Hoy todos somos Pussy Riot

Recuerdo una película que vi hace muchos años, de esas que olvidamos el nombre pero no las sensaciones que deja, ni la nitidez de algunas de las secuencias. Unos adolescentes de un país del este, antes de la caída del muro, se dejan crecer el pelo y oyen sin parar a los Beatles, no solo como un gesto de rebeldía, sino como un gesto de vitalidad espontáneo  frente al anquilosamiento que los rodeaba. Mirar su pelo en el espejo y escuchar juntos Let it be era soñar que podían ser otros y escapar a otro sitio más amable donde hasta el amor podía ser más dulce  o quizá con más posibilidades y una estética más estimulante. Pero terminan siendo descubiertos por la policía, que les obliga a cortarse el pelo y a romper los discos, lo que viven como si les cortaran las alas a su libertad o a sus sueños.

También recuerdo otra película en que la música se convierte en símbolo de libertad y revela otro brutal totalitarismo: Rebeldes del swing, dirigida en 1993 por Thomas Carter. En ella se descubre cómo un sombrero hongo, un abrigo ancho, un paraguas negro, un pelo largo y la pasión por la musica de Benny Goodman o Duke Ellington termina siendo una profunda defensa de la libertad individual en plena época nazi. Y una forma de jugarse la vida por lo que importa frente a otros que decidieron seguir al rebaño sangriento y luego, pasado el tiempo, quizá intentaron negarlo con justificaciones mas o menos obscenas.

Hoy leo en el periódico el juicio que se celebra en Rusia contra el grupo punk Pussy Riot, formado por tres chicas que llevan en prisión preventiva desde marzo y que pueden ser condenadas a tres años de cárcel por haber cantado en una iglesia ortodoxa de San Petesburgo un rezo punk (madre de dios) en el que,entre otras cosas, pedían a la virgen que expulsara a Putin del Kremlin. Según han declarado, su propósito era denunciar el apoyo del patriarca Cirilo a Putin, en las ultimas elecciones, del que dijo que había hecho una gestión política celestial. Algo que para el fiscal supone el peligroso delito de instigar al odio religioso.

Miro las fotos, los vídeos de las chicas. Una de ellas es un sol de determinación y belleza, con su melena corta, un pañuelo de colores de diadema y la fragilidad de un cuerpo muy delgado bajo la blusa, al lado de la guardia que le agarra la muñeca. Se vislumbran dos mundos, dos perfiles de mujer que definen dos formas de querer vivir. Dos elecciones que implican el abismo, también estético, entre la tentación totalitaria y la libertad. Contemplo  el vídeo de The Guardian donde se observa lo que hicieron en la iglesia con sus vestidos y sus máscaras multicolores, algo que parece una travesura infantil o un juego encantador que, sin embargo, desvela la perversidad esencial de la alianza entre viejos y nuevos poderes totalitarios, los mismos que asolan Rusia desde siempre. Lo que me termina llevando a otra película, Quemados por el sol de Niquita Mikhalkov, desde la que puede pensarse sobre el frágil destino de la libertad y en la desgracia de algunos pueblos, como el ruso, que parecen condenados a no contemplar nunca sus ojos. Aunque hoy el símbolo de la libertad son unas chicas rusas. Hoy todos somos Pussy Riot.

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