«Melancolía» y «El árbol de la vida» toman el pulso al mejor (y más polémico) cine de 2011

El fin del mundo se acerca

El cine, como toda maquinaria artística y social, se mueve en nuestro tiempo a velocidad vertiginosa. El relativamente fácil acceso a la práctica totalidad de las obras que se producen en el mundo y el incremento sustancial del número de éstas respecto a pasados años hace que cada vez estén menos determinadas las pautas por las cuales una película perdura. La dimensión real de su alcance aún está solo marcada por el paso de los años, algo que, por fortuna, no logrará cambiar la evolución socio-tecnológica. Pero la contextualización en su tiempo, es decir, la relación que pueda establecerse entre una obra y sus más directamente contemporáneas, estrecha cada vez más sus plazos, de forma que la frontera de la actualidad se difumina y nos es muy difícil saber si aquello de lo que hablamos, como ejemplo de lo que está pasando, no acaba de quedar relegado y visiblemente demodé.

Viene todo esto a cuento porque me preguntaba hasta qué punto estrenar mi colaboración en esta recién nacida revista, con un desigual combate analítico entre dos películas que fueron presentadas en sociedad en Cannes, allá por mayo del pasado año, y ya han vertido considerables litros de tinta, podría estar a la orden del día. Si tiene verdadero sentido una nueva incursión en sus vericuetos, cuando ambas ya han sido carne de toda clase de estudios, resúmenes, ránkings y demás ejercicios de crítica; y sus nombres quedan, hasta nuevo aviso, relegados a mencionarse únicamente cuando figuren en el palmarés de los últimos galardones del año. Con todo, tanto El árbol de la vida como Melancolía aguantan aún sobre ellas el peso de unas líneas más, y es indudable que el paso del tiempo ampliará el horizonte de sus lecturas, ya que ambas configuran el díptico involuntario que mejor ha tomado el pulso al arte cinematográfico de la pasada temporada.

Imagen de El árbol de la vida

Parece que las dos estuvieron destinadas desde el principio a una suerte de hermanamiento, empezando por la feliz coincidencia de que Cannes las proyectara por primera vez con dos días de diferencia, punto de partida para los dos admirables y laureados recorridos que cada una ha disfrutado a su paso por las salas. Aunque la balanza de los premios se ha inclinado finalmente más hacia la propuesta de Terrence Malick (algo lógico), tengo que dejar claro, desde este momento, que el fin de este artículo es demostrar por qué, a mi juicio, la película de Lars von Trier se erige como claramente superior.

 La correspondencia que se establece entre ambos films va mucho más allá de su evidente similitud temática, con la contemplación del Universo y del Ser Humano como principales leit motivs. En Malick, el Universo es la vía de comunicación con un Dios que no cejará en su empeño de perdonar y guiar a la Humanidad. En Von Trier, el Universo sigue su inexorable curso y decide que no le hacemos falta. Si la Humanidad ha de extinguirse, nada podremos hacer para evitarlo. El árbol de la vida es la obra de un norteamericano contemplativo y huraño hacia la prensa. Melancolía la de un europeo provocador, radical y deslenguado que ha pagado cara su querencia por escandalizar a los medios. Donde América llama a la persistencia de la esperanza, la fe y la creencia, Europa lo hace al nihilismo, a la incredulidad. Una vez más, Europa es vieja y ya se las sabe todas; América es joven y aún se hace ilusiones. Independientemente de que se comulgue más con la perspectiva de una u otra película, veamos exhaustivamente por qué el director danés consigue volar allí donde el estadounidense no despega.

 Llama la atención que ambos directores opten por la cámara nerviosa y los planos en constante movimiento cuando se acercan a las tramas familiares de sus respectivas películas, mientras que respetan la visión cósmica con la solemnidad del plano estático que dejara establecida como única opción noble Stanley Kubrick. También es curioso comprobar cómo la película de Malick concentra al principio esta parte serena y, según transcurre, acelera el ritmo exagerando cada vez más los ángulos de cámara y acortando la duración de los planos para alcanzar la eclosión final, mientras que Von Trier, obviando el prólogo, comienza con el tembleque característico de su marca de estilo y lo va acallando a lo largo del metraje, de forma que cuanto más se acerca el fin del mundo mayor estado de paz transmite. Ambos trabajos se muestran lejos de lo que se entiende por narrativa ortodoxa, pero responden a meditadísimos cálculos de montaje, nada hay aleatorio y descontrolado en su sucesión de imágenes. Sin embargo, el resultado se me antoja notablemente dispar. El por qué, veámoslo por separado.

