La central de noticias dentro de la navaja suiza

¿Existe un módulo maestro? ¿Existe un área del cerebro en la que toda la información se integre para darnos una representación mental consciente, coherente e integrada de lo percibido, sentido o pensado? Según Jerry Fodor, uno de los máximos impulsores de la teoría modular, debería existir. Sin embargo, la evidencia empírica nos dice lo contrario. Por mucho que se ha buscado, parece que no hay un "módulo del yo", una región que gestione y controle todas las demás.

La metáfora más popular a la hora de comprender el funcionamiento del cerebro es, paralela a la del computador, la de una caja de herramientas o, de modo aún más gráfico, la de una navaja suiza. En términos más técnicos hablaríamos de la teoría modular del cerebro.

Y así es. Las cada vez más variadas y sofisticadas técnicas de observación del cerebro y los estudios sobre pacientes con lesiones cerebrales nos indican que las diversas funciones de la mente están distribuidas en diferentes módulos o sistemas relativamente independientes unos de otros. El ejemplo de la visión será muy ilustrativo. Cuando vemos cualquier objeto, participan en la elaboración de la representación visual cinco áreas del cerebro. Del área visual primaria (V1) se distribuye la información a las áreas V2, V3, V4 Y V5. Si se lesiona el área V1, el paciente sufre agnosia visual, es decir, puede reconocer diferentes componentes de la forma del objeto a percibir, pero no el significado global de lo que ve. Por el contrario, si se lesiona el área V4, el paciente deja de percibir los colores, sufriendo acromatopsia. Sólo ve en tonos de gris y, curiosamente, tampoco puede recordar el color de todas las cosas que percibió en el pasado antes de la lesión. Una lesión en V5 produce acinetopsia: incapacidad de percibir el movimiento. El enfermo contempla el mundo como una serie de imágenes estáticas, como fotogramas de una película. Si viera un automóvil en movimiento, iría percibiendo los cambios de posición. El coche primero está allí, luego está aquí y luego más allá, perdiendo todas las fases intermedias de su recorrido. Pero lo interesante es que lesiones en cada una de las áreas visuales por separado no interfieren en las otras. El sujeto con acinetopsia percibe perfectamente el color y el que tiene acromatopsia percibe el movimiento y el significado de los objetos sin problema alguno. El cerebro es como una navaja suiza, un artefacto con muchas funciones independientes.

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¿Existe un módulo maestro? ¿Existe un área del cerebro en la que toda la información se integre para darnos una representación mental consciente, coherente e integrada de lo percibido, sentido o pensado? Según Jerry Fodor, uno de los máximos impulsores de la teoría modular, debería existir. Sin embargo, la evidencia empírica nos dice lo contrario. Por mucho que se ha buscado, parece que no hay un “módulo del yo”, una región que gestione y controle todas las demás. Por ejemplo, en el caso de la visión, no existe un área Vx que integre la información. Sin embargo, debería existir, pues es una evidencia que yo percibo la información de esa manera: mi mundo es unitario, coherente… ¿cómo entonces hace el cerebro que así sea?

El hecho de que no tengamos un área localizada clara no implica que no exista. El cerebro es un sistema versátil, plástico. Una neurona puede, simultáneamente, ser utilizada para diversos módulos, de modo que nos sea muy difícil establecer un mapa de funciones cerebrales claramente delimitado (contando además, con que las áreas funcionales cambian sensiblemente de un individuo a otro). No obstante, algunos autores sostienen que el proceso se realiza en paralelo sin que sea necesario ese módulo de control. Yo percibo el color, la forma, la profundidad, el significado, el movimiento, etc. por separado. Los distintos sistemas encargados funcionan muy bien sincronizados de modo que la percepción es coherente a pesar de que no exista nadie que se encargue de supervisar esa coherencia. Otros, como el fisiólogo Francisco J. Rubia se apresuran a afirmar:

“[…] el egocentrismo de la cultura occidental, por el que nos consideramos el centro de nuestra vida mental, nos conduce a una conclusión tan falsa como la antigua creencia de que la tierra era el centro del universo. […] El módulo del yo es más bien un intérprete, un observador de lo que otros módulos hacen, un especialista en explicar lo que no controla. En realidad, el yo existe sólo como una ficción conveniente que nos sirve para dar sentido a lo que muchos procesos inconscientes nos obligan a hacer”.

