Galeano, en el mundo al revés (de hoy)

Hay libros que se limitan a ocupar un hueco en las estanterías una vez se han explicado y hay libros que por lo que cuentan y encierran no pueden estar callados y acumular polvo durante mucho tiempo. La primera vez que leí a Eduardo Galeano fue un año después de publicar su libro ‘Patas arriba. La escuela del mundo al revés (1998); posteriormente, llegaron para quedarse El libro de los abrazos, Las palabras andantes, Ser como ellos, Espejos y envuelto en papel de regalo Los hijos de los días. Entonces, no pude evitar pensar en alguna ocasión durante su lectura en la exagerada visión del autor sobre la manera de proceder del poder con el pueblo y las relaciones internacionales al final del Milenio. Trece años después, y tras muchas lecturas, me ha convencido de que el mundo estaba y está patas arriba; un mundo en el que los valores de la sociedad actual se encuentran en total contraposición con los valores por los que se ha luchado durante siglos. Solo es necesaria una mirada a nuestro alrededor para comprobar que las cosas son como se habían pronosticado.

Galeano expone sin ningún tipo de remilgo cómo anda el género humano. Narrativa, ensayo y poesía le sirven al autor para hilvanar una exhaustiva crónica sobre la manera en la que se comportan los actores en la escuela del mundo al revés; una guía práctica acerca de las barbaries que el ser humano es capaz de llevar a cabo, con nuevos protagonistas según las épocas y que hoy como ayer sigue cobrando actualidad.

En las aulas de patas arribas los alumnos son los niños – los de arriba, los de abajo y los del medio – y el mundo de la comunicación y los políticos sus maestros, con sus vicios y obscenidades. Ellos son los principales protagonistas y víctimas del sistema. “Entre los niños que viven prisioneros de la opulencia y los que viven prisioneros del desamparo, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos que todo”. Una pretendida clase magistral de lo que simplemente ocurre delante de nuestros ojos: “En nombre de la libertad de empresa, la libertad de circulación y la libertad de consumo, se está haciendo irresistible el aire del mundo”. Un mundo que, a través de la óptica de quien ve y vive la realidad a ras del suelo, premia justo al revés porque “desprecia la honestidad, castiga el trabajo y recompensa la falta de escrúpulos”.

El libro exige reflexión, puesto que ya se revela desde el principio como complicada una lectura desde la distancia. ¿Hemos pasado a ser las personas simplemente mercancía de los mercados y víctimas del capitalismo voraz? Galeano advierte de que el mundo al revés nos enseña a padecer la realidad en lugar de cambiarla, a olvidar el pasado en lugar de escucharlo y aceptar el futuro en lugar de imaginarlo. Nadie escapa a su opinión crítica en una obra en la que llama la atención sobre la impunidad de un sistema basado en la circulación del dinero y la posesión, que da lecciones de clases de corte y confección sobre cómo elaborar enemigos a medida y confeccionar la enseñanza y la industria del miedo. “No hemos sido consultados para venir al mundo, pero exigimos que nos consulten para vivir en él”.

Patas arriba se estructura en seis partes acerca del modo de proceder en el mundo al revés. “Hoy en día, ya la gente no respeta nada. Antes poníamos en un pedestal la virtud, el honor, la verdad y la ley… la corrupción campea en la vida americana de nuestros días. Donde no se obedece otra ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. La cita es del famoso gángster americano Al Capone entresacada de una entrevista concedida a la revista Liberty el 17 de octubre de 1931, pocos días antes de que marchara preso. Una mirada paradójica a simple vista y una declaración de intenciones con la que Eduardo Galeano comienza su libro.

Para entender cómo funciona el mundo al revés es necesario un curso básico de injusticia. “Este mundo, que ofrece el banquete a todos y cierra la puerta en las narices de tantos es, al mismo tiempo, igualador y desigual: igualador en las ideas y desigual en las oportunidades que brinda”. La exigencia de los mercados es para Galeano la mayor opresión de un mundo en el que solo existe un lugar donde el norte y el sur se enfrentan en igualdad de condiciones: el campo de fútbol de Zarao en Brasil, cortado por la mitad por la línea del ecuador. Los mercados exigen consumo y al mismo tiempo que demandan vender más necesitan también pagar cada vez menos. “El norte del mundo dicta órdenes de consumo cada vez más imperiosas, dirigidas al sur y al este, para multiplicar a los consumidores, pero en mucha mayor medida multiplica a los delincuentes. Al apoderarse de los fetiches que brindan existencia real a las personas cada asaltante quiere tener lo que su víctima tiene, para ser lo que su víctima es”.