La familia que presenta El árbol de la vida la constituye el modelo de siempre, el que muchos llaman desafortunadamente familia tradicional. Ésta articula todo el discurso de la película haciéndolo pivotar en torno a tres ejes: el padre, la infancia y la pérdida. El primero lo sostiene con maestría Brad Pitt, inflexible cabeza de familia que cree no cruzar nunca la rayana línea entre dureza y crueldad, resultando abominable hasta que, por fin, se redime como humano cuando se disculpa ante su hijo, una de las pocas escenas donde la película es verdaderamente emocionante y sin imposturas. Algo que sólo ocurre parcialmente con el retrato de la infancia, que bucea en juegos infantiles tan bien elegidos como demasiado adornados. En general, el aspecto que encuentro más cargante en esta película es el excesivo manierismo de Malick, que retrata momentos de una admirable sencillez con impostada complejidad, torciendo y picando continuamente sus planos, pretendiendo ser ultrasensorial con determinados motivos que hablaban por sí solos. Esto hace que gran parte de las correrías de los niños queden envueltas en un halo hiperestético que las acerca, a veces demasiado, al anuncio televisivo, por mucho que Malick capte con prístina exactitud la mirada del mundo a través del retoño. Aún menos fortuna corre el eje más reflexivo de la cinta, el que conecta su historia principal con las recreaciones planetarias. El texano encuentra la carga necesaria de dramática belleza en el momento en que se revela la pérdida del ser querido, pero divaga cuando centra su mirada en Sean Penn, el adulto que rememora y se duele. No por casualidad se quejó Penn de la nadería a la que quedó reducida su intervención en el film. Apenas hace otra cosa que lanzar miradas taciturnas y perdidas, pareciendo que la presencia de su personaje la necesitara Malick únicamente para encontrar el hilo conector entre la faceta terrenal y celestial de su película y no como ente propio, además de añadir a su conjunto de postales las de la metrópoli ultramoderna (nuevamente, abundante en ángulos recargados) y el rocoso desierto por los que vaga sin rumbo Penn.

Existe un último pivote narrativo y conceptual a medio camino de los otros, que asienta sobre la figura materna, esencial de la iconografía cristiana manejada por Malick, que aquí es, por tanto, el reverso de dulzura y luz necesaria frente a la crudeza (en el fondo también necesaria) del padre. Tal es la carga simbólica del papel que encarna Jessica Chastain, que su intervención se reduce a esbozar sonrisas candorosas desde su constante segundo plano. Al igual que el del niño crecido y despojado de inocencia, el rol de la madre no es autónomo y queda supeditado al concepto de la película. En este punto es donde más patente queda que el único y fundamental problema de El árbol de la vida es que no está a la altura de su mensaje. Hace depender del mismo a demasiados de sus componentes: por ganar en filosofía pierde en cine. La trascendencia de la película, con el Hombre orando hacia el Dios Universal desde el minúsculo núcleo de su existencia, sólo se encuentra perfectamente correspondida en segmentos aislados, mientras que en muchos otros se ve sobrecargada de ornamento perdiendo la esencialidad que persigue.

