El sexo, el aburrimiento y la vergüenza, en “Shame” (I)

Hay películas de las que hay tanto que decir que uno sale del cine pasmado y sin saber cómo empezar a decir algo. Tuve esta experiencia con Shame, un largometraje que me transfirió secretamente tal desgarro que tuve que cargar con él en el silencio. Este texto que prosigue es pues, un intento posterior de articular ese malestar indigerido y por tanto, se puede entender como una lectura filosófica que libra una batalla contra lo indecible de esta película. Asimismo, para no perderme con las palabras disueltas en la frustración, he escogido tres elementos a la luz de los cuales exploraré la película, el aburrimiento, el sexo y la vergüenza que son, al fin y al cabo, tres dimensiones de nuestro protagonista: el individuo en la sociedad capitalista avanzada.

Hay películas de las que hay tanto que decir que uno sale del cine pasmado y sin saber cómo empezar a decir algo. Tuve esta experiencia con Shame, un largometraje que me transfirió secretamente tal desgarro que tuve que cargar con él en el silencio. Este texto que prosigue es pues, un intento posterior de articular ese malestar indigerido y por tanto, se puede entender como una lectura filosófica que libra una batalla contra lo indecible de esta película. Asimismo, para no perderme con las palabras disueltas en la frustración, he escogido tres elementos a la luz de los cuales exploraré la película, el aburrimiento, el sexo y la vergüenza que son, al fin y al cabo, tres dimensiones de nuestro protagonista: el individuo en la sociedad capitalista avanzada.

Según Walter Benjamin, en el aburrimiento el sujeto se distancia de sí y esa posición le permite tomar conciencia de sí mismo y de su entorno. Un alejamiento de la originaria disolución del yo en la cotidianidad es lo que posibilita finalmente la inspiración que se requiere para narrar. Si se introduce esta noción, no es precisamente para explicar la causa de este texto, sino más bien para mover la primera ficha y adentrarse en la existencia del protagonista. El aburrimiento en este caso debe ser otra cosa, porque la tonalidad emotiva en la que el protagonista está en el mundo no es precisamente creadora sino más bien aniquiladora para sí. El concepto de aburrimiento profundo acuñado por Heidegger se aproxima más. Tal y como nos dice el autor, este estado “va rodando por las simas de la existencia como una silenciosa niebla y nivela a todas las cosas, a los hombres y a uno mismo en una extraña indiferencia”. En esta versión, el aburrimiento consiste en una ausencia total de satisfacciones y de objetos que puedan entusiasmar al sujeto, de modo que todo lo ente que le rodea queda equiparado a una misma nada. Sin embargo, fue Benjamin quien ancló el aburrimiento a la materialidad, definiéndolo como una estructura propia de la experiencia histórica del sujeto dentro de las sociedades modernas. Es más, su hermana, en voz en off, exime de culpa a Brandon diciéndole que esta desesperación no es cosa suya sino del mundo en el que les ha tocado vivir.

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La posmodernidad se ha convertido en el depósito del tiempo social porque ya no sucede nada históricamente nuevo sino que todo lo ocurrido aparece condensado en ella bajo la forma de un plano de dos dimensiones llamado presente que se repite incansable como si de una eternidad se tratara. El tiempo que ahora transcurre ya no es la medida del cambio sino el cálculo de la repetición de lo mismo. Asimismo, esta consumación de la historia que se goza y se celebra a sí misma, se convierte en una fatalidad para el individuo porque se le aparece como el fin de todo lo posible. Este presentismo es el que termina por nivelar lo que nos rodea y nos produce este tremendo aburrimiento. Cada día sólo puede ser igual al anterior. En la película transcurre una semana pero si no hubiera irrumpido de repente su hermana, posiblemente habríamos terminado perdiendo la cuenta de los días que pasaban.

En un momento del largometraje, el protagonista expresa su deseo de vivir en los años 60. No podemos simplificar este deseo a una nostalgia ilusa en la que él se imagina el pasado como una época maravillosa en la que sería indudablemente feliz. Lo que el desea, a pesar de no poder expresarlo, es volver a ser partícipe de la historia y recuperar el sentimiento de que uno, en tanto que individuo, puede contribuir en la transformación del tiempo socialmente humanizado.

Aparte del tiempo, el capitalismo también reduce e iguala la singularidad de las cosas porque las equipara todas a su abstracción real, el dinero. Además, produce la ilusión de una libertad de elección pero en realidad, la oferta siempre es la misma: somos sujetos de un goce desplazado y reprimido. Paseando por los centros comerciales nos sentimos libres porque los productos desbocan nuestra imaginación trasladándonos en mundos, identidades y otras experiencias grandiosas, pero cuando finalmente caen las mercancías en nuestras manos, nos hundimos en la frustración porque nada nos ha cambiado. Las mismas mañanas, las mismas palabras, los mismos gestos, los mismos placeres, los mismos lugares.

