Venecia, el más hermoso escenario urbano del planeta

Llego desde Milán a la Stazione Santa Lucía de Venecia. La santa patrona de la vista y, según algunos, también de los fotógrafos, nos bendice con un sol radiante. Vuelvo a redescubrir el más hermoso escenario urbano del planeta, el lugar donde cualquiera con una cámara es un artista.

Llego desde Milán a la Stazione Santa Lucía de Venecia. La santa patrona de la vista y, según algunos, también de los fotógrafos, nos bendice con un sol radiante. Vuelvo a redescubrir el más hermoso escenario urbano del planeta, el lugar donde cualquiera con una cámara es un artista.

El sábado es el mejor día del carnaval, las máscaras salen como sombras furtivas, vienen desde los barrios exteriores, callejean para  llegar a la gran cita de San Marcos. Se las puede encontrar fantasmagóricas y majestuosas al girar en una esquina. Silenciosas, no se sabe de dónde salen ni adónde miran, creando una atmósfera particular y misteriosa. Atemporales, sí, pero en ocasiones, a través del antifaz, se perciben las huellas del tiempo bordeando los ojos.

A veces, se plantan inmóviles como esfinges desafiantes montando la guardia ante una iglesia, un puente o una balaustrada, como un animal bizantino. Algunas contrastan en su austeridad clásica con el lujo oriental de otras congéneres más barrocas bañadas de oro, envueltas en tules y damasquinas. Pero en todas hay cierta melancolía, un triste ensimismamiento venido de la tersura fría de sus rostros.

El paisaje comienza a cambiar a medida que me aproximo a ese gran imán que es el  Campanile. Las calles se vuelven intransitables, un río humano cada vez mas espeso y corpóreo inunda la ciudad. Empieza una marea de turistas más molesta que “l’aqua alta”. Las máscaras cuelgan de todas partes, colonizan vitrinas, puestos callejeros, saturan el espacio y, a la altura del Rialto, comienzan a fatigar.  Algunos establecimientos escriben con orgullo que venden “only made in Italy”, tal vez para justificar un precio que duplica a las “made in China”.

Una muchedumbre  multicolor venida de todas partes se agita con sus cámaras. Unos con equipos profesionales, otros con la cámara digital de bolsillo y, los más puristas, sólo con su retina, pensando tal vez que no hay tarjeta de memoria que pueda albergar tantas imágenes.

Turistas y máscaras se entienden bien. Están hechos el uno para el otro. Las máscaras posan gustosas ante los objetivos, invitan al turista a ponerse a su lado para que el amigo haga la foto, y así pasan todo el día, con una displicencia y amabilidad aristocráticas. Las hay para todas las fantasías: románticas, vaporosas, del Cinquecento, de Casanova; los especialistas distinguen tipos diferentes, la Bautta, la Moretta, la Comedia dell’Arte. Y, por la noche, desaparecen y se dice que van a los bailes de los palacios, donde los turistas no entran, para festejar a don Carnaval con juegos prohibidos.

A la mañana siguiente lloviznea, Santa Lucía no ilumina. Es una pena. Venecia vira al verde plomo, pero, aún así, la Riva degli Schiavoni es espectacular y, sobre ella, turistas y las máscaras continúan su peculiar coreografía.

El periódico habla del caos generado en los transportes debido a los cien mil turistas que habían invadido la ciudad el fin de semana. Venecia es el mayor espectáculo del mundo.

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