‘Chesil Beach’, el sexo y sus barreras invisibles

Recién casados, felices y vírgenes, tenían miles de planes en mente que intercambiaban con pasión acelerada. Y también nervios. Y miedo. A unos metros, estaba la habitación en la que pasarían su primera noche juntos. Ambos tenían dudas que no podían compartir, preguntas que, pensaban, era imposible responder porque ni siquiera eran capaces de formularlas. Demasiado íntimas. Aunque, probablemente, eran las mismas para los dos. Comenzaban los años 60, no hace demasiado, pero, tal vez, una eternidad para asuntos como el sexo, un campo en el que, por otro lado, las dudas nunca quedan despejadas del todo.

Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) arranca en este escenario lleno de preguntas ‘Chesil Beach’, una novela que se devora en horas. Muy pocas páginas para contar dos vidas y la manera en que una situación desafortunada puede extender su sombra sobre cada una de las decisiones que se tomen después. Hasta el final. Curiosamente, este escritor inglés se empeña en hacer pivotar sus obras alrededor de un hecho puntual. En sus historias, la vida se conforma en torno a lo que podría haber sido una simple anécdota de la que reírse o que es posible contar con distancia. Pero, lejos de eso, la anécdota crece y transforma a sus protagonistas accidentales. Ése es también su juego en ‘Expiación’ o ‘Amor perdurable’.

Las páginas de ‘Chesil Beach’ hablan de la educación pacata de ambos, de clases sociales distintas; de la distancia respecto al propio cuerpo; las palabras groseras o la pornografía como único lugar en el que encuadrar el sexo para él; el pánico visceral a la penetración de ella…McEwan nos mete de lleno en el diálogo interior de los protagonistas, tan intenso como superficial y falso se muestra a través de sus propias voces. Nos describe el miedo ante la primera relación sexual y los problemas añadidos por la imposibilidad de encontrar un código común con el que compartir las dudas evidentes y el desconocimiento. Una situación real que todavía puede darse hoy, pese a la sobredosis de información. Porque saber mucho no significa comunicarse mejor.

“La cuestión entre ellos se extendía sólida como una característica geográfica, una montaña, un cabo. Innombrable, ineludible”, escribe McEwan.

Protegidos en nuestro sofá, con el libro entre las manos mientras pasamos páginas de forma vehemente, todo es más sencillo. Aunque nos sintamos tan cerca, después de que el escritor haya abierto la puerta para entrar en la mente de Edward y Florence y vivamos su historia en primera persona, dentro de sus razonamientos. Desde nuestra atalaya siempre es posible pensar qué hubiésemos hecho en su lugar; si seríamos más osados, o si habríamos buscado el camino para hacer las preguntas adecuadas y ofrecer las respuestas imprescindibles. En realidad, decidir si con nuestra presencia protagonista mandaría la razón por encima de apasionamientos o sería el arrebato el único que podría haber tirado abajo tantas barreras construidas sobre piel y desconocimiento.

En historias como ésta, perfectas para una tarde eterna de verano, podemos aprender que merece la pena ser valientes, la única manera, demasiadas veces, de romper con el pasado o, por contra, de amarrarlo y buscar una continuidad vivible. En definitiva, podemos conocer más claves para tomar decisiones, precisamente ésas que tanto cuestan, y no permanecer quietos y envueltos en lamentos huecos hasta el final.

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2 Comentarios

  • Me gusta conocer los muros de aquellas personas a las que agrego como amigos. Y curioseando , he encontrado hipérbole.
    Maravillosas fotografías, artículos fantásticos, recomendaciones de libros interesantes y sobre todo, ME AYUDA A PENSAR, Y GRACIAS A DIOS LIBREPENSADORES CON CULTURA¡¡¡¡¡
    Muchas gracias.

    • Gracias María!!!!! Disfrutamos mucho haciendo esta revista y nos encanta comprobar cómo ese clima os llega y sobre todo, ¡que lo compartís con nosotros! Un placer

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