Placeres importados

Eliminar los “debería” de nuestras frases y borrar todo aquello que nos contiene durante el año serían dos buenos objetivos para escribir en rojo, encabezando nuestra lista de buenos propósitos para las vacaciones. También estaría bien poder darnos la vuelta, como si fuésemos una camiseta, y mostrar nuestras costuras durante unas semanas, volver a mirar las cosas y las personas que nos gustan como si acabásemos de descubrirlas y comprobar otra vez por qué nos proporciona placer su cercanía. A lo mejor algunas fallan -cosas, no personas, confiamos- y las podemos sacar de nuestra mochila de placeres. Fantástico: un hueco para otros nuevos. Sin embargo, las vacaciones y los viajes significan para muchos desplazarse junto a su rutina vayan donde vayan. Hay quien se lleva, incluso, su almohada o sus cereales favoritos, o prefiere acabar en un McDonalds en lugar de aventurarse en los restaurantes de cada rincón que visita.

En mi caso, me reconozco importadora nata. Prefiero marcharme con mi maleta mental vacía y buscar detalles que incorporar a mi vida en todos los lugares que visito.  Precisamente, del último viaje la he traído repleta de ellos. El primero lo tengo aquí al lado, mientras escribo:  agua helada con rodajas de naranja. En el hotel de Roma, del que acabo de llegar, recibían a los huéspedes acalorados con una jarra preciosa de agua muy fría, rebosante de rodajas de naranja, lo que me permitía despedirme del calor mientras mi olfato y paladar daban la bienvenida a una cascada reconstituyente y cítrica. No pregunté si era una costumbre típica, pero me gusta imaginar que es lo que bebían los romanos después de una dura jornada de discusiones en el Senado. Por ejemplo.

Me encanta robarles costumbres placenteras a las nuevas ciudades que conozco. De Roma ya había traído otras cosas en mis visitas anteriores, como las bruschettas, rodajas de pan crujiente con tomate más roto que cortado, regado de aceite de oliva, sal y albahaca. Impresionantes. También me acompañan ahora dos barras de labios de colores intensos como las que llevaban las bellísimas romanas. Especialmente aquellas cuya juventud triunfó en los 40 y 50 y que ahora atraen mi mirada mucho más, seguro, que lo habrían hecho entonces. Me encanta su porte, sus labios rojo absoluto, sus vestidos de corte impecable en tonos llamativos, las sandalias y bolsos que me cuentan tantas cosas de sus dueñas…Pelean con toda su energía contra el paso de los días. Y aparentemente ganan. Y, si no lo hacen, desde luego, su presencia mejora el entorno y a sí mismas,del mismo modo que las antiquísimas fachadas de Roma son aún más bellas y desafían a los siglos cuando, desde sus balcones y terrazas, estalla la intensidad del fucsia de las buganvillas…Precisamente, de Málaga traje a mi casa varias de estas plantas hace unos años. Necesitaba rodearme de esa energía que entra directa a través de la retina. Pero no soportaron el clima del centro de Castilla, tan poco hospitalario. Y también traje de esas playas la alegría de cocinarse unas coquinas en cinco minutos y devorarlas en uno…

De Estocolmo, las sardinas arenques que te permiten seguir saboreando la sal en los labios mucho tiempo después de terminar de comerlas. Y la importancia de tener cuadernos bonitos. Allí todo el mundo lleva uno bajo el brazo y me provocaba una curiosidad inmensa saber qué apuntarían cada uno de aquellos suecos en ellos. Siempre me ha gustado imaginarme la vida de los demás a partir de cuatro detalles.

De Barcelona, aparte de todo lo que me inspira pasear por sus aceras, adopté la costumbre de llevar siempre a mano un pañuelo grande y colorido para proteger la garganta de los cambios de temperatura extremos. Los que van del día a la noche y, mucho más agresivos, aquellos que provocan los aires acondicionados. Alegría y practicidad. No hay hombre ni mujer estilosos que no lo lleven en el cuello o asomando del bolso. Fijaos cuando vayáis.

De Buenos Aires importé el dulce de leche, una tentación que acaba con los días rojos en segundos, pero de la que es un delito abusar…

Me doy cuenta de que en mi día a día hay muchas costumbres placenteras que hablan del lugar del que llegaron hasta aquí. Su ventaja neta es que nunca se acaban de incorporar a la rutina y crean una miríada de conexiones con buenos recuerdos en segundos. Al fin y al cabo, también estamos hechos de todo aquello que disfrutamos. Felices placeres importados.

 

 

*Las imágenes sobre distintos placeres que acompañan este texto son del fotógrafo francés Robert Doisneau

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