En la adolescencia todo esta lleno de cargas muy pesadas, de juegos muy peligrosos y levantarse por la mañana, para ir al instituto, puede ser un gesto tan arriesgado como decidir ir a una guerra o exponerse a un viaje lleno de peligros.
Detrás de ese chico rubio de apariencia frágil o de esa chica delgada de los ojos oscuros, que toman el sol sujetando sus carpetas o fumando un cigarrillo, pueden habitar seres muy atormentados que basculan entre la desesperación y la esperanza. Él puede aparentar valentía precisamente porque se siente un cobarde y ella amor por un chico malo precisamente porque lo añora o porque solo quiere sentirse atractiva. Lo que falta, muy a menudo, determina las apariencias y las conductas, aunque esto no siempre es así y quizá todo sea mucho más complicado. Pero volver a ver “Rebelde sin causa”, seguir los avatares de Jim (James Dean), de Judy (Natalie Wood) y de “Platón” (Sal Minneo), en ese Technicolor que hace la realidad tan neta y tan irreal a la vez, produce la sensación de poder volver a moldear algunas cosas esenciales del pasado. Y así tener la oportunidad de mirar algunos ojos o paisajes que estaban ahí y no vimos; de decir algunas palabras que callamos; de mantener algunas posturas de las que huimos hacia atrás o hacia delante; de desconfiar de algunas emociones desde las que todos resultaba tan claro o tan oscuro; de rebelarnos justo con lo que nos impedía crecer, lo que podríamos hacer esta mañana, con una cazadora roja o una cinta en el pelo, como cualquier inicio del verano.
