Frente al abismo

Miro a estribor. Millones y millones de litros de aguas negras que se pierden en un horizonte brumoso e infinito. Contemplo la inmensidad en la que tantos hombres han creído ver a Dios. Pero, lejos de ser el dios amable, íntimo y personal que pregona el Cristianismo, yo no veo rastro de sentimiento humano. Sólo contemplo una grandiosidad informe y desalmada, un universo exorbitante y hostil que me recuerda mi pequeñez, mi insignificante finitud.

Miro a estribor. Millones y millones de litros de aguas negras que se pierden en un horizonte brumoso e infinito. Contemplo la inmensidad en la que tantos hombres han creído ver a Dios. Pero, lejos de ser el dios amable, íntimo y personal que pregona el Cristianismo, yo no veo rastro de sentimiento humano. Sólo contemplo una grandiosidad informe y desalmada, un universo exorbitante y hostil que me recuerda mi pequeñez, mi insignificante finitud. No soy nada en esta desmesura. Si la naturaleza rugiera, me barrería de la existencia como el león que espanta una mosca con un inconsciente movimiento de cola. No soy nada. Soy aquella diminuta pincelada que representa al hombre en los cuadros de Caspar Friedrich. Una gota de agua que se pierde en la lluvia, un grano de arena en el desierto de las más de cinco mil generaciones de seres humanos que han existido. Siento lo sublime de lo que hablaron Kant o Schopenhauer: un escalofrío recorre mi columna en una mezcla de displacer y entusiasmo. Según Schiller, el placer preferido de todas las almas refinadas.

Miro hacia abajo, hacia las aciagas profundidades del mar. Cientos de metros de oscuridad. Pienso en los endebles trirremes de griegos, persas y romanos. Pienso en todos los enfrentamientos que ha contemplado este Mare Nostrum. Todos los hombres que saltaron de sus barcos en llamas para acabar ahogados, todos los que no pudieron gobernar sus navíos en días de despiadada tormenta. Reflexiono sobre su valor. ¿Qué ambiciones y qué sueños pueden hacer que un hombre se aventure en tamaño suicidio, surcando las negras aguas en un frágil armatoste de madera? ¿Qué ideas pueden mover a alguien a abandonar la seguridad de la tierra para arriesgarse a la merced de la azarosa voluntad de un vengativo Poseidón? El fondo del Mediterráneo está lleno de cadáveres, de sueños truncados, de deseos que nunca llegaron a la otra orilla. El mar del que surgió nuestra cultura está plagado muertos, es un gran cementerio marino. Esta aterradora inmensidad no es cristiana, no perdona el más mínimo error y engulle por igual las nobles empresas y las ambiciones desmedidas.

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Miro hacia dentro, miro mi barco. Es un transatlántico francés botado en 1999. Tiene una eslora de 216 metros, con 570 tripulantes y más de 1500 pasajeros. Es un monstruo de acero de doce pisos de altura que cala el mar en más de seis metros. Ahora ya no me siento la caña más frágil de la naturaleza como pensaba Pascal. Ahora ya no me siento una nada. Este barco corta el mar, lo surca egregio, sin que su quilla atisbe el más mínimo miedo o vacilación. La naturaleza se vuelve a nuestro favor, ese es el gran don del hombre: combatir lo colosal con lo colosal. Sus 45 metros de altura y sus 48.200 toneladas desafían a un Zeus que se revuelve admirado en el trono del Olimpo. Supimos aprovechar nuestra historia, los milenios de conocimientos acumulados. Desde el primer hombre que entrevió un cierto orden en las estrellas del firmamento, el que supo orientarse mediante una aguja imantada, el que inventó el astrolabio, el sextante, el hábil dibujante de cartas marítimas, el diestro carpintero que dominó la madera y el paciente herrero que supo doblar el acero; el ingeniero que sintetizó todo esto y lo plasmó en la maravilla sobre la que viajo y cavilo. Desde ellos, sobre de ellos, a hombros de pequeños gigantes, ahora estoy aquí, en la vanguardia del tiempo. En lo alto del Grand Mistral me siento el rey de la creación, a imagen y semejanza de los dioses, tejido del material del que se tejen los sueños. Como hombre no soy nada, como humanidad lo soy todo.

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Ésta es la filosofía del futuro, la única que se me ocurre para sacarnos del universal naufragio al que nos enfrentamos en los comienzos de este siglo incierto. Vamos todos en el mismo barco, en un buque maltrecho y errante. No podemos volver atrás, a la seguridad del puerto. Estamos condenados a seguir adelante, a navegar eternamente, a mantener la línea de flotación de un casco lleno de agujeros. Yo solo no podría tapar ni la fuga de una cañería; la humanidad puede partir en dos el mar Rojo.

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2 Comentarios

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  • Muy buena la frase final, “Yo solo no podría tapar la fuga de una cañería; la humanidad puede partir en dos el Mar Rojo”.
    Lo cierto es que sí podemos volver atrás, no a un estado de inocencia, pero sí de primitivismo. Ha ocurrido varias veces en la historia, en distintas civilizaciones. Lo que se suma a los problemas que comentas: no hay una dirección.
    En resumen, me ha gustado la reflexión final. 🙂

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