Rubia no sólo nos dice que nuestra teoría de la existencia de un módulo de control es falsa, sino que niega, además, que nuestra consciencia, nuestro yo, tenga la función de dirigir nuestra vida tal y como siempre se ha pensado. La gran mayoría de lo que ocurre en nuestro cuerpo es de naturaleza inconsciente. No nos damos cuenta de prácticamente nada. No controlamos la presión arterial, el ritmo cardiaco, la digestión, el sistema inmunológico y, en general, las millones de interacciones químicas que cada segundo ocurren en nuestro cuerpo. Según algunos cálculos muy optimistas, sólo tenemos constancia del 2% de lo que pasa. Controlamos nuestro movimiento (activamos y desactivamos fibras musculares), la dirección de nuestros ojos (a qué prestamos atención), la búsqueda de alimento y su deposición (mal de aquel que no controla sus esfínteres) y también nuestro lenguaje (y parcialmente: no controlamos completamente la estructura gramatical de lo que decimos ya que sería muy lento tener que ir pensando a cada frase dónde colocar ese objeto directo o ese adverbio). Si comparamos esto con la totalidad de lo que sucede en nuestro cuerpo, es bien poco. Pero, es más, Rubia quita aún más importancia a nuestra consciencia. El “módulo del yo” se encarga fundamentalmente de interpretar los hechos, de darles coherencia y sentido, siendo más una central de noticias, el periódico de nuestro cuerpo, que un director de orquesta. Es lo que puede deducirse de los famosos experimentos de Michael Gazzaniga. Por ejemplo, en el síndrome de Antón, el enfermo pierde la visión aunque es totalmente inconsciente de ello. Cuando el médico le pide que le describa la corbata que lleva, es capaz de dar todo lujo de detalles de formas y colores, aunque el médico no lleve corbata. El “módulo del yo” se encarga de dar sentido a la creencia previa (no estar ciego) a pesar de que no tenga evidencia para justificarla. Nuestro yo es creativo, narrativo, prefiriendo siempre una mentira a quedarse sin explicación alguna de la realidad.

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Este planteamiento es enteramente revolucionario y asesta un nuevo golpe al antropocentrismo que ha dominado la historia del pensamiento humano. Si, desde tiempos pretéritos, se había pensado que nuestro yo tenía un conocimiento más o menos seguro de la realidad y, sobretodo, dirigía con libre albedrío toda nuestra conducta, a partir de Freud y, ya antes que él, muchos autores románticos, se descubrió el inconsciente. Ya no éramos tan dueños de nuestros actos como creíamos. A partir de los descubrimientos actuales, ya no sólo no somos dueños de nuestro actos, sino que no nos damos cuenta de casi nada y, sobre lo que nos damos cuenta, mentimos.

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4 Comentarios

  • Muy buen artículo. Me parece muy acertado ese nuevo vuelco a nuestra interpretación del yo.

    En realidad somos un puñado de sentidos que intentan informar al cerebro, cuya única misión es mantenernos vivos lo suficiente para poder engendrar la próxima generación de la especie.

    La entrada en juego de la consciencia ha hecho que nosotros, unos mamíferos bien diseñados (millones de años de evolución no pueden estar equivocados), nos creamos capaces de superar la naturaleza que llevamos dentro. Y como demuestra la realidad, generación tras generación, es básicamente imposible. Estamos condenados a repetir nuestros errores una y otra vez.

    Si seguimos investigando quizá algún día lleguemos a conocer de verdad de dónde surgen los instintos de individualidad, supervivencia y competición y de esa forma poder modelarlos, de manera que el individuo evolucione y con él la sociedad.

    Y si en el fondo de la investigación descubrimos que no es posible separar la mente de su naturaleza instintiva, pues no pasa nada. Reconocemos nuestra incapacidad de autogestionarnos y desarrollamos una IA lo suficientemente buena para que lo haga por nosotros.

  • Me ha resultado bastante difuso el artículo, teniéndome que saltar algunas de sus partes.
    Me cuesta bastante ver esas ilustraciones sobre frenología y el comentario sobre Freud sin que me salte un chispa en mi mente científica y también cuando leo un crítica al antropocentrismo desde el materialismo que no entiendo muy bien.

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