La banca es la tercera en discordia. Bertolt Brecht decía que robar un banco es delito, pero más delito es fundarlo. Esto es lo que escribió Eduardo Galeano del sistema financiero al final del milenio: “El secreto bancario ya no es lo que era, debilitado como está por los escándalos y las investigaciones judiciales, pero mal que bien continúa activo este motor de la prosperidad nacional”, “por sucio que llegue el dinero y por complicados que resulten los enjuagues, la lavandería lo deja sin una sola manchita”. Las grandes potencias mundiales enarbolan la bandera de la paz y la no violencia mientras construyen el engranaje de las guerras y se sientan en un gran banquete para buscar soluciones al hambre de aquellos que han quedado despojados de todo, hasta de su dignidad, por culpa de las armas. “Nunca hubo tanta concentración de recursos económicos y de conocimientos científicos y tecnológicos dedicados a la producción de muerte”. “La violencia engendra violencia, como se sabe; pero también engendra ganancias para la industria de la violencia, que la vende como espectáculo y la convierte en objeto de consumo”, dijo el uruguayo.

En un mundo en el que se camina con las manos y los pies están en la cabeza la sangre no puede regar la masa gris de una sociedad civilizada qué actúa como cual marioneta bajo los dictámenes del intercambio, del progreso, de la compra-venta y la competencia. Los medios de comunicación, actores principales de esta escuela del mundo al revés, están “en pocas manos, que son cada vez menos manos, y por regla general actúan al servicio de un sistema que reduce las relaciones humanas al uso mutuo y al mutuo miedo. Internet, nuevo espacio para la libertad de comunicación, es también un nuevo espacio para la libertad de comercio”, puntualizó Galeano en los años de andanza de la red de redes. La televisión, la prensa o las radios de mayor alcance, en manos de unos pocos, dirigen a la gente hacia la estupidez mientras cubren con un velo la verdadera realidad que hay detrás del espejo. “Estamos informados de todo, pero no nos enteramos de nada”, decía el periodista argentino Ezequiel Fernández-Moores. La realidad se manipula en virtud de intereses políticos y económicos. “Los mass media de difusión universal han puesto por las nubes el precio de la libertad de expresión: cada vez son más los opinados, los que tienen el derecho de escuchar, y cada vez son menos los opinadores, los que tienen el derecho de hacerse escuchar”, asegura el escritor. “Ahora, está resultando cada día más evidente que la comunicación manipulada por un puñado de gigantes puede llegar a ser tan totalitaria como la comunicación monopolizada por el estado”. Añade el autor: “Ofrecemos a la gente lo que la gente quiere, dicen los medios, y así se absuelven; pero esa oferta, que responde a la demanda, genera cada vez más demanda de la misma oferta: se hace costumbre, crea su propia necesidad, se convierte en adicción”.

En medio de este circo los políticos temen ser castigados por la televisión, aquella que ha enseñado un único lenguaje a los niños de los países civilizados; por lo tanto, “para conquistar o consolidar la legitimación popular, algunos políticos se apoderan de la televisión directamente”. Representantes públicos elegidos por los ciudadanos juegan a ser magnates de la comunicación con el único interés de manipular la opinión en función de unos intereses espurios. “Si el mundo está, como ahora está, patas arriba, ¿no habría que darlo vuelta, para que pueda pararse sobre sus pies?”, decía el autor.

Contamos ya doce años de un nuevo siglo y el libro de Eduardo Galeano, relatado con su habitual maestría, continúa siendo el reflejo de las lacras y la suciedad de la sociedad contemporánea. Un libro incómodo, en definitiva, pero necesario en unos tiempos regidos por el mismo sistema sin escrúpulos que hace a los ricos más ricos y a los pobres más pobres, que nos sirve en bandeja a los mercados, mientras los políticos y las grandes potencias juegan a la guerra con las sonrisas, los sueños y el futuro de millones de niños en el mundo. Un banquete al que el ciudadano no está invitado pese a ser el plato principal. Releyendo a Galeano no parece que hayamos aprendido de los errores de antaño.“Han pasado los años, el siglo está muriendo ¿Cuál es el mundo que nos deja? Un mundo sin alma, des-almado, que practica la superstición de las máquinas y la idolatría de las armas; un mundo al revés, con la izquierda a la derecha, el ombligo en la espalda y la cabeza en los pies”, exhorta el uruguayo.

Galeano terminó de escribir el libro en agosto de 1998 con un mensaje a sus lectores: “Si quiere usted saber cómo continúa lea, escuche o mire las noticias de cada día”.

 

*Las fotografías que acompañan el texto son de Carlos Martín Sendarrubias

 

 

 

 

 

 

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