El Jardín de las Delicias en Chicago

Z&H Market

1323 East 57th Street

Chicago, IL 60637

 Al sur de la descomunal Chicago tiene su sitio la Universidad. La University of Chicago acredita haberle dado un laboratorio a Robert Oppenheimer, haber criado a los Chicago Boys y haber producido una contribución especialmente provechosa a la Teoría de la Comunicación. Esta fama tan desigual cabe en un campus verde lleno de neogótico, con una casa de Frank Lloyd Wright y una biblioteca de Mies van der Rohe, cuya vocación de ventanal, luminosa y abierta, simboliza la de la institución. La construcción blanca y recta no desentona en medio de callejuelas dibujadas por árboles y edificios de piedra; sí, es de genio americano colocar a un minimalista en medio de una réplica a Oxbridge. Todo es universidad. Todo lo que es bueno es bienvenido en el tranquilo vergel de la Academia, el Jardín de las Delicias con librerías de segunda mano incorporadas. Z&H Café es una de las delicias.

    El local es largo y estrecho. Hay un mostrador a la entrada, donde dos estudiantes sonríen con naturalidad, sin el esforzado entusiasmo de la cajera del súper: esto no es América o, por lo menos, esto no es sólo América. Esto es la Universidad, estamos en la punta del movimiento intelectual global en física, economía o las escurridizas letras. Aquí no hace falta convencer al cliente de que somos amigos suyos: somos estudiantes, tenemos otras cosas mejores que hacer y si le reconfortamos, que sea de verdad. Esto lo fui pensando después, sentada con mi wrap de ensalada, que por cierto, incluía ingredientes exóticos ingeniosamente combinados. La inteligencia es una constante en Z&H Café. De color crema y con detalles rojos, hay pocos adornos y, sin embargo, es muy cálido. Venden carne, pescado, fruta y verdura. No hace falta letrero para saber que todo eso es fresco: lo natural de la materia prima salta a la vista, como saltan a la vista del entendimiento común las verdades más profundas. En medio del local hay una mesa corrida. Unos se sientan solos, absortos en sus pensamientos, y parecen  moverse muy lentamente para no estorbar su ebullición mental; otros van de dos en dos y charlan con animación. Entre el neogótico y su reminiscencia inglesa, entre la displicente creatividad de Lloyd Wright y la enormidad minimalista de Mies, Z&H es un entorno sencillo, y por sencillo, bello, y por bello, tranquilo.

Y digo tranquilo en el sentido material. Al contrario de lo que sucede al otro lado de Hyde Park, no hay tiroteos los fines de semana. La University of Chicago linda con Garfield, un barrio afroamericano donde rige la ley de la calle, o la ley de los dueños de la calle. La rabia en  Garfield se enciende al saberse tan cerca de una institución que es al mismo tiempo símbolo de progreso y centro de poder. Garfield es la otra cara de la moneda y se encuentra al cruzar la calle: muy educativo para nuestros estudiantes en Chicago, y muy provocador para un joven negro que no haya acabado la secundaria. En Garfield, la precariedad de lo material – el trabajo, la vida – es la barrera más sólida que lo separa de la Academia. Hasta qué punto necesita la Universidad de ese diferencial es una cuestión punzante, una cuestión sobre la que se reflexiona mucho mejor desde este lado de Hyde Park.

En Z&H lo saben bien. Un marxista más acendrado que yo subrayaría cómo el primum vivere, deinde filosofare es fagocitado por el aparato institucional estadounidense y cristalizado en este pequeño negocio de 57th Street. Las estanterías están llenas de pasta italiana, de crema de castañas polaca, hay incluso conservas Del Norte, satisfaciendo cualquier capricho alimentario o sentimental que el estudiante absorto pudiera tener. Y es que no sólo es necesario tener tranquilidad material para poder pensar, sino que pensar da hambre y da frío. El esfuerzo se exige para descartar pensamientos inútiles y para tirar del hilo de los útiles, y también para ver y a aceptar la verdad cuando llega. La verdad es exigente y sólo tenemos dos ojos para verla. La verdad puede ser decepcionante o dolorosa, y nos enfrentamos a ella en soledad, y es terrible por las dos cosas, porque estamos solos y porque no estamos preparados para afrontarla. Y no importa lo que la verdad signifique para nosotros, lo que hayamos dejado atrás o lo que implique en un futuro: el conocimiento brilla con impavidez de esfinge, con algo más que apariencia de eternidad. Igual que el atleta tras la carrera, el investigador cae al suelo, agotado. Pocas cosas mejores que la comida de mamá pueden encontrarse al llegar a la meta; tal vez, el cuerpo amado. Esto es, un lugar seguro, un hogar: lo que el estudiante extranjero ha dejado a kilómetros y de lo que se les ha desposeído a los jóvenes de Garfield.

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