Arquitectura prefabricada: un futuro posible

Le Corbusier, en su libro Hacia una arquitectura, planteaba ya la cuestión de si una casa debería poder comprarse como se compra un automóvil, de un modo inmediato y sin tiempos de espera por su proceso de fabricación o construcción. Un automóvil es lo que entendemos como un producto ready-made, hecho para adquirirse en el momento. Estamos hablando del año 1923; y aún hoy no ha habido una respuesta convincente a este problema. Tanto Le Corbusier como su contemporáneo Gropius vieron en la producción de automóviles la metáfora de una solución a la crisis de la vivienda de su época. El argumento era el siguiente: si la tecnología industrial era capaz de producir cosas hasta entonces hechas a mano (ropa, zapatos, menaje), además de los nuevos productos de la modernidad (automóviles, aviones), ¿por qué la construcción se seguía resistiendo tanto a esta transformación? ¿Por qué se sigue resistiendo?

Industria y prefabricación son dos temas estrechamente relacionados, pero que no pueden emplearse como sinónimos. La prefabricación es casi tan antigua como la edificación, aunque nos parezca sorprendente. En Japón, por ejemplo, ya desde el S. XII se conformaban partes de la estructura de madera de los templos en talleres apartados del solar de la obra. Prefabricar no es solo un sinónimo de producción masiva de elementos de grandes dimensiones. Significa fabricación de cosas en un lugar aparte de aquél en el que están montadas, para conformar una determinada estructura que precisa un número de unidades lo más idénticas posible. Esto supone una racionalización en los métodos de producción, reduciendo el tiempo de trabajo y mejorando la rentabilidad del producto en sí. De este modo fue como la prefabricación intentó hacerse un hueco en el mundo de la arquitectura.

Los elementos arquitectónicos prefabricados parecían la consecuencia lógica de la industrialización de los edificios. Pero, en su lucha por acercarse a la triada de Vitruvio, el ámbito de la prefabricación se ha topado con los temas que tradicionalmente han estado ligados a la arquitectura, en su sentido más purista: el espacio, el lugar, la luz, el color… Y resulta tremendamente complicado cambiar una forma de pensamiento y de trabajo con siglos de historia. Una de las críticas más comunes siempre ha sido si la arquitectura prefabricada es solo un producto relacionado con el consumo y la demanda, e independiente de su lugar de asentamiento y otras condiciones propias de la arquitectura convencional. Las posturas han sido y siguen siendo variadas, en parte porque la prefabricación ha intentado dar respuesta a temas muy diversos –como emergencia, bajo coste, ampliaciones o vivienda portátil- lo cual acarrea una cierta libertad a la hora de tratar la teoría arquitectónica.

Sin duda, muchas de las propuestas de prefabricación, por su carácter experimental, se alejan de ese condicionante ineludible que es el asentamiento. En muchas ocasiones, estamos hablando de una arquitectura pensada de un modo separado al de la realidad física; lo que podríamos denominar off-site, “sin lugar”. Los mismos diseños del famosísimo Buckminsterfuller –valga como ejemplo la serie Dymaxion House- estaban pensados para situarse en cualquier emplazamiento- y lo mismo sucede con la Ciudad instantánea de Prada Poole y Ferrater. Le Corbusier o Walter Gropius entendieron que la producción de edificios off-site era un asunto diferente a los sistemas de prefabricación, aunque siempre ha sido un asunto un tanto confuso para la sociedad. A lo largo de la historia económica de la construcción de edificios ha habido numerosos intentos -algunos con mayor fortuna que otros- de diseñar elementos prefabricados para edificios flexibles, independientes del lugar, desmontables, pero el propio ejercicio de la arquitectura se ha encargado siempre de separar estos asuntos entre sí. Volviendo al ejemplo del automóvil, la casa prefabricada estaría montada desde su fachada, hasta el mínimo de los detalles de interiorismo, estando lista para habitar nada más ser armada. Quizás sea esto lo que evoque en nosotros esa imagen del container como unidad prefabricada por excelencia.

Sobre todo en el pasado, muchos de los diseños de arquitectura prefabricada estaban pensados para satisfacer una necesidad puntual con rapidez, pero sin continuidad en el tiempo. Esta tendencia ha motivado una relación mental indisoluble entre lo prefabricado y lo efímero, siendo dos cosas bien distintas. En sentido estricto, la arquitectura efímera está pensada para abandonar el mundo (ab-endonare = dar, sin quedarse con nada). Las atracciones de feria ambulantes serían el ejemplo paradigmático de lo que se construye para luego desmontarse. Pero también están las exposiciones universales, la Serpentine Gallery y otros pabellones para eventos. Los edificios prefabricados pueden ser también efímeros, pero no es la durabilidad una condición definitoria de los mismos. Toda arquitectura tiene una determinada “vida útil” a partir de la cual va perdiendo sus capacidades portantes, constructivas y, por supuesto, de durabilidad. El caso de la obra efímera sería extremo, pues siempre posee la amenaza de la desaparición: ¿para qué la creación de una destrucción?

A pesar de la remembranza social de que algo “prefabricado” es provisional y poco duradero, se está avanzando mucho. Ahora se apuesta por otros campos como el de la sostenibilidad, la calidad en la construcción y el bajo coste; sin contar con el amplio abanico de la customización o personalización de los edificios, que daría para un capítulo aparte. Es importante entender la arquitectura prefabricada desde una percepción más sensitiva que la que la industria nos ha mostrado. Todos los espacios arquitectónicos son, en cierta medida, técnicos. Se construyen con materiales (hierro, plástico, vidrio…) y están ligados a una estructura portante, pero también son importantes otros componentes relacionados con la transformación continua (luz, sombra, color, agua, vegetación…), y éstos han de tenerse en cuenta, más allá de los sistemas en sí.

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1 Comentario

  • Una realidad ya vivida hace 50 años, con recuerdos de calor de hogar y comodidad mientras duraba su utilidad: el período de construcción de un hospital en diversas ciudades.
    Su constructor/diseñador: mi padre, Jesús Calvé, que diseñó incluso los muebles del salón -unos módulos/sillones/tresillo con estructura de hierro – pensados y realizados con el mismo criterio.

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