ella. Quienes estuvieron muy cerca, como Arthur Miller, eran conscientes de su luminosidad, pero también de la eterna lucha contra sí misma, de su lado oscuro; del constante sufrimiento por intentar llegar a ser lo que quería: una gran actriz. De la eterna búsqueda de equilibro entre su imagen interior y la que proyectaba. Tras su muerte, el escritor diría de ella que “para sobrevivir, tendría que haber sido más cínica o, por lo menos, estar más cerca de la realidad. En lugar de eso, era una poeta callejera intentando recitar sus versos a una multitud que, mientras tanto, le hace jirones la ropa”.

 

Esta búsqueda lúcida y consciente ya queda reflejada en sus primeros escritos recopilados, con 17 años, en los que Norma Jean cuenta cómo se casa para salir de la casa de su familia adoptiva. Pero su físico, explosivo desde la adolescencia, la atrapó en un tarro de cristal con un nombre y perfil concretos, igual que una mariposa, que se verá obligada a mostrar su mejor fachada siempre y que marcó una carrera vinculada repetidamente a papeles frívolos. En las pocas ocasiones que logró desenroscar la tapa del bote para tomar aire, fue capaz de hacer grandes interpretaciones. En cualquier caso, lo cierto es que, con su presencia, la luz inundaba la pantalla.

El editor del libro, Bernard Comment, dice en una entrevista para la televisión francesa que la “Marilyn intelectual, de mirada literaria y muy amplia sobre el mundo, nos permite descubrir a una mujer a veces muy melancólica, sobresaliendo una interrogación constante sobre sí misma, el tiempo que pasa, las relaciones con los demás, el amor… hay muchas cosas sobre el amor”. Precisamente, algunas de sus anotaciones más interesantes coinciden con el momento en el que, tras su matrimonio con el dramaturgo norteamericano, en septiembre de 1956, ambos se trasladan al sur de Londres , donde se esta rodando El Príncipe y la Corista, y viven en Parkside House. En hojas con membrete de esta casa, la actriz evidencia su tristeza tras descubrir, por casualidad, el diario personal de Miller, en el que comprueba que está decepcionado, que a veces se avergüenza de su comportamiento y que duda de su amor… Ahí comienza el final de una historia que estaba destinada al fracaso, con dos personalidades antagónicas que, sin embargo, disfrutaron intensamente de su pasión en los primeros tiempos de la relación.

 

 

Otro detalle que da a conocer el libro es que Marilyn siempre concedió mucha importancia a sus sueños, que anotaba con nítidos detalles. Llama la atención especialmente éste, en el que muestra las enormes dudas sobre su propia capacidad, su inseguridad esencial. Es curioso comprobar cómo considera a Strasberg el mejor cirujano para sus males. Sin embargo, cuenta de qué manera, tras operarla, descubre que está llena de serrín… (el texto respeta su puntuación).

“El mejor de los cirujanos -Strasberg me va a abrir lo cual no me importa porque la doctora H. me preparó- me puso la anestesia y diagnosticó el caso y coincide en lo que debe hacerse -una operación- para devolverme a la vida y curarme esta terrible enfermedad sea lo que demonios sea -Arthur es el único que está esperando fuera- preocupado y deseando que la operación vaya bien por muchas razones -por mí-, por su obra y por él mismo indirectamente. Hedda -preocupada- no para de llamar por teléfono durante la operación. Norman pasa una y otra vez por el hospital para ver si estoy bien, pero más que nada para consolar a Art, que está muy preocupado.
(…) Strasberg me abre después de haberme puesto la anestesia la Dra. H y trata al modo de los médicos de consolarme -todo en la habitación es blanco, de hecho no veo a nadie sólo objetos blancos -me abren- Strasberg está profundamente decepcionado y más académicamente sorprendido de haber cometido semejante error. Creyó que iba a haber tantísimo -más de lo que nunca soñó posible con casi nadie-, pero no había absolutamente nada – ni la menor cosa sensible humana y viva- lo único que salió fue aserrín finamente cortado- como de dentro de una mueca Raggedy Ann- y el aserrín se desparrama por el suelo y la mesa y la doctora  H está atónita porque, de pronto, se da cuenta de que éste es un nuevo tipo de alumno. El caso del paciente totalmente vacío. Los sueños y esperanzas de Strasberg sobre el teatro han caído por tierra. Los sueños y esperanzas de la Dra. H de una cura psiquiátrica permanente quedan abandonados. -Arthur está decepcionado- abandonado +”.

