“Lincoln”: en defensa de Steven Spielberg

Constituye una dificultad para la filosofía el hecho de que la mayoría piense que la autoconciencia no contiene más que la existencia particular empírica del individuo.

G.W.F. Hegel

 

Creo que esta noche por fin podré ver la película. O sea, que escribo estas notas sin haberla visto aún, y ahí estriba la gracia. Porque he leído algunas críticas, españolas y norteamericanas, y  a todos, sin excepción, les resulta tediosa, decepcionante y pobre. Se diría que precisamente Spielberg no ha necesitado nunca defensores de ninguna clase, y, sin embargo, quizá deba ser ahora defendido en cierto modo de sí mismo. Nos ha entretenido y conmovido tanto durante su larga y exitosa carrera que parece que hubiésemos preferido un Lincoln con facha de Capitán Achab montado en una patrullera a la caza del Tiburón, o asomando su picado y barbado rostro por entre la sábana blanca de E.T. Y, bueno, es que ese horror ya se ha perpetrado: está la inmunda película sobre su doble vida como cazador de vampiros que se estrenó el pasado año. No, Spielberg claramente no quería nada parecido. Lo que quería, pienso, es algo tan serio como lo fue en su momentoMunich. Es verdad que allí había acción, de acuerdo, muchas explosiones, persecuciones y tiros, pero ¿qué mayor “acción” de la buena puede encontrarse que un guión que las revistas de cine resumen así?:

En 1865, mientras la Guerra Civil Americana se acerca a su fin, el presidente Abraham Lincoln propone la instauración de una enmienda que prohíba la esclavitud en los Estados Unidos. Sin embargo esto presenta un gran dilema: si la paz llega antes de que se acepte la enmienda, el Sur tendrá poder para rechazarla y mantener la esclavitud; si la paz llega después, cientos de personas seguirán muriendo en el frente. En una carrera contrarreloj para conseguir los votos necesarios, Lincoln se enfrenta a la mayor crisis de conciencia de su vida.

 Desde luego, hay que redefinir nuestro concepto de “acción”. Antes de esta, Spielberg ha rodado o producido muchas películas de espectáculo y palomitas de esas que los críticos llaman “alimenticias”, y que en su caso sirven para financiar apuestas arriesgadas como Lincoln. Se trata de una cinta sobre política, no de aventuras, pero de política de verdad, como en ¿Vencedores o vencidos? de Stanley Kramer, donde lo que se muestra es por cuales sucios vericuetos se hace historia. Por tanto, de nada serviría que “el honesto Abe” brillase de bizarro heroísmo o de inspirada elocuencia, o que presenciemos escenas de crueldad con los esclavizados negros, o que se nos revele el espanto y la sangre de la Guerra de Secesión, todo eso también lo hemos visto ya en otras películas y ya nos enardecimos adecuadamente con ello. Lejos de aquellas retóricas cinematográficas, melodramáticas de vocación, ahora lo que se pretende es contar es cómo la autoconciencia emerge en medio de un mar de intereses particulares contrapuestos, de manera que el Espíritu de Hegel se encarna durante un efímero instante en un señor sabio, socarrón y escurridizo que a la sazón era presidente. Puesto que la esclavitud continua de muchas formas ilegales o para-legales en nuestro mundo, y además en formas más atroces que las de entonces, no es cuestión baladí hoy. Y puesto que un presidente de color (o de semi-color) acaba de juramentar su reelección en EE.UU., para bien o para mal, tampoco es cuestión baladí para el propio Spielberg.

Añado, a continuación, con fines únicamente propedéuticos -es decir: del aprendizaje que antecede al aprendizaje porque pone sus condiciones-, también sobre mi mismo, un texto de Emil Ludwig extraído de su gruesa biografía de Lincoln publicada en 1930.  De ninguna manera revienta la trama de la película, porque sucede dos años antes, pero deja ver, en mi opinión, el interés del asunto y cómo sólo se podía narrar en prosa, sin recurso a vanos fuegos artificiales:

 Incesantemente, la guerra apremiaba a decidir la cuestión de la esclavitud; cuanto peor se presentaban las cosas para los nordistas en el campo de batalla, mayores eran las probabilidades de los esclavos. Se los necesitaba para sustituir a las tropas que desertaban, para calmar a los radicales nordistas, para influir en Europa. Cartas y artículos, amenazas y exhortaciones se multiplicaban. Garrison apremiaba a Lincoln en favor del abolicionismo; un estadista suizo llamaba la atención hacia el peligro de que Napoleón III interviniese en favor de los confederados; cuáqueros y sacerdotes hostigaban al Presidente; y aunque todavía venían, de cuando en cuando, emisarios de Kentucky a prevenirle contra toda posible decisión respecto al problema de la esclavitud, cada vez era menor la fuerza sugestiva de sus admoniciones.