Por todo este movimiento de nivelación, el sujeto sólo puede sentir aburrimiento viviendo en este mundo. Así mismo lo reconoce Brandon, hablando con una mujer que encierra algo atrayente porque aparece como alguien singular cuando está con él. Como comprobamos después, es tan macabra la situación que ella nos muestra enseguida que su lado humano era tan sólo un disfraz para seducirlo. No hace falta que la acompañe y rechaza el único gesto de humanidad que el protagonista escoge voluntariamente en todo el largometraje.

El protagonista está totalmente inmerso en un horror al vacío del que no puede decir nada y, por tanto, sufre de algo inconsolable. Inmerso en esta desesperación, necesita huir de sí mismo pero, trágicamente, no puede tomar la decisión de quitarse la vida porque no tiene nada en-nombre-de-qué morir. La falta de sentido hace que el mismo heroísmo del suicidio sea tan insignificante como seguir viviendo.

¿Cómo morir sin suicidarse? Hay algunos que beben alcohol como si en cada sorbo hicieran un paso más hacia la muerte. Beben dosificadamente en vez de tomarse heroicamente un vaso de cicuta porque no han resuelto, ni pueden resolver, el dilema de si es mejor conservar la esperanza de otro mañana o resignarse a pensar que están condenados a la desgracia. En la medida en que no se tienen ni valores ni ideales que nos guíen, no se tienen herramientas para poder decidir de forma crítica e intransferible el día de la muerte, y, de ese modo, uno se va matando sin morir, dejando que este día inevitable llegue cuando las circunstancias externas lo decidan ¿Hay otro veneno que no mata pero satisface por momentos este deseo de autodestrucción? El sexo desalmado. Bataille y Sade entre muchos otros hablaron de la proximidad entre el sexo y la muerte.

En el curso de la consumación de las relaciones sexuales, ambos sujetos se disuelven en algo que rebasa su propio yo. Todos percibimos esta superación de la identidad construida socialmente cuando estamos bajo los efectos del desenfreno de la pasión sexual. No nos matamos físicamente pero sí vivimos una segunda muerte porque destruimos nuestro yo constituido. Además, hay algo muy perverso en las relaciones sexuales y es su componente violento que vemos claramente manifiesto en la película. Brandon, en la escena del trío, muestra una explícita agresividad para con las chicas y a su vez, esa tensión terrible que nace de él se vierte sobre sí mismo. En esta clase de relaciones sexuales, se utiliza el cuerpo del otro como un medio para liberar la fuerza bruta nacida de la impotencia y el silencio impuestos por la sociedad.

Asimismo, la práctica del sexo es exaltada y venerada en esta sociedad como un buen empleo del tiempo del consumo. Y esto es debido a que este sistema ha organizado toda experiencia posible como el sexo bajo su esquema de racionalidad económica. En un principio la alienación, como una vivencia enajenante en la que el sujeto no se realiza a sí mismo, se generó a partir de la escisión entre fuerza de trabajo y propietario de los medios de producción de modo que el primero, empujado por sus necesidades básicas, debía comprar –más caro- aquello que era suyo y había fabricado, conservando inevitablemente sus condiciones materiales de existencia. Ahora ésta ya no se reduce a la separación material en el horario de trabajo sino que se ha extendido en el tiempo libre del sujeto. El aparato espectacular alienante del ocio que añade efectos especiales a las condiciones de existencia dejando la verdad relegada a un lugar sin representación, ofrece mercancías que determinan cómo se debe consumir el tiempo. El tiempo del consumo es un condicionante y una norma pues obligan a vivir experiencias alienantes que no dejan que se escape del sistema. Así lo dijo Guy Debord: “El hombre separado de su producto produce, cada vez con mayor potencia, todos los detalles de su mundo, y de ese modo se halla cada vez más separado de su mundo. Cuánto más produce hoy su propia vida, más separado está de ella”.