Aunque el libro -que, increíblemente podemos encontrar por menos de seis euros, un precio que no cubre, ni de lejos, la calidad de la edición- está lleno de notas melancólicas, de autoexigencia y de debate interno, ninguna justifica un suicido.  Bien al contrario, Norma Jean, o Marilyn, tenía decenas de proyectos: la representación de varios personajes shakesperianos y numerosos guiones apilados en la mesa de su despacho, para rodar tanto en Europa como en Hollywood. Su melancolía venía de lejos; no había nada puntual y excesivo que justificase una muerte autoinducida, pero ahí quedará siempre la duda.

Su foto favorita muestra a una Marilyn frágil y expectante, que aprieta con fuerza una flor contra el pecho. Puede que ésa fuera la imagen que mejor creía que la representaba. Una especie de pequeño animal, hermoso, inteligente y vulnerable, que se enfrenta al mundo protegiéndose detrás de la belleza.

Pero, para mí, la mejor Marilyn, la absolutamente auténtica y salvaje, está en el borde de un espacio abierto, en la azotea del hotel Ambassador de Nueva York, con un cigarrillo entre los labios, presta a volar, disfrutando con intensidad mientras el viento le retira el pelo de la cara. En esa imagen, podemos observar su silueta, a la que ese paisaje le cedió un hueco. Ella es un monumental edificio de energía, tan rascacielos como cualquiera del skyline neoyorkino que se ve al fondo.

Con esa Marilyn me quedo. Aunque cada uno de nosotros, seguro, tiene la suya.

 

 

 

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Escrito por
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2 Comentarios

  • La pasada semana Marilyn hubiera cumplido 86 años, pero que le importa eso a la que, posiblemente, haya sido la mujer más universal de los últimos siglos. No fue la mujer más bella, pero era muy atractiva. No era la más lista, pero no era la tonta que muchos pretenden. No era la más rubia, pero su “rubiedad” fue imitada por millones de mujeres. No fue la mejor actriz de la historia, pero los expertos saben que sus papeles eran memorables, convincentes, inmejorables. Recientemente una cadena de televisión ha estado reponiendo sus películas. Cuando te sientas a ver cualquiera de ellas, independientemente de que sea mejor o peor técnicamente hablando, automáticamente te engancha su personaje. No hay ni una quiebra en sus actuaciones, ninguna falsedad en su histrionismo. Sus papeles están cargados de veracidad, simpatía, alegría y optimismo. Justamente las cosas que más falta nos hacen en estos tiempos. Por eso la he tomado como modelo para esta columna. Marilyn era el personaje, Norma Jean era la persona. La vida de Norma es un modelo de crisis permanente, desde el nacimiento a la muerte todo en su vida fue complejo, difícil, angustiante. Y sin embargo ella se transfiguraba en Marilyn y nos daba esas cosas que tanto necesitamos. Esa alegría natural, auténtica y optimista. Los que la conocieron la querían porque era lista, alegre, generosa y buena persona. Le costaba lo suyo, pero lo lograba. Saber ponerse en el lugar de un personaje que se enfrenta con optimismo a la adversidad y que le parezca auténtico a los demás y a uno mismo, es una grandeza que sólo algunas personas atesoran. Ella la tenía. Por eso hoy, recordando a Marilyn, quiero dedicar mi afecto a las personas que saben hacerlo. Que logran cada día ponerse en el personaje del optimismo, la alegría y la generosidad, pese a los vaivenes inoportunos del destino. Ellas dan sentido a la vida, encauzan los problemas hacia soluciones posibles y alivian el sufrimiento del esfuerzo. Ellas son el mejor ejemplo a seguir en estos tiempos agobiantes y pesimistas. Admirémoslas y aprendamos de ellas. Y por si acaso no lo logramos, pensemos que siempre nos quedará Marilyn.

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