El bumerán de la tragedia del Torino

Turín vuelve a ser estos días la capital del fútbol italiano. Los pulmones de la Vecchia Signora han conseguido apartar de un soplido las cenizas de la sospecha, y refundado en sus principios tras purgar sus penas por amaño de partidos, la Juventus prepara el hilo de oro para coser a su solapa su tercera estrella dorada, más cerca después de la consecución de su vigésimo octavo Scudetto (se le han retirado dos de ellos por sanción). Media Turín festeja estos días un triunfo que no vivían desde hace nueve años, y celebran que la Juve vuelve a ser un referente en el fútbol europeo, también mundial. No muy lejos de allí, en el corazón de Turín, una afición con la mirada teñida de grana cruza los dedos para que el tramo final del curso aúpe a los suyos, el Torino, de nuevo a la elite del país, después de una costosa travesía por la Serie B.

Turín vuelve a ser estos días la capital del fútbol italiano. Los pulmones de la Vecchia Signora han conseguido apartar de un soplido las cenizas de la sospecha, y refundado en sus principios tras purgar sus penas por amaño de partidos, la Juventus prepara el hilo de oro para coser a su solapa su tercera estrella dorada, más cerca después de la consecución de su vigésimo octavo Scudetto (se le han retirado dos de ellos por sanción). Media Turín festeja estos días un triunfo que no vivían desde hace nueve años, y celebran que la Juve vuelve a ser un referente en el fútbol europeo, también mundial. No muy lejos de allí, en el corazón de Turín, una afición con la mirada teñida de grana cruza los dedos para que el tramo final del curso aúpe a los suyos, el Torino, de nuevo a la elite del país, después de una costosa travesía por la Serie B.

La del Torino es una historia que ha vivido abrazada a la tragedia desde la fundación del club, en 1906, y hasta la refundación del mismo, en 2005. En este último tramo, de siete años ya, los aficionados grana mantienen los dedos cruzados para que su estrecha relación con el estrépito tarde mucho en manifestarse, porque saben que de una manera u otra, tarde o temprano, lo volverá hacer. Y siempre que lo ha hecho, la desgracia se ha abatido sobre el club de Turín de una manera especialmente dolorosa, hasta el punto de entender que para uno de los clubes más laureados de Italia un paseo de largos años por la Serie B del Calcio puede no ser tan malo.

El Torino es para muchos el club al que se fue Martín Vázquez. Miembro de la Quinta del Buitre, el extremo alimentó en el imaginario futbolístico español, que por entonces no marchaba mucho más allá de nuestras fronteras, la imagen de un nuevo Luis Suárez, pero sin la camiseta del Inter, marcando una época fuera del fútbol patrio. Aquel futbolista con bigote parido con sus compañeros en el Castilla nunca llegó a demostrar la calidad que se le presuponía al jugador mejor pagado del Calcio en la época (1990-92), pero el paso fugaz del madrileño por territorio grana fue sólo una mala elección deportiva. Y eso, en la trayectoria del Torino, es un mal trago fácil de superar.

La historia amarga del Torino empezó a escribirse en la alborada de un mes de mayo en el que la primavera se hizo niebla, y de la niebla surgió el fuego, la catástrofe. 1949 contemplaba el dominio aplastante de una escuadra que había conquistado cuatro campeonatos de forma consecutiva, y que copaba la selección italiana. Diez de los once jugadores del combinado azurro formaban en el Torino, que hasta tal punto dominaba el Calcio en esa década. Aquel 4 de mayo, a primera hora de la tarde, el equipo regresaba de Portugal de participar en un homenaje a jugador luso Xico Ferreira, en un partido que le había enfrentado al Benfica. A pesar del mes de mayo, la niebla recibió al Fiat G.212 CP en el que viajaban los futbolistas del Torino, acompañados de miembros de los medios de comunicación, de regreso de Lisboa, de vuelta a casa. Cuando el comandante de la aeronave, de apellido Meroni, inició la maniobra de aproximación para el aterrizaje, la niebla eligió que la moneda al aire del Torino cayera cruz por primera vez. Y lo hizo de una manera dolorosa.

Tras no encontrar la pista en su aproximación a tierra, el avión atravesó la niebla y se encontró con el monte Superga. La aeronave rozó la torre de la basílica y desapareció en una bola de fuego contra murallón que corona el terraplén posterior de la misma, que se convirtió en unas fauces abiertas que engulló para siempre a ‘Il Grande Torino’. En el accidente murieron 18 futbolistas, los dos técnicos del invencible (Egri Erbstein y Leslie Lievsley), dos mánagers del club, un masajista y tres de los mejores periodistas deportivos de Italia en aquella época, Renato Casalbore (fundador de Tuttosport), Renato Tosatti (Gazzetta del Popolo) y Luigi Cavallero (La Stampa). No hubo supervivientes en el accidente, pero sí uno en la plantilla: Sauro Tomá no viajó a Lisboa por una lesión de menisco.

