Johnny Guitar: cuando los héroes aún traían esperanza

No es fácil amarse porque el amor es una paradoja que se nutre de obstáculos y es, en cierta medida, un sueño. Pero también constituye el último refugio para los que no se conforman y deciden plantar cara al destino y a los que tratan de hacer de esta vida una pesadilla totalitaria.

Los cuervos siempre visten de negro como la gente “decente” que odiaba a Vienma (Joan Craford) porque quería ser independiente, libre en la forma de llevar su negocio o elegir a sus amigos o pensar. A los inquisidores de cualquier laya, de cualquier tiempo, les vale cualquier pretexto y son capaces de utilizar cualquier medio, sobre todo la mentira, para conseguir sus fines y solo un héroe puede enfrentarlos, siempre en el borde de convertirse en un monstruo para poder vencer a otros monstruos.

A Jhonny Logan (Sterling Hayden) su rapidez con el gatillo lo había alejado hacía años de Vienna pero ese defecto constituía ahora una ventaja, sobre todo si había aprendido a tocar la guitarra y a guardar silencio y a esperar. A no necesitar mucho más que un café caliente y un buen cigarro para disfrutar el sol con cierta esperanza.

Tienen miedo de perderse de nuevo y se miran con ojos incendiados mientras se mienten para decirse la verdad. Los amenaza un nuevo obstáculo: para seguir juntos tienen que defender lo que han construido en todo este tiempo y eso está ahora muy amenazado por los que “cazan brujas” y están dispuestos a todo.

 

 

Me gusta otro héroe. El minero tuberculoso que lee novelas y es un sentimental dispuesto a correr riesgos por estar en el lado que considera adecuado. No es el más fuerte y quizá tiene miedo y tose, pero sabe permanecer en su sitio cuando sería fácil pensar que ya no merece la pena. El compromiso con los retos de la vida que la hace triunfar justo hasta el borde de la muerte.

Al final Jhonny salva a Vienna para que ella misma rescate su libertad luchando a solas con Emma (Mercedes McCambridge) en un duelo de mujeres que saben usar las armas de los hombres. Para entonces los malos ya se han arrugado y se disponen a volver a sus tristes vidas. Lo que por desgracia no ocurre siempre fuera de las películas.

Dicen que Nick Ray quería hacer algo más que una película del oeste, que trataba de denunciar el Macarthismo que había quebrado su generación, que había puesto a prueba en la realidad los principios que tan resplandecientes y claros aparecían en el cine y el teatro de aquellos años de las postguerra. Tuve la suerte de encontrar hace un par de veranos Mi vida, la magnífica biografía de Elia Kazan que tuvo con Ray, desde los comienzos en el Theatre of action, una relación ambivalente toda la vida.

 

Nicholas Ray y James Dean

Fueron amigos y en ese crítico momento se situaron en bandos opuestos. Se distanciaron. Pasaba el tiempo y sabían cosas el uno del otro por personas interpuestas. Volvieron a encontrarse cuando ya Ray estaba herido de muerte por el cáncer y  Win Wenders lo estaba filmando, lo que al principio a Kazan no le gustó nada. Luego lo pensó mejor y quizá su propia necesidad de justificarse lo lleva, unas páginas más adelante, a intentar comprenderlo y de paso a reflexionar sobre lo que realmente mata en la vida y la importancia de vencer la necesidad de aprobación que, según él, termina quebrando la autoestima, el núcleo de identidad que debe dictarnos nuestras propias normas. Curiosamente hay muchos paralelismos entre Johnny Guitar La ley del silencio aunque traten de justificar cosas distintas. Para él Ray, como Harold ClurmanJohn Steinbeck o Clifford Odets fueron víctimas de una derrota íntima propiciada por una frustración de expectativas profundamente sentidas. Ciertos fracasos significativos los llevaron a la desesperanza y de ahí a la destrucción física en un proceso misterioso y al mismo tiempo evidente. (Años después Susan Sontag cuestionaría esa conexión psicosomática muy asumida culturalmente en aquellos años con respecto al cáncer en La enfermedad y sus metáforas).

