Fuera de campo: exilio

Si clasificamos nuestros viajes estivales según nos traslademos a lugares desconocidos o volvamos a la casa de verano de toda la vida, mis vacaciones pertenecen al segundo tipo. Por otro lado, el verano puede tener el carácter de un retiro espiritual, preferiblemente con la familia, o servir como desfogue tras un año duro, preferiblemente con los amigos. Este mes se identifica, sin duda, con el primer grupo. Hemos vuelto al pueblo donde creció mi padre.

Es cierto que aquí no hay mucho que hacer, tan cierto como que mi tarea es, ahora mismo, estudiar. La disciplina consta de sesión de deporte matutina, abluciones, desayuno, estudio, breve clase de inglés a un primo mío (un chavalín de nueve años), estudio, comida, siesta o telenovela, estudio, una fruta, más estudio, ensalada, charla con mis progenitores (comentamos las previsiones meteorológicas, los cotilleos del pueblo y algunos proyectos de futuro), y a dormir. Esta rutina tiene todos los elementos que propician la reflexión. Se integran el cuidado del cuerpo, que llevo a cabo con rigor, y el cultivo de la mente, pasando por la plácida y cotidiana relación familiar intergeneracional o la humilde experiencia docente: más que de una repentina y dramática iluminación ascética, éste es el camino hacia la paz estoica.

Siendo sincera, confesaré que era (es) necesaria. Los días transcurren en silencio, el silencio del estudio y la meditación en el que emerge, desordenado, el flujo de nuestros pensamientos. Tras unos bulliciosos meses en la capital, se agradece el cambio. He sentido mucho, he pensado mucho, he conversado mucho. Claro que el diálogo se caracteriza por la falta de dirección. Al contrario que un relato, que suele cerrar en su desenlace el problema que insinuó en el planteamiento, el final de un diálogo suele ser desconcertante o incluso incoherente, imprevisto por los interlocutores. Cosas de la doble autoría, supongo. Un narrador pone el final de su cuento; en una conversación, el final aparece ante unos participantes indefensos. Las interpretaciones son múltiples, y las conclusiones de una buena conversación se ramifican tanto más variadamente cuanto mejor haya sido aquélla.

Mantener un diálogo no precisa de un pensamiento ordenado. No hace falta, para intervenir, ajustarse a una tesis de fondo o un relato estructurado subterráneo. Basta con responder. Así, en el diálogo se encadenan, de manera más o menos pertinente, retazos de nuestro monólogo interior. En un diálogo auténtico y sincero (que es de lo que estoy hablando… La ocultación de la verdad hace la comunicación infinitamente más compleja) se dice tanto lo que uno sabe como lo que no sabe, lo que quiere como lo que no quiere si eso es lo que el otro ha preguntado. El hilo no es otro que la pregunta anterior, y esto vale para ambos. Por eso, las decisiones, las intenciones, no son unilaterales. No imaginamos acordar el final de una conversación como preámbulo a ésta (sería algo así: “-¿Te parece bien que, a pesar de tu reserva inicial, me confieses tus secretos más íntimos hacia la mitad y en la segunda parte yo te demuestre mi comprensión contándote anécdotas personales? –No, creo que es preferible que me guarde las confidencias para el final, y así tú callarás, sorprendido. Creo que, dramáticamente, esta estructura reflejaría mejor mis sentimientos”). Un relato es creado por una sola voz, aunque sea colectiva, que decide sobre el orden de la narración. En un diálogo, el orden se subordina al otro. La apertura a la influencia externa necesaria en un diálogo lo hace propicio para descubrir cosas, incluso acerca de nosotros mismos, pero no para explicarnos u ordenar nuestra conciencia.

Aquí entra en juego la narración, entendida en un sentido amplio. Me refiero al relato autobiográfico, la manera en la que nos contamos nuestra propia vida, con sus personajes principales y sus puntos de inflexión, en fin, ya sabéis. Hay quien ve su vida como una novela decimonónica, hay quien la ve como un western crepuscular o como una película de Almodóvar, o incluso, incluso como una de John Waters; hay quien se ve de protagonista de su propia vida y hay quien se ve como personaje secundario. Allá cada cual con sus historias y su mitología personal. Porque es pura literatura. Es imposible someter nuestra vida a una explicación causal, por exhaustivo que sea el detalle de dichas causas, por complejas que sean nuestras teorías. Sin embargo, y aun sabiendo que es imposible, elaboramos (con más o menos dedicación y fervor) estos relatos autobiográficos.

Construimos esos relatos no sólo para explicar y asimilar el pasado, sino también para afrontar el futuro con la sensación – siempre infundada – de control sobre los acontecimientos. Esta ilusión es igualmente necesaria. La estructura y la dirección que atribuimos a nuestra vida deben ser realistas para que esta ilusión sea poco ilusoria, en la medida de lo posible. Es difícil elaborar un buen relato autobiográfico. Se necesita honestidad, arrojo, tiempo y silencio. El silencio donde emerge el monólogo interior. La soledad al enfrentarnos a nuestra propia conciencia.

La escritura tiene también este elemento estático del que carece el diálogo y que es inherente a la narración. Es posible que la realidad se refleje mejor en la naturaleza interactiva, inmediata y dinámica del diálogo, como dijeron algunos antiguos. Tampoco podemos sobrevivir sin narración, sin – por artificiosa y aparente que sea – estructura. Pero ha sido necesaria una tregua de silencio para volver a la palabra escrita.

 

 

*Las imágenes que ilustran el texto pertenecen al libro ‘La maleta mexicana’, que incluye más de 4.500 negativos desconocidos de la Guerra Civil española de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour “Chim” que, tras un peculiar viaje, llegaron al International Center of Photography en 2007.

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