Cuando Superga se tragó a Il Grande Torino, quedaban cuatro jornadas para que acabara la liga. La Federación Italiana declaró al Torino ganador del Scudetto de aquel año, el quinto consecutivo en esa década, y jamás se ha visto un festejo tan conmovedor como el que precedió a la catástrofe, con el presidente de la federación levantando el trofeo de campeón en la cima del monte Superga, momentos antes de que 100.000 personas despidieran al cortejo fúnebre que formaban los 31 ataúdes con los cuerpos que se habían dejado la vida en la ladera junto a la basílica. Hasta tal punto quedó conmocionada la sociedad italiana que, un año después, la selección viajó al Mundial de Brasil en barco.

La herida en la sociedad italiana fue grande, pero la cicatriz en el pecho del Torino fue mortal. Jamás ha contado el equipo grana con un combinado como aquel, capitaneado por Valentino Mazzola. Diez años después de la tragedia de Superga, el Torino descendió a la Serie B, y no fue hasta principios de la década de los sesenta cuando el equipo empezó su resurgimiento de la mano de un futbolista destinado a marcar una época, un extremo de trazo fino que no entendía de corsés y sí de espectáculo, que regateaba a los rivales antes de pedirles perdón por la ofensa. Un jugador díscolo que dio para henchir los corazones granas durante algunas temporadas por más que su apellido le ligara a la historia más negra del club: Luigi Meroni, la Farfalla Granata.

El apellido Meroni provocaba un escalofrío en la afición del Torino, que recordaba aún el primer partido en el Filadelfia, su estadio, después de la tragedia de Superga. Dos equipos juveniles jugaron ante un coliseo a rebosar que asistió al partido en absoluto silencio. El Torino jugó con el juvenil porque no tenía jugadores, el rival lo hizo por respeto. Y ahora, la historia del club volvía a mirar hacia la cumbre de la mano y en las botas de un jugador que llevaba el apellido del comandante de aquel avión que se había tragado a los mejores jugadores de la historia grana. Además, Meroni era un compendio de todo lo que levantaba sospechas en la sociedad italiana. Barbudo, desaliñado, delgado, vivía amancebado con una polaca y pintaba cuadros en sus ratos libres. Eso sí, era un futbolista genial, un extremo endiablado que llegó a pedir disculpas a Dino Zoff por humillarle con regates después de marcarle un gol. Un jugador imposible de olvidar que, sin embargo, seguía encogiendo los corazones de la afición del Torino cuando alguien pronunciaba su apellido: Meroni. Aquello no podía acabar bien.

El 15 de octubre de 1967, Gigi Meroni había regalado al Torino otra tarde de gloria, porque la mariposa grana sólo sabía jugar bello, no entendía otra forma de hacer el fútbol. El Torino había ganado a la Sampdoria por 4-2. Cuando Meroni salía del estadio, un aficionado del Torino, de dieciocho años de edad, con el carné de conducir recién sacado en el bolsillo, embistió al extremo, que no vio venir el macabro regate de la vida. Y lo mató. El vuelo de la mariposa, cercenado en la calle Re Umberto de Turín. Apenas veinte años después de dejarse la gloria en Superga, la afición del Torino volvía a llenar Filadelfia para llorar a uno de sus jugadores, al más grande del momento, a un futbolista que nadie podría olvidar. Tras velar el cadáver de Meroni, consolaron al chaval que se había llevado por delante el mejor argumento para la resurrección del club de Turín, cuyo hueco empezaba a ocupar ya la Juventus.

El hincha que mató a Luigi Meroni se llamaba Attilio Romero, que de trabajar durante 27 años en el departamento de Relaciones Externas de la Fiat en Turín, accedió al cargo de presidente… del Torino. Bajo el mandato del hombre que había matado a una de sus principales estrellas en la década de los sesenta, el Toro logró dos ascensos, el último antes de la refundación del club. Ahora, los aficionados grana están a punto de saborear de nuevo su regreso a la elite del fútbol italiano. La primera vez que lo lanzaron lejos, el bumerán de la tragedia tardó apenas veinte años en volver.

Hace cuarenta y cinco años que lo lanzaron de nuevo al cielo de Turín. Y nadie sabe cuándo volverá.

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1 Comentario

  • Fantástica crónica. Sobre todo para los fanáticos del calcio. Viva muestra de que el fútbol va más allá de lo deportivo.

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