El fin del mundo se acerca

La familia que presenta Melancolía, como tantas otras en la sociedad actual, está rota desde el principio. Von Trier la construye con padre y madre separados e irreconciliables y dos hijas, Justine y Claire, con un abismo de diferencia mediando entre en sus caracteres. También sabemos, desde el principio, que no vamos a encontrar ilusión ni esperanza por el hecho de que se celebre un enlace matrimonial, sino miedo e incertidumbre. Muchos pensábamos antes de ver la película que el contexto apocalíptico de la misma sería para el danés una simple excusa para diseccionar minuciosamente la miseria moral de cada uno de los componentes de esta familia y torturar hasta el extremo a la joven de la que con loable naturalidad se apropia Kirsten Dunst. Y así es, en principio. Melancolía comienza siendo una de Von Trier, con sus apáticos personajes sacando sus fantasmas a la luz con punzante frialdad, traspasados por la cámara inquieta y en constante tensión. La única diferencia con las anteriores propuestas del realizador es que no utiliza el realismo feísta como método estético, siguiendo la veda que él mismo se abrió en el prólogo de Anticristo. Al igual que está última, Melancolía posee una obertura colosal al ralentí que parece no ser más que un capricho estético del danés (de todas formas, qué capricho) antes de meterse en la faena psicológica. Pero una vez acabada la película, cobra un nuevo e interesantísimo sentido. Al final, se descubre que el prólogo no es otra cosa que un extensísimo resumen de todo lo que va a suceder a continuación. Von Trier tiene las narices de contarte toda la película antes de que la veas, sin que ello afecte en lo más mínimo al conjunto, algo sólo al alcance de un verdadero maestro. Obviamente esto no se sabe en un primer visionado, en el cual el desconcierto que puede llegar a provocar la cinta es más que notable, en especial durante su segunda parte. La boda acaba, no volvemos a saber nada más del destino de los padres, cuyos caracteres apenas se habían empezado a perfilar, ni del novio, ni de nadie a excepción de las hermanas protagonistas, el marido de Claire y el hijo de ambos. Pero tampoco ahondamos mucho más en su ser. Los vemos merodear por la mansión donde transcurre toda la acción sin que suceda nada más que el progresivo acercamiento del planeta Melancolía para impactar con la Tierra. Mientras tanto, las imágenes se tornan cada vez más bellas y sugestivas mientras se calma el movimiento de la cámara. Los diálogos se vuelven parcos, escasos e insustanciales, si es que alguna vez fueron otra cosa. Durante casi una hora de película no se sabe a qué demonios juega Von Trier. Ha ofrecido una primera mitad como se espera de él, en su estilo habitual, desgranando sus personales manías, y en la segunda decide prescindir de analizar personajes, de construir una tesis, del montaje coherente. Se entrega a cuadros de belleza tan inexplicable como hipnótica. Cuando la sensación que envuelve al espectador es la de que el danés ha perdido completamente el norte, éste da un golpe de una destreza tan brutal que da sentido a todo y revierte la película en un ejercicio cinematográfico magistralmente planeado y aún mejor ejecutado. Nada desvelo si digo que al final el mundo se va al garete cuando Melancolía colisiona (que yo recuerde, es la única película sobre el fin del mundo donde el mundo se acaba de verdad). La forma en que lo hace es tan arrebatadoramente hermosa que provoca un terremoto de fascinación y emociones. Lars von Trier, sujeto que nos tenía acostumbrados a demostrar la imposibilidad de la existencia del cariño, consigue una escena de una ternura desnuda, elemental pero demoledora, que envuelve en un precioso y monumental aparato estético del que despunta nítido el significado último de la película: ante el fin del mundo, nada tiene importancia. Pero la belleza permanece, ella sola basta.

Llegados a este punto, ha quedado de manifiesto que tanto El árbol de la vida como Melancolía son dos películas sumamente pretenciosas, pero donde una sobredimensiona su mensaje, bifurcándolo en demasiadas ramas que no acaban de conformar (nunca mejor dicho) un árbol robusto, la otra concreta sus ideas, las aclara y les da pasmosa unidad. Von Trier se revela esencial allá donde a Malick le pierde la megalomanía. Ambas películas tienen en la belleza uno de sus pilares fundamentales (en el caso de Melancolía, el único pilar), pero la despiertan de forma opuesta. Solo  las imágenes planetarias y de naturaleza mostradas por ambos directores, maravillosas todas ellas, muestran gran similitud, pero no dejan de ser en ambos casos herencia del gran Kubrick. Para complementarlas, Malick recurre a un arsenal variados de escenarios (los ya referidos ciudad y desierto, ríos, jardines, campos de girasoles y el muy desafortunado limbo-playa final) mientras que Von Trier se ciñe a uno único cuyas posibilidades explota al máximo. De nuevo tras las huellas de Kubrick y haciendo gala de un exquisito gusto, Malick coloca en la banda sonora piezas de la mejor música clásica, desde El moldava de Smetana y la elegantísima Siciliana de Respighi hasta Mahler, Mozart, Berlioz y el contemporáneo Preisner para los coros del cosmos. A Von Trier le basta el Preludio de Tristán e Isolda de Wagner para rubricar los momentos álgidos de su cinta. Si al final la belleza es lo único que importa y lo único que queda y la belleza es Wagner, Wagner es al final lo único que importa y lo único que queda.