Pero dejemos a hablar a Kazan:

 

Elia Kazan y Marlon Brando en el rodaje de “La ley del silencio” (“On the Waterfront “)

“Nick (Ray) tenía la personalidad característica de determinado tipo de actores y directores -ser un tipo duro cuando estaba entre tipos duros, un poeta con los poetas, un matón de bar entre matones de bar, un amante que pensaba que merecía perder la vida por el amor cuando estaba con una mujer. Ponía en práctica esa faceta del Método Stanislavski que le habían enseñado hacía mucho tiempo: meterse dentro de los personajes. El actor integral era el que tenía la capacidad de ser todos los personajes al mismo tiempo. Conocía el tema por propia experiencia. Nick era varias cosas contradictorias – un burgués y un veterano de la lucha de clases; un maestro de la técnica de la interpretación diferente a la de Lee Strasberg; un aristócrata en sus gustos y un campesino de espíritu; un marido fiel y un padre devoto que, no obstante, quería acostarse con todas las chicas que le atraían; quería tenerlo todo, ser disciplinado y disoluto, un santo y un pecador, modesto y arrogante, un partisano de la izquierda transigente con la derecha, un rebelde que finalmente resultaba incontrolable. Yo me planteaba esta pregunta: ¿no quieren la mayoría de los artistas ser todo, no perderse nada, experimentar todas las experiencias incluso la muerte, conocerlo todo íntimamente, probar y disfrutar sin respetar ningún límite?. Nick y yo nos parecíamos mucho. Los dos habíamos comenzado como actores y luego nos habíamos convertido en directores. Pero él “se metía hasta el fondo” y yo no. Yo era más disciplinado, más controlado, más prudente, más burgués. Tal vez pensé, él ha sido mejor artista, más arriesgado. ¿No ha sido el más profundo deseo del hombre a lo largo de toda la historia poder tenerlo todo, cielo e infierno?. Fausto vendió su alma por ello… Es la pregunta básica que plantea la vida: ¿qué se quiere y qué se está dispuesto a sacrificar para conseguirlo?. Nick siempre se creaba una imagen moldeada sobre la impresión que quería dar pero siempre era una imagen diferente.”

 

 

“La película de Win Wenders que me había prometido no ver y finalmente ví…contenía un extraordinario primer plano de Nick al borde de la muerte. El director moribundo, que se sabe que se está muriendo, mira de frente al objetivo y dirige su última escena que es su propia muerte… Nick no quería morir. Quería seguir adelante. No se rindió ni por un momento, ni un centímetro de película. Incluso al final cuando estaba peor, se aferraba a cada centímetro de vida, de la película en que su vida se iba a preservar. Puedo comprender que a muchas personas les parezca una farsa. Pero a mí me parece heroico …

 

 

“Algo misterioso y terrible ocurre cuando una persona deja de seguir preocupándose por ser ella misma… Ahora, mientras me adentro en una edad peligrosa, me digo a mí mismo que la vida se agota inevitablemente, pero también hay otros enemigos, y que lo importante es fortalecer y mantener la autoestima. Decidí que nadie me volvería a hacer daño, no en este punto vital: soportaría todas las pruebas, sobreviviría a todos los rechazos y haría todo lo posible para vivir de acuerdo con mis propias normas, sin hacer depender mi vida de la aceptación de los demás (este es el primer mandamiento en el mundo del cine y el teatro), sin necesitar sus alabanzas ni alcanzar las metas que ellos querrían imponerme, ni sentirme vencido por no alcanzarlas. Por mucho que sufriera mi cuerpo no iba a rendirme ante nada que pudiera dañar mi espíritu.”

 

 

 


 

Arthur Miller: mucho tiempo después de todo aquello

 

Amigos

More from Ramón González Correales

Las mañanas de otoño

Las mañanas de otoño limpian la noche con su frescura, hacen más...
Leer más

1 Comentario

  • Ya sabes lo que Godard decía y estimaba de N, R. No sólo Kazan y Wenders. “Si N. R. no hubiera hecho cine, habría hecho cine”.

Los comentarios están cerrados