Somos todo lo que leemos

Todos podemos redescubrirnos a través de los libros que tenemos en nuestra estantería. O en nuestro kindle. Recordar quiénes éramos antes y después de leer muchos de ellos. Si hacemos un esfuerzo, tal vez recuperaríamos, incluso, el orden en el que hemos recorrido sus páginas. Y, si vamos más allá y decidimos abrir alguno, al azar, podríamos encontrar pistas más precisas de cómo hemos llegado hasta aquí, a escribir este texto, mientras analizamos por qué subrayamos un párrafo en un determinado momento, o valoramos otros que nos pasaron desapercibidos.

Algunos nos hemos convertido en coleccionistas de frases, párrafos completos, inicios o finales que nos parecen afortunados, por lo que nuestros libros acaban por mostrarse como mapas que nos delatan y marcan el itinerario recorrido para lograr mirar el mundo como lo hacemos hoy. Y es que cada libro nos cambia un poco, modifica en algún punto nuestra relación con lo que nos rodea. Una buena lectura puede hacernos descubrir lugares en el interior de nosotros mismos que nunca hubiésemos pensado que estaban ahí. Justo como nos ayuda la sonoridad sensual de párrafos como éste de Guy de Maupassant, uno de los creadores mejor dotados para la descripción. Es posible leer y releer este trozo de “La abuela Sauvage”, un cuento escrito en 1884, encontrando cada vez nuevos matices, conexiones distintas con nuestros propios recuerdos. Y eso es, entre otras cosas, la literatura, una manera de redescubrir el mundo, nuestro pasado o nuestro presente, a través de los ojos de un escritor, de sumar nuevas capas que, al final, se quedan en nuestra realidad, enriqueciéndola.

“Hay en el mundo deliciosos rincones que tienen para los ojos un encanto sensual. Los amamos con un amor físico. Quienes sentimos la seducción del campo conservamos tiernos recuerdos de ciertos manantiales, ciertos bosques, ciertas albuferas, ciertas colinas, vistos a menudo y que nos han enternecido a la manera de felices acontecimientos. A veces, incluso, la mente regresa hacia un rincón del bosque, o un trozo de ribera o un vergel salpicado de flores, divisados una sola vez, en un día gozoso, y que han quedado en nuestro corazón como esas imágenes femeninas encontradas en la calle, una mañana de primavera, con trajes claros y transparentes, y que nos dejan en el alma y en la carne un deseo insatisfecho, inolvidable, la sensación de haber rozado la felicidad”.

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