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 No seré yo quien diga que El árbol de la vida no es una buena película. Que el estilo empleado por Terrence Malick me resulte cargante no quiere decir que no sepa dirigir. Que no comparta algunas de sus ideas tampoco quiere decir que él no haya sabido transmitirlas. Pero, objetivamente, percibo irregularidades en su película que me impiden cantar unas excelencias a las que no siempre llega. Por contra, Melancolía te hace creer que ha perdido el rumbo para demostrar finalmente que su firmeza no sólo estaba intacta, sino que te estaba conduciendo al punto exacto donde quería llevarte para quitarte el habla. Late un cine muy poderoso en su interior. Es otra obra maestra de Lars von Trier, a la vez que un bienvenido paso adelante más en su envidiable carrera.

 En cualquier caso, no quiero concluir el estudio sin hacer hincapié en la maravillosa experiencia que supone ver cómo dos películas nacen de ideas similares en tiempos paralelos, una como reverso de la otra. La luz, la permanencia, la esperanza y la fe contra la hecatombe, el escepticismo y la desolación, envueltas todas ellas en una eterna Belleza que legó Dios o provocó el movimiento de las esferas celestes.

Fotografías de Melancholia de Christian Geisnaies.

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2 Comentarios

  • Aunque ya sabes que no estamos de acuerdo en la premisa de cuál es mejor que la otra, el ensayo está muy bien fundamentado. Enhorabuena.

  • Hola, genial el artículo, muy detallista, leí varias reseñas de ambas películas (que de alguna manera se conviertieron en rivales, por lo menos para mí) y ninguna hablaba de los gestos de la cámara y su función final, ni de la música. Y es cierto a fin de cuentas, Melancholia es una película «redonda», cierra sobre sí misma, todo tiene coherencia y los pocos elementos que la componen están usados con extrema audacia (quizás arrogancia) y a cuenta gotas. Pero ahora que se clarificaron algunas cosas que venía intuyendo, reafirmo mi preferencia por El árbol de la vida. Después de ver Melancholia mi sensación fue al principio de irritación por lars von trier (entra lo subjetivo) y después de vacío, la siento como una película fría, el resumen/prólogo es completamente inecesario, espectacular y sobre todo soberbio tal como es von trier, y la temática es dificil de moldear, y es grande y solemne y quizás por eso resultaban chocantes (por los menos para mí) los cambios que seccionan la película en prólogo, primer parte (cámara agitada,cotidiana,familiar,intima etc) y segunda parte (densa,grande, lenta, despojada). Pero finalmente comprendo que es todo un ejercicio de forma, lo de von trier está finisimamente calculado y todos los elementos completan esta pieza extraña que trasciende el/los géneros y para colmo tiene tiempo de ser sarcástico (lo cual hace ver a von trier en la película, el sujeto de la controversia). Y es quizás esa limpieza, ese brillo tan perfecto es lo que contrasta con El árbol… que es mucho más intuitiva, menos calculada, menos novedosa, menos audaz, pero a la vez es muchísimo mas apasionada y lúdica y plena y luminosa que son todos adjetivos plenamente subjetivos y respeta esa solemnidad pesada y gigante que no permite hacer un acercamiento cotidiano de la familia, por eso (creo) las imágenes de la infancia son fugaces, llenas de luces, cristalizadas y es cierto lo de la no participación de la madre pero es una forma de cosificarla en una especie de bondad muda que al final con una caricia dice todo y ahí es donde cautiva el árbol, en el amor, en lo maternal, en lo fraternal; lo de sean penn es anécdotico, la narración es una excusa para hacer mover la lava de los volcanes, las estrellas, y todas las músicas, es grandilocuente y redundante pero por eso es mas tierna y creo que son cosas imprecindibles para el arte.
    Disculpá por la extensión, es muy interesante la página, y quería decir que no me parece extraño que hayan salido películas con temáticas similares (también está enter the void que la asocio fuertemente a ambas) en este contexto de «revalorización espiritual pos pos moderna» (?) y bueno eso, un saludoo

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