Los helados perfectos

La vida está llena de primeras veces. Si lo pensamos, muchas de ellas las tenemos presentes al mínimo ejercicio de memoria. Pero no la mayoría, justo ésas que no cambian nuestra vida, pero sí la llenan de significado, de recuerdos que nos asaltarán en el futuro para reír o comparar con experiencias que casi siempre creemos peores, aunque no lo sean. Algunos dejà vu sí que vienen raudos, pero a otros les cuesta más. Hay conexiones en todas partes con personas, canciones, lugares, olores, sensaciones, sabores…

Es curioso comprobar, por ejemplo, cuántas primeras veces nos relata el filósofo y matemático Bertrand Russell en su Autobiografía, un libro para leer de un tirón o para disfrutar junto a otros, en el que grandes acontecimientos y pequeñas anécdotas dibujan con detalle una vida llena de buenos, malos y malísimos momentos, ante los que intenta mantener el tipo, aunque a veces sea extremadamente difícil. Buenas lecciones de sentido común, en cualquier caso. Russell se ha colado en estas líneas porque este Destello de Verano iba, sí, de primeras veces, pero está dedicado realmente a los helados, y no a cualquiera, sino a los primeros que recordamos y, de manera concreta, a aquellos que se vinculan con todas las primeras ocasiones que visitamos una ciudad o estamos con alguien especial. Precisamente, Russell recuerda, casi al borde los 90, cómo a los siete años cogió una inmensa cucharada de helado, convencido de que era una tarta, y la metió en su boca con tal ímpetu que la sorpresa del frío provocó un ataque inconsolable de llanto. ¡Nunca había probado uno!

Bien, pues si sumamos todo aquello de lo que hemos hablado, primeras veces, placeres, helado y viajes, pocas cosas hay comparables a una suma de todo ello: probar por primera vez un helado como los que hacen los reposteros italianos en Roma. Esta sorpresa gastronómica merece un espacio propio, separado de los placeres importados de los que hablábamos hace unos días. Y es que enormes, cremosos, con su punto justo de dulzor…en los helados italianos el tamaño importa, y mucho. A esto le añadimos la posibilidad de elegir y mezclar decenas de propuestas, y eso si es posible detener la mirada, que pasa de sabor a sabor, conectando las imágenes que atraviesan nuestras retinas con las papilas gustativas, a la vez que sufrimos un salivado intenso y un deseo de probarlos todos, como si la vida fuese a acabarse en el siguiente minuto.

En Roma, además, cuenta la experiencia de comérselo, el “dónde”. En una terraza, frente al Coliseo; mientras paseas, sentado en la escalinata de la Plaza de España, como Audrey, o descubriendo rincones propios, como la escalera llena de helechos serpenteantes que hay junto a la Gelateria del Teatro.

Y el “cómo” también puntúa alto. Ese subidón de endorfinas que proporciona conseguir nuestro sabor favorito, justo antes de que se acabe, adelantándonos al cliente norteamericano, japonés o inglés despistado que hace cola en Giolitti, la mejor heladería de Roma -aunque esto siempre se preste a discusión entre tanta oferta-, y que piensa que esa locura que hay frente a él es puro azar y no la única manera de conseguir su helado, con más caradura que orden.

Pero hay que aportar pruebas. Y aquí va una lista de algunos de esos lugares mágicos donde es posible vivir varias primeras veces, tantas como sabores nuevos seamos capaces de descubrir.

Giolitti, Via Ufficci del Vicario, 40. Por sabor, variedad, facilidades -puedes conseguir tu helado de pera desde las 7 de la mañana hasta las 2 de la madrugada- encanto, en un local que arrancó en 1900, y que está muy cerca del Panteón, la mejor.

Gelateria del Teatro, Via de San Simone, 70. Cerca de la Piazza Navona, su puerta escondida bajo enormes helechos y una escalera que invita a sentarse y disfrutar del descubrimiento se suman a sus sabores especiales.

Gelateria Della Palma, Via della Maddalena,20. Sorprende por la manera de decorar cada contenedor de sabores, siempre en estado de revista.

Gelateria Frigidarium, Via del Governo Vecchio, 112. Cerca de la Piazza Navona. Buenísimos, poco más que decir.

Tre Scalini, Piazza Navona, 28, donde presumen de ser los creadores del tartufo de chocolate.

Palazzo del Freddo, Via Principe Eugenio. Aquí también aseguran que son la primera heladería de Italia, de 1880. Sus helados son exquisitos.

Felice vacanze romane!!!!!!

 

*Probarlos todos hubiera imposible sin seguir las indicaciones de mi amiga Valeria Riva, también lectora hyperbólica. Gracias!!!

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