The modern life

París, 8.30 AM. Un hombre con una maleta en la mano y yo nos miramos sobre el andén. El tercer RER A se detiene bruscamente delante de nosotros y un aluvión de gente nerviosa lucha por encontrar su camino hacia el borde de la plataforma. Un hombre con chaleco fluorescente da un paso y nos empuja hacia atrás. Parece un guardia de seguridad y nos impide entrar a ese tren.

Paris, 8.30 AM. We glanced at each other. Me and a man with a suitcase in his hand. The third RER A already rushed off in front of us or better said, in front of us and a bunch of other nervous people fighting their way towards the edge of the platform. A man in fluorescent jacket stepped at the very edge and pushed us backwards. Sort of a security guard. The fourth train RER A comes. People inside are squeezed like chickens in a poultry farm. Only a few of them get off the train and the whole crowd outside tries to enter. Most of us stay outside of course. The facial expressions vary from quite indifferent, sleepy, to nervous or even desperate. Some stubborn business man in a suit does not seem to mind the indescribably dense mass of people in the train and sticks himself to it. The doors are closing and everybody looks with the mild interest at the businessman who is trying to join the passengers inside. After the thrilling few seconds the RER A worker manages to push the business man inside and the door closes, the train takes off. The excitement fades off of the faces. When the fifth RER A arrives I somehow enter and join the crowd of passengers. I cannot believe the number of people around me. And an incredible silence which accompanies our morning journey. Almost everybody is wearing headphones. Their eyes are staring into the screens of smart phones, iPads or computers. Or they are directed simply somewhere where they do not cross with the looks of fellow passengers. There is almost no communication except for the occasional “Pardon!” that accompanies the bumps between the passengers. In the metro one does not exist, nobody exists there. It is a black hole which spits you out in the other part of the city.

Finally we arrive. La Défense. Everybody rushes out. The river of people scatters itself at the exit of the metro station. Businessmen and women hurry to their offices. From about twelve o’clock to 2 PM everybody comes back out of the modern buildings that impress the tourists visiting Paris. They come out to have a quick lunch that they buy in the shopping center. From 5 PM on, everybody takes the metro again for about an hour to return home.

“See, I work eight hours per day and then I come home and spend at least four hours on Facebook,” told me an employee of some institute at La Defense. He is just too tired to get out of his appartement once he gets home from work. He socializes by social networks. Is he happy? “Ah well, a job is a job. C’est la vie.”

In this tense atmosphere it is very important for people to have a positive way of thinking about their lives. “Joie de vivre” is not self-evident. It has to be fought for. And this modern type of slavery that sticks our eyes to the screens and our minds to our job and reputation does not leave us much space and time for questions. Questions about life or about us. Or about our satisfaction with life. But as said before, there is no time for all this, there is a metro to catch.

 

 

 

París, 8.30 AM. Un hombre con una maleta en la mano y yo nos miramos sobre el andén. El tercer RER A se detiene bruscamente delante de nosotros y un aluvión de gente nerviosa lucha por encontrar su camino hacia el borde de la plataforma. Un hombre con chaleco fluorescente da un paso y nos empuja hacia atrás. Parece un guardia de seguridad y nos impide entrar a ese tren.

El cuarto tren RER A se acerca enseguida. La gente en el interior se aprieta como pollos en una granja. Sólo unos pocos se bajan del tren y toda la multitud que se encuentra fuera, que nos encontramos fuera, intentamos entrar. La mayoría de nosotros, por supuesto. Las expresiones faciales varían desde la indiferencia al sueño, los nervios e, incluso, la desesperación. Un hombre de negocios obstinado, que no piensa como la masa, indescriptible y densa, que forman las personas en el tren, intenta entrar en él cuando parece que no queda sitio. Las puertas se están cerrando y todo el mundo muestra un leve expectación por la situación. Después de unos pocos segundos emocionantes, los trabajadores de la RER A se las arreglan para empujar al interior del vagón al hombre de negocios y la puerta se cierra. El tren se va. El entusiasmo se desvanece en las caras.

Cuando el quinto RER A llega, al fin conseguimos entrar y nos unimos a la multitud de pasajeros que llena el vagón. No puedo creer la cantidad de gente que me rodea. Y, sin embargo, un increíble silencio acompaña nuestro viaje por la mañana. Casi todo el mundo usa auriculares. Los ojos miran a las pantallas de los teléfonos inteligentes, iPads o computadoras. O se pierden simplemente hacia un lugar donde no se cruzan con las miradas de los demás. Casi no hay comunicación, excepto para el ocasional “¡Perdón!” que acompaña a los empujones. Una en el metro no existe, nadie existe allí. Es como un agujero negro que escupe a la gente en otra parte de la ciudad.

Finalmente llegamos a La Défense. Todo el mundo sale corriendo. El río de gente se dispersa rápidamente en la salida de la estación de metro. Los hombres y mujeres de negocios se apresuran para llegar a tiempo a sus oficinas, donde se encerrarán hasta las dos de la tarde, el momento en el que todos volverán a salir de esos edificios tan modernos que impresionan a los turistas que visitan París. Salen como escupidos de ellos para buscar una comida rápida que compran en el cercano centro comercial. Luego, a las 5 de la tarde, todo el mundo tomará de nuevo el metro, quizá durante una hora, para regresar a casa.

“Mira, yo trabajo ocho horas al día y luego llego a casa y paso por lo menos cuatro en Facebook”, me cuenta un empleado de una empresa de La Défense. Dice estar demasiado cansado para salir una vez que llega a casa después del trabajo. Habla con sus amigos a través de redes sociales. ¿Está contento?: “Ah, bueno, un trabajo es un trabajo. C’est la vie”.

En este ambiente de tensión sería muy importante que las personas pudieran disfrutar sus vidas. Que tuvieran “alegría de vivir”. Pero eso es algo que no es fácil conseguir. Hay que conquistarla. Y este tipo de esclavitud moderna, que pega los ojos a las pantallas y nuestras mentes al trabajo, no nos deja mucho tiempo para preguntas. Para preguntas esenciales sobre la vida, sobre nosotros. Pero no hay tiempo para eso, hay un metro de atrapar…

 

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