“No quiero hacer reproches ni quejas -escribió una vez más Lincoln a los representantes de los Estados fronterizos-, al asegurar a ustedes que, a mi juicio, si ustedes hubiesen votado en marzo la liberación gradual, la guerra estaría concluida a estas fechas en lo substancial. El plan propuesto entonces sigue siendo hoy el mejor y más rápido para acabarla. Dejad que los Estados rebeldes vean clara y definitivamente que los Estados que representáis nunca los ayudarán y la lucha no podrá prolongarse mucho tiempo. En cambio, nunca conseguirán despojarlos de su esperanza mientras se muestren ustedes determinados a perpetuar la esclavitud en sus propios Estados… ¡Cuánto mejor sería salvar el dinero que, de otro modo, continuará derrochándose en la guerra! Si la guerra se prolonga… la institución en los Estados de ustedes se extinguirá simplemente por consunción. ¡Cuánto mejor sería hacer lo necesario para abreviar la guerra y disminuir los gastos! ¡Cuánto mejor sería para ustedes como vendedores y para la nación como comprador, vender y comprar, libres del problema sin el cual la guerra no habría sobrevenido nunca! “

Y junto a estas astutas consideraciones, dirigidas a los espíritus calculadores de labriegos y hombres de negocios, muestra todo el ardor del idealista cuando dice a dos desconocidos paladines del abolicionismo: “¡Si los Estados limítrofes aceptasen mi propuesta! ¡Entonces, ustedes y yo no habríamos vivido en vano!

Pero, cuando los Estados limítrofes rehusan de nuevo, su voluntad se fortalece ante la obstinación. El mismo día en que se entera de la nueva repulsa a su propuesta, se halla en un coche con Welles, Seward y la nuera de éste. Van acompañando los funerales del hijo de Stanton, y Lincoln, a quien el dolor de su consejero de todos los días ha de recordarle el suyo propio, nunca dominado, pudo muy bien sentir un deseo insólito de expresarse confidencialmente. Su costumbre era guardar los grandes problemas para él solo, y en marzo había dado aquel paso decisivo sin consultar al Gabinete. Ahora, no obstante, habla a sus amigos por primera vez de estas cosas:

“Tengo que salvar al Gobierno si puedo. Lo que no pueda hacer, lo dejaré, como es natural. Pero bueno será que sepan que no abandonaré el juego sin jugar la última carta. He llegado a la conclusión de que es una necesidad militar, absolutamente esencial para la salvación de la nación, el libertar a los esclavos, si es que no queremos que nos esclavicen a nosotros mismos.”

Libertad o esclavizarse: de este modo se transformaba el fin ideal. Lo que al principio fuera motivo de la guerra se había convertido en medio de conducirla, y lo que debía servir de justificación moral de la guerra civil ante la Historia, pasaba a ser un recurso para terminarla. ¡Qué dolorosos pensamientos debieron de conmover a Lincoln durante aquellos días y semanas, al ver plenamente realizada la paradoja de semejante desenlace!

Si el Destino le había dado la misión de realizar sublimes ideales humanitarios, no dejaba por ello de obligarle a usar de pequeños medios y a dirigir por un momento sus esfuerzos hacia fines pasajeros, pues sólo dando un rodeo, trágico en su ironía, podría acercarse al ideal de su juventud.

Calculaba, en vez de soñar. En el Sur, los esclavos cultivaban los campos, de modo que el último blanco podía ir al frente. Si se les declaraba libres, muchos huirían; las filas enemigas perderían efectivos, en tanto que las del Norte engrosarían: el Norte ganaría la mano de obra que perdería el Sur. Los métodos legales, aun empleados en su forma más suave, no inducirían a los Estados fronterizos a aceptar su plan; era preciso, pues, que la autoridad militar reemplazase a la del Congreso. ¿No había predicho Adams, una generación atrás, que si alguna vez el Sur llegaba a ser teatro de una guerra civil o de una rebelión emancipadora de los esclavos, el poder absoluto permitiría al jefe supremo decisiones independientes? Si Lincoln daba ahora este paso decisivo, haría imposible para siempre aquel convenio sobre el cual se basaba una paz indolente, que, de otro modo, volvería a oscurecer todo el problema por el que se había luchado tan duramente; un nuevo programa moral quedaría establecido y, desde ese momento, cada victoria conseguida en los campos de batalla sería una victoria sobre la esclavitud.

Hoy, después de quince meses de guerra, le parecía posible dar un paso que, al principio, habría dividido al Norte, pues éste comprendía cuatro Estados esclavistas, y los demócratas no creían que la cuestión valiese tanta sangre; por otra parte, al principio no habría sentido detrás de sí tan firmemente unida a la mitad de la nación. Después de la victoria, las medidas de guerra podían convertirse en constitucionales y en ley para el Norte; pero, entre tanto, se hallaba ante una contradicción inevitable, ya que se libertaba a los esclavos del Sur y no a los propios; y los abolicionistas, los campeones de la moral y del humanitarismo, tendrían que sostener o soportar el mal en su propia casa, después de haberlo extirpado de los Estados esclavistas del Sur.

Lo que pasó en el alma de Lincoln, antes de llegar a una determinación definitiva, lo indica una carta que enviara un año más tarde a un hombre de Kentucky a quien apreciaba mucho, y en la que desarrolla sus ideas:

“Por temperamento, soy contrario a la esclavitud; si ésta no es una injusticia, es que la injusticia no existe en el mundo. No recuerdo ninguna época de mi vida en que haya pensado o sentido de modo diferente. Y, sin embargo, nunca he creído que la Presidencia me concediera un derecho limitado para obrar ejecutivamente de acuerdo con este sentimiento y esta idea. En mi juramento, prometí mantener la Constitución, apoyarla y protegerla con todas mis fuerzas. No podía ocupar este cargo sin hacer este juramento; tampoco podía pensar en prestar el juramento para subir al Poder y violar aquél por el ejercicio de éste. Comprendí que este juramento me prohibía