Urtain, derrota en el combate de la vida

España miraba al cielo aquel mes de julio de 1992. Concretamente, al cielo de Barcelona, por el que volaba la flecha lanzada por Antonio Rebollo desde el centro del estadio olímpico, camino del pebetero que anunciaba el inicio de los que fueron llamados los mejores Juegos Olímpicos de la historia moderna. Aquello sucedió en la noche del 25 de julio. Cuatro días antes, el protagonista fue el azul de Madrid. El 21 de julio de 1992, un cuerpo volaba cielo abajo el madrileño verano en el barrio del Pilar.

Urtain, en su mejor momentoEspaña miraba al cielo aquel mes de julio de 1992. Concretamente, al cielo de Barcelona, por el que volaba la flecha lanzada por Antonio Rebollo desde el centro del estadio olímpico, camino del pebetero que anunciaba el inicio de los que fueron llamados los mejores Juegos Olímpicos de la historia moderna. Aquello sucedió en la noche del 25 de julio. Cuatro días antes, el protagonista fue el azul de Madrid. El 21 de julio de 1992, un cuerpo volaba cielo abajo durante el madrileño verano en el barrio del Pilar. La caída, desde un décimo piso, atrajo la atención de transeúntes y del propio portero de la finca, el primero en llegar al cuerpo que acababa de impactar en la acera. Un cuerpo conocido no sólo para él, que trabajaba día a día en aquel inmueble, sino también para toda España. José Manuel Urtain se acababa de quitar la vida.

José Manuel Ibar Azpiazu había nacido cuarenta y nueve años antes en Aizarnazábal, en la provincia de Guipúzcoa, y vivió toda su infancia en el caserío de Urtain, que finalmente daría nombre a la leyenda pugilística del Tigre de Cestona. Como casi todas las historias con un final trágico, el inicio es de todo menos esperanzador. Abandonó muy pronto el colegio de los Jesuitas en Tudela para volver a Cestona, y su vida se volvió una cuestión física desde muy pronto. Acostumbrado a trabajar en la fragua, José Manuel se labró un nombre a partir de una potencia inusual como aizkolari, pero sobre todo en el levantamiento de piedras. Urtain llegó a levantar bloques de 250 kilos como harri-jasotze, y reventó el récord con la piedra de 100 kilos, que levantó y dejó en el suelo hasta 192 veces.

La potencia de Urtain era una cuestión familiar. Su padre también tenía fama de hombre fuerte, y a medida que el nombre de su hijo iba adquiriendo protagonismo, los celos del progenitor también iban en aumento. Algunas veces, Urtain estuvo obligado a entender que no debía ganarse la vida con su físico, sino con su trabajo, algo que su padre le enseñaba por medio de la aplastante didáctica del cinturón. Fue precisamente esa batalla que surgió entre la fuerza del padre y la potencia del hijo la que acabó por desencadenar uno de los episodios más dramáticos de la vida del boxeador, un episodio que la familia nunca ha aclarado, pero que tampoco ha llegado a desmentir.

Da una idea de la magnitud del incidente la puesta en escena que de él realizó Animalario, cuando llevó a las tablas la vida del Tigre de Cestona. Aclarada mediante golpes de cinto con su hijo la cuestión en lo relativo a las exhibiciones de fuerza, el padre de Urtain no se resignó a lo que en la taberna contaban de su hijo. Le habían saltado quince veces sobre el pecho, y ni se había inmutado. Él era más fuerte, que para eso era el padre. Uno a uno, los parroquianos se subieron a una silla y saltaron al pecho del hombre tendido en el suelo. A los diez saltos, tosía. A los doce, se ahogaba. Cuando llegaron a dieciséis, el hombre tendido en el suelo ya no respiraba. Estaba muerto.

Urtain, visto por Animalario

El episodio, si bien nunca ha sido contrastado del todo, corrió como la pólvora junto a la imagen de Urtain. Lo que sí está contrastado es su palmarés. Después de que convencieran al Tigre de Cestona de que aquellos puños, controlados, aquella potencia, bien dirigida, podrían ser pura magia en las dieciséis cuerdas, Urtain decidió subirse al ring para labrarse una historia como boxeador. José Lizarazu, propietario entonces del hotel Orly en San Sebastián, empezó a encaminar al vasco hacia el cuadrilátero. Al equipo se sumó Miguel Almanzor y Urtain se subió al ring el 24 de julio de 1968, en el campo de fútbol de Ordizia. Su rival, el santanderino Johny Rodri, tardó diecisiete segundos en entrar en la habitación del sueño. Con Rodri en la lona, Urtain empezaba una meteórica carrera en la que sumó veintisiete victorias consecutivas por KO, puestas en duda en muchos casos por la entidad de los rivales.

Como para apartar de un puñetazo las dudas que sobre sus cualidades como boxeador se cernían, Urtain peleó en 1970 por el Campeonato de Europa de los pesos pesados en el Palacio de los Deportes de Madrid. La grada, al grito de ‘Urtain, Urtain’, llevó al Tigre de Cestona en volandas, y el alemán Peter Weiland soportó seis asaltos en pie. Al séptimo, José Manuel Ibar Azpiazu era el nuevo campeón continental de los pesados.

En las historias trágicas, sin embargo, la gloria dura poco. A Urtain, al que hasta entonces no le pegaban los rivales, le pegó la vida. El boxeo le separaba de la familia, de Cecilia, su mujer, y de sus dos hijos. En septiembre de 1970, Urtain puso en juego el título recién conseguido en Wembley, y se vino de vacío y con la cara hecha un poema, los ojos pura pulpa, después de dejarse en título ante Henry Cooper.

Desde aquel momento, y hasta el final de su carrera deportiva, Urtain recuperó el título continental una vez (ante el británico Jack Bodell), pero lo perdió poniendo fin a su carrera en Madrid, donde empezó su gloria, ante el alemán Jurgen Blin. Su tercer pelea por recuperar el título, en Amberes, nunca terminó, y Urtain puso punto final a su historia con los cuadriláteros.

“Nadie me ha pegado más fuerte que el alemán, Jurgen Blin; ése sí que hacía daño, joder”, decía Urtain a todo el que quería escuchar su historia. Pero lo cierto es que los golpes más duros estaban por venir. Porque nadie golpea más duro que la vida. Separado de Cecilia y casado con María Luisa, Urtain apuraba sus días en Madrid, como propietario de un bar, y en la eterna persecución de la foto que se hizo con Franco, cuando el sátrapa aprovechaba a los iconos para henchirse de gloria.

Aquellos puños de acero, esculpidos por la piedra, envolvían un corazón de oro del que muchos se aprovecharon. La bolsa del combate de Wembley, en el que perdió el título por primera vez, voló; también sus ahorros se marcharon por el sumidero del fracaso, empujados en muchas ocasiones por amigos que se aprovechaban de su bondad. A Urtain le quedaba un amigo de verdad, Pedro Carrasco, y un montón de acreedores que le perseguían cuando saltó del décimo piso de la calle Arturo Soria. Allí, en la acera, se dejó la vida uno de los grandes, también uno de los más cuestionados, un campeón que para muchos no era creíble. Cuatro días después, Barcelona coloreó el cielo con los aros olímpicos y el aire de julio barrió las cenizas con las que se escribieron los titulares sobre la muerte de Urtain. El deporte, eterno desmemoriado.

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