Manolo Preciado, demasiado corazón

Incluso en ese paraíso artificial que es el mundo del fútbol, nada te golpea tan fuerte como la vida. Lo sabía muy bien Manolo Preciado, que escondía bajo una mirada abierta de par en par la tristeza de tres pérdidas consecutivas, las tres prácticamente irreparables. El destino fue deshojando a Manolo Preciado con una crueldad que abruma, arrancándole, primero, el pétalo de su mujer con la garra siempre zafia del cáncer. Después, estiró de la flor el nombre de su hijo Raúl, al que se llevó un accidente de moto. Preciado siguió en pie. “La vida me ha golpeado fuerte. Cuando murieron mi mujer y mi hijo podría haberme pegado un tiro, o mirar al cielo y crecer. Decidí lo segundo”, decía.

Incluso en ese paraíso artificial que es el mundo del fútbol, nada te golpea tan fuerte como la vida. Lo sabía muy bien Manolo Preciado, que escondía bajo una mirada abierta de par en par la tristeza de tres pérdidas consecutivas, las tres prácticamente irreparables. El destino fue deshojando a Manolo Preciado con una crueldad que abruma, arrancándole, primero, el pétalo de su mujer con la garra siempre zafia del cáncer. Después, estiró de la flor el nombre de su hijo Raúl, al que se llevó un accidente de moto. Preciado siguió en pie. “La vida me ha golpeado fuerte. Cuando murieron mi mujer y mi hijo podría haberme pegado un tiro, o mirar al cielo y crecer. Decidí lo segundo”, decía. No le perdonó, la puta vida, que se llevó a su padre en un atropello y que ahora, inclemente, ha decidido partirle el corazón.

Detrás del deje melancólico de su gesto se escondía una sonrisa de verdad, porque todo en Manolo Preciado era cierto. Alejado como estaba del artificio, sólo podía ser zaguero, defensa central para más señas. Un tipo singular que se llevó para casa camisetas de muchos equipos (Racing de Santander, Linares, Mallorca, Alavés, Ourense y Gimnástica de Torrelavega) en los que esculpió una fama de doble filo: su ligereza para hacer penaltis se compensaba con la pureza de su verbo y lo afable de su trato. En ese fútbol que camina del placer al deber, que dice Galeano, Preciado era un tipo de los que merecían la pena.

Ya en el campo disfrutó de la alegría de algún ascenso. En el banquillo fue donde sonrió más veces que nunca. Detrás de sus sonrisas, además, estaban las sonrisas de muchas aficiones. Desde la Gimnástica de Torrelavega, su primer equipo, hasta el Sporting de Gijón, el último, hubo muchas hinchadas que acabaron manteando a Manolo Preciado por los éxitos conseguidos, pero que sobre todo quedaron marcadas por la impronta de un hombre que entendía el fútbol desde un punto de vista particular, propio, intransferible. “El deleite reside en la pelea, incluso antes de la victoria”, decía un tipo que no se cansó nunca de pelear, a pesar de que mientras en el fútbol ganaba, en la vida casi siempre perdía. “Yo no sé jugar a empatar”.

Santanderino, reconoció haber tenido la oportunidad “de entrenar al equipo de mi vida”, un sueño del que le arrancó los desaires de grandeza de ese personaje artificial, en la otra punta del fútbol, que es Dmitry Piterman. “Tuve la mala suerte de que pasó una paloma y se cagó precisamente en mi tejado”, explicó cuando dejó su tierra y a su gente y encontró el cobijo de una tierra cercana, y de una gente que lo sintió aún más cercano: el Sporting de Gijón. Los últimos seis años de su vida, Manolo Preciado cabalgó a lomos de La Mareona en una comunión que no se rompió ni con su cese durante esta última temporada. Sólo hubo agradecimiento por las partes. Con el Sporting abajo, la grada siempre aplaudió a Preciado, siempre confió en él. Pocas veces se recuerda a un presidente llorando en pleno anuncio de una destitución. Cuando Preciado dejó el Sporting en manos del verbo estéril de Clemente, lo hizo con el escudo rojiblanco cosido ya al corazón. “Lamento si hice algo mal, seré de este equipo toda mi vida. Seré Socio del Sporting hasta que me muera”, dijo cuando se marchó, sin saber que la puta vida quería el final tan pronto.

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Franco como pocos, honesto en sus palabras, decía lo que pensaba sin necesidad de pensar dos veces lo que decía. Sólo así uno conserva la pureza que un universo como el del fútbol suele limar. Acelerado, siempre acelerado en el banquillo, fue un apasionado defensor de su causa. Llegaba a la sala de prensa agotado, afónico, después de dejarse el alma noventa minutos en la banda. Verle celebrar un gol importante era, irremediablemente, convertirse en aficionado por unos instantes del equipo donde Preciado entrenaba. Lo hacía, además, con una foto de su mujer en el bolsillo, que sacaba religiosamente antes de cada partido y la besaba con devoción. Casado de nuevo con Arancha, un nuevo faro para la guía de su vida, tenía dos batallas pendientes con el capellán del Sporting de Gijón. “A ver si te caso un día como Dios manda”, le decía Fernando Fuello, en una plegaria sin respuesta. La otra pelea el religioso la tenía perdida de antemano. “No hables mal, Manolín”, reprendía. “Lo sé, padre, no puedo evitarlo”.

Preciado era un tipo auténtico. Su Sporting era “un equipo barato pero con los huevos como el caballo del Espartero”. A él, que llevaba tanto tiempo en el fútbol que “me han salido ya pelos en los huevos”, nada le dolía más que el desprecio de un compañero. Lo hizo un día Mourinho, de quien dijo que “si lo que ha dicho, lo ha dicho en serio, es un canalla y un mal compañero”, cuando el portugués dejó entrever que el Sporting había regalado en el Nou Camp un partido en el que perdió por inspiración de otro asturiano, David Villa. Un conato de batalla apaciguado a final del curso, con una visita amistosa del santanderino a Valdebebas, y un abrazo sincero con el técnico portugués. “Él tenía todo aquello que me gusta de las personas y de los deportistas: carácter, transparencia y valor para luchar contra los golpes, que fueron cruelmente duros en su caso”, ha escrito el portugués tras conocer que a Manolo “se le ha partido la vida en mil pedazos”.

Ilusionado como estaba con su nuevo reto, Preciado aguardaba en Valencia su presentación como nuevo entrenador del Villarreal. No había llegado aún al equipo, y la grada ya le quería. Allí, lejos de su casa y de su tierra, pero a punto de colonizar un nuevo lugar, la muerte le estaba esperando. A él, que había mirado a los ojos a la vida y había decidido pelear, no le perdonó la parca el desplante de su entereza para seguir mirando al frente a pesar de que cada vez tenía más gente en el cielo. A él, en mitad de la noche, se le abrió en dos el corazón. “La gente no te engaña cuando la miras a los ojos o te da un abrazo llorando. Hay sentimientos que no se pueden fingir”, decía Preciado, que hoy abraza en el cielo a su padre, a su mujer y a su hijo Raúl, mientras en la tierra, el mundo del fútbol se mira a los ojos llorando. Un tipo auténtico, con el pecho enorme, al que se le partió el alma. Manolo Preciado. Demasiado corazón.

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