El discreto encanto de las cerezas

Para las lágrimas siempre hay motivos o es fácil inventarlos, porque a menudo no es posible vivir sin que pase nada malo o al menos sin dejar de imaginarlo anticipadamente. En eso la mayoría de los humanos tenemos una capacidad prodigiosa para imaginar percances y sobre todo para que operen emocionalmente y ocupen nuestras vidas. Lo difícil es saber tomar el sol sintiendo solo la caricia exacta del calor en la piel; ser joven sin devorar un tiempo que ya no volverá de esa forma tan esplendente; disfrutar hoy mismo de un cuerpo que ya puede estar amenazado pero que apenas notamos y nos es todavía fiel.  La alegría espontánea de las mañanas es un lujo involuntario que solo algunos privilegiados disfrutan y que,quizá por ello, no siempre valoran y les parece lo mas natural del mundo, cuando probablemente no lo es…

Aunque también hay otro tipo de felicidad que nace del tesoro que se puede coleccionar con las cosas amables y bellas o especiales de la vida. Epicuro decía que había que llenar la memoria de momentos agradables para que sirvieran de alivio en los que vinieran malos. Para eso hay que hacer un esfuerzo y componer una mirada, porque la memoria es más sensible a la desgracia que a la dicha. Se precisa el mismo tacto que para elegir la buena fruta: hay que tener paciencia, hay que ser rápido, hay que tener sensibilidad al color sin dejarse fascinar por la superficie de la piel. La risa siempre es frágil. Sobre todo porque si persiste en exceso se convierte en un rictus muy parecido a una mascara.  Por eso las cerezas solo sonríen y por eso son tan apetitosas todos los veranos.

 

*La imagen es de Guillermo González Granda.

 
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