‘Amour’, de Haneke

¿Qué piensa Emmanuele Riva en esa espléndida fotografía de su juventud? ¿ Qué busca con esa mirada de diosa, qué recuerda, a quién espera o a quién ha dejado de esperar?  Hay altivez en el porte pero sus manos parecen añorar  otras manos y acusan soledad. En cualquier caso, la inolvidable actriz de Hiroshima Mon Amour(1959) destaca como una efigie sensual y majestuosa  al lado de otra mujer que ya no espera a nadie, ni mira a ningún sitio, ni añora el calor de otras manos. Solo espera el final. Nadie imagina que esa mujer pudo haber sido hermosa cuando habitó su tiempo y que también tuvo la boca carnosa y  dibujada, el óvalo de la cara  perfecto y ese pelo que invita a retirarlo tras la nuca. Nadie imagina tampoco que un día los surcos borrarán la lozanía  de Emmanuelle Riva y se desplomarán  sus hombros y se hundirá ese cuello que preludia la esbeltez del cuerpo. Nadie lo puede imaginar.

Y, sin embargo, Michael Haneke debió imaginarlo mucho tiempo antes de brindarnos en su última película, Amour (2012), un deslumbrante paseo por la vejez y la muerte y antes de  convencernos de que el amor es el gran aliado de ambas. Atrás parece haber quedado su leyenda de maestro de la perversión, con cintas tan turbadoras como Funny Games 1997), La Pianista (2001 o La Cinta Blanca (2009). Esta vez se adivina tras su cámara una mirada nueva que sabe de la compasión sin caer en la lástima, de la ternura sin caer en el sentimentalismo y de la desesperación sin caer en la crueldad. Quizá Haneke haya sentido que sus elegantes canas ( a pesar de su glamour mediático) presagian un tiempo más lento y pausado donde solo queda narrar lo esencial, que no es otra cosa que el camino hacia la muerte. Y que en ese tiempo de silencio y   soledad no existe espacio para narraciones retorcidas. Solo cabe plegarse sobre sí mismo, mirar hacia adentro, recogerse, y eso es lo que ha hecho el director austríaco en compañía de dos grandes nombres del cine francés, Emmanuelle Riva y Jean Louis Trintignant, a su vez ilustres octogenarios como los personajes que tan magistralmente representan.

Sin duda,  Haneke   ha conocido y amado  el cuerpo  en sazón y en  decadencia,  la lozanía y la piel marchita, ha degustado la fiereza de la juventud  y la serenidad de la madurez. Seguro que nunca había  olvidado el resplandor de estos dos actores  franceses en aquellos días en que todos los jóvenes suspirábamos por ellos cuando aparecían en la pantalla.  Y por eso Haneke ha sabido leer como nadie las miradas perdidas de dos octogenarios y rescatar atisbos de la belleza que fue y ya no es, de aquella juventud  hoy hecha cenizas, de la complicidad como una de las artes de la madurez y de la  vejez como el escaparate de los sentimientos en estado puro. No hay mayor intimidad ante una cámara que la enfermedad compartida, esa ceremonia de ternura que  en Amour se inicia con el declive de la esposa  y galopa hacia la desesperación con la misma celeridad que se destruyen el cuerpo y la mente . Haneke sabe rescatar cierta poesía en este acompañamiento hacia el final, sin ahorrarnos el lado más amargo y más violento del proceso y sin que nunca olvidemos  que no  hay cuerpo  más entregado que el  de un enfermo ni caricias más dulces ni sufrimiento más lacerante que los de un cuidador enamorado.  Porque, a veces, el amor alcanza toda su grandeza cuando ya no tiene horizontes, ni proyectos, ni planes de toda una vida por vivir, cuando  lo vivimos como  un fin en sí mismo, sin más compensaciones que el propio milagro de sentirlo y entregarlo al otro como forma de resistencia . Y es entonces cuando se prodigan los mensajes  a pesar de la ausencia de gestos amorosos,  porque el tacto se aviva y  habla y escribe con caligrafía clara sobre  la piel del otro  todos los mensajes que queremos dejar tras de nosotros

Se siente que Emmanuelle Riva y  Jean Louis Trintignant  fueron un día  jóvenes y bellos porque aún destilan  vigor entre tanta fragilidad y salen victoriosos del acoso implacable de la mirada de Haneke y su cámara. Los tres -ya ancianos- componen una alianza insuperable para filmar la enfermedad con lucidez, crudeza y dignidad y para  hacer de ella  un episodio tan natural como inevitable en el proceso de la vida. La cámara de Haneke  logra en Amour  una emocionada   liturgia del dolor. Y tanto Riva como Trintignant  ofrecen un recital interpretativo que solo la  propia experiencia y decadencia pueden dictar, haciendo suyos los inmortales  versos de Quevedo  :

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Médulas, que han gloriosamente ardido,

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.

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