Los Idus de Marzo: ¿jugar o ganar en el escenario político?

Creo que fue Winston Churchill el que dijo algo aproximado a esto: “A quien no le guste el calor que no se meta en la cocina”. Lo que probablemente es una frase afortunada cuando se utiliza como una metáfora de la política, incluso en un sistema democrático. Y es que participar en la política activa supone meterse en un terreno muy pantanoso, con reglas propias no siempre explícitas; donde se juega fuerte y en serio, corriendo riesgos; donde hay intereses declarados y otros muy oscuros; donde muchas situaciones o personas no son lo que parecen; donde no siempre se puede decir la verdad o saberla puede noquear demasiado; donde los hechos son solo una materia muy evanescente con la que pueden construirse muchos castillos en el aire; donde errores garrafales pueden estar inducidos por elocuentes buenas intenciones o fascinantes discursos intelectuales; donde no esta claro en qué lugar aprender lo que realmente hay que saber.

 

Creo que fue Winston Churchill el que dijo algo aproximado a esto:  “A quien no le guste el calor que no se meta en la cocina”. Lo que probablemente es una frase afortunada cuando se utiliza como una metáfora de la política, incluso en un sistema democrático. Y es que participar en la política activa supone meterse en un terreno muy pantanoso,  con reglas propias no siempre explícitas; donde se juega fuerte y en serio, corriendo riesgos; donde hay intereses declarados y otros muy oscuros; donde muchas situaciones o personas no son lo que parecen; donde no siempre se puede decir la verdad o saberla puede noquear demasiado; donde los hechos son solo una materia muy evanescente con la que pueden construirse muchos castillos en el aire; donde errores garrafales pueden estar inducidos por elocuentes buenas intenciones o fascinantes discursos intelectuales; donde no esta claro en qué lugar aprender lo que realmente hay que saber.

 

 

Actualmente en Occidente y concretamente en España los políticos están desprestigiados y la percepción general es que son una panda de aprovechados y de mangantes en manos de poderes  todavía  más execrables que expolian a la población general. Lo que, aunque pueda resultar tranquilizador, no es seguro que sea cierto del todo, porque a  la naturaleza humana le gusta exculpar sus miserias proyectando en ciertos grupos sociales muchos de los propios defectos que le cuesta reconocer. No habría más que poner la lupa a cualquier individuo o grupo  para hallar, en mayor o menor grado, los mismos ingredientes negativos que se achacan a la clase política – arribismo,  ignorancia, deslealtad, pragmatismo o  corrupción- aunque en ella aparezcan exponencialmente  magnificados por las posibilidades que da el poder. Probablemente la clase política en un sistema democrático solo representa el destilado de una cultura dominante, de un sistema de valores y de unos incentivos implícitos o explícitos para generar determinadas conductas o inhibir otras, en el muy complejo y cambiante escenario social.

 

 

Por otro lado una percepción tan negativa puede convertirse, en ocasiones, en una profecía autocumplidora, de tal forma que la actividad política  puede transformarse en no deseable para los ciudadanos más honestos o preparados.  Sin embargo, en cualquier época, esto nunca es del todo verdad y siempre se encuentran personas inteligentes e idealistas que pretenden cambiar de forma activa lo que no les gusta y propiciar un mundo que consideran mejor. A veces lo intentan desde fuera tratando de cambiar el sistema político en su totalidad, cosa que fue muy frecuente el siglo XX con resultados no siempre alentadores. Muchas cabezas muy brillantes acabaron apoyando totalitarismos intolerables como describe Alain Minc en “Una historia política de los intelectuales”.

 

 

A veces desde dentro implicándose en los partidos políticos y asumiendo unas determinadas reglas de juego. Esta última parece la opción de joven idealista, interpretado muy convincentemente por Ryan Gosling, que decide trabajar como asesor de comunicación para un candidato a la presidencia de los EEUU en el que cree de verdad (George Clooney) y que parece dispuesto a no a abdicar de sus promesas una vez conseguido el poder. No es casual que el protagonista sea un experto en comunicación porque la política, sobre todo en la actualidad, es un juego de comunicación en el terreno inquietante de la psicología social, a veces planteado relativamente al margen de los propios candidatos. Una especie de pelea por hacer prevalecer memes proyectada por publicistas tan aviesos como Jeremy Sinclair, que llevo al poder a Margaret Thacher (“Labourt ist´n working” era el eslogan) y que confiesa sus planteamientos en Esquire (Marzo 2012): “… intentar destacar las virtudes propias es un error en política(…) La clave reside en hundir a tu oponente, como en un combate de boxeo. Hay que golpear primero, golpear duro y no dejar de hacerlo hasta que esté noqueado.”

 

 

Así una campaña electoral termina siendo agotadora si se siguen los consejos de “El arte de la guerra” de Sun Tzu, y tiene las noches muy largas y hay becarias muy bellas que hacen caer en la tentación al mejor candidato y  asesores con los colmillos afilados  que se saben todos los trucos y están dispuestos a utilizarlos. Ese escenario tiene un lógica que parece diabólica y la pregunta es si de él puede salir algo realmente bueno o se trata de jugar siempre a lo mismo para que nada cambie. Porque, como dice un personaje de la película, parece que un presidente puede ser un ignorante capaz de meter a su país en una guerra injusta o arruinarlo económicamente sin que pase nada, pero no tener una aventura extramatrimonial en el ámbito privado, lo que remite de nuevo a los códigos sociales. Esa es la pregunta que se hace Clooney y la que nos propone que nos hagamos a los espectadores. ¿Da todo igual porque son todos iguales, como dice la periodista cínica o hay diferencias y entonces no es igual que gobierne, por ejemplo, Franklin D. Roosevelt que George W Bush?. En cuyo caso será preciso que haya gente inteligente que juegue el juego con los recursos que permitan ganar. Y con el riesgo permanente de perderse en el camino.

 

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