Tener sexo es considerado un buen empleo del tiempo bajo la racionalidad económica actual. Por tanto, es una de esas ofertas de consumo –de cuerpos- que prometen satisfacción y realidad pero que en el fondo, en ellas sólo se viven experiencias enajenantes. No hay nada allí pero es el único lugar donde debería encontrar algo. Los objetos de consumo son pura apariencia que dejan insatisfecho al sujeto y por tanto, aumentan la naturaleza insaciable de su deseo. La perpetuación de este deseo es una estrategia propia del capitalismo porque, en el fondo, este sistema económico se dedica a incrementar las pasiones del ser humano para que nunca deje de consumir aquello que nace para complacerlas. Así pues, se entra en el círculo vicioso de que el ocio, como satisfacción de deseos no necesarios, es producido por el mismo sujeto (sector terciario) y, en la medida en que no cumple lo que promete aumenta la frustración, con lo que se buscará satisfacción en un nuevo objeto de consumo, perpetuando así el sistema. De este modo, el sexo como consumo de cuerpos se presenta como lo mejor que podríamos hacer en nuestro tiempo libre pero, en tanto que apariencia, en su consumo no vivimos experiencias de verdad sino que nos frustra y nos mantiene alienados bajo la lógica consumista.

La sexualización de la sociedad es pues, un elemento fundamental en esta película. Por un lado, aparece en los objetos orgásmicos de consumo que deben colmar nuestros deseos y por otro, su exaltación como buen empleo del tiempo libre. Las consecuencias de esta sexualización se manifiestan en un protagonista cuya vida entra en la espiral de una atroz desesperación. A saber, la esfera del sexo en la que el protagonista está atrapado tiene un doble movimiento: primero, la búsqueda de una satisfacción del deseo en el sexo como consumo de cuerpos y su correlativo sentimiento de frustración. Y segundo, el uso que el protagonista hace de esta misma sexualidad alienada para terminar con él y el dolor inconsolable de esa misma frustración.

¿Por qué se titula “Shame”? La vergüenza, bajo el prisma psicoanalítico, la produce una mirada del Otro, considerado como aquél que representa un ideal moral en tanto que proyección de lo mejor de uno mismo. Este Otro podemos identificarlo con Dios, ese ente imaginario que a parte de señalarnos hacia dónde queremos ir, nos mira y nos juzga.

Vivimos en la posmodernidad, la época que nació después del entierro de Dios y por tanto, en un momento histórico en el que la mirada divina se ha definitivamente desvanecido. Y ahora que se ha matado la instancia susceptible de provocar vergüenza, todo lo que hacemos, a pesar de ser frívolo y trágico, no nos provoca sentimiento deshonroso alguno. En la posmodernidad, está prohibido prohibir: lo podemos hacer todo sin remordimientos, sin tener que pedir perdón y sin sentirnos avergonzados. La libertad exaltada es llevada a tal extremo de inconsciencia que se ha convertido en una desbocada fuente de deseo que goza y consume sin mirarse nunca a sí misma. Al mismo tiempo, la falta de esa instancia conlleva la desaparición de un sentimiento correlativo al de la vergüenza: el honor. Un acto considerado como vergonzoso relanza el propio honor porque cree en una futura redención con otro acto más honorable de acuerdo con el propio ideal. En cambio, si uno no siente vergüenza por nada de lo que hace, se sumerge en una vida ignominiosa: queda totalmente desorientado por la bruma de sus deseos, frustraciones, angustias, miedos e ideales. Este es el individuo posmoderno: un ser incapaz de avergonzarse de sí mismo a pesar de disfrutar con lo perverso, ahogarse en la desesperación y conducirse hacia la autodestrucción.

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Por tanto, en esa película se pone de manifiesto la dimensión vergonzosa del individuo actual para revertir esta impresión sobre el espectador mismo y así, devolverle la posibilidad de repensarse a sí mismo y recuperar el honor que merece tener su vida.

Shame pertenece a esa clase de cine tan inusual que logra dislocar y perturbar al espectador. Es una película que supera la neutralización del goce televisivo porque uno no se divierte viendo la depravación del otro sino justo lo contrario: en él se ve reflejado a sí mismo. Y a su vez, con este efecto de espejo roto, logra algo fundamental y necesario: despertar la vergüenza en la vida de ese individuo posmoderno que todos llevamos dentro. Para terminar, podríamos ir más lejos y afirmar que esta película, de forma implícita, nos invita a pensar que si no rompemos con el presente implacable y etéreo participando activamente en la historia, nunca saldremos del círculo vicioso del deseo, goce y frustración en el que el capitalismo nos ha encerrado.

 

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3 Comentarios

  • Leí las dos partes de la publicación de acerca de la película que se encuentran en la página, estan geniales, pero este está mucho mejor, me encanta como lograste desglosar la problemática del capital y concatenar el conflicto expuesto en la pelicula.

  • Tengo años leyendo este artículo. Te felicito. Es claro, elegante y preciso. Una de las mejores películas de lo que va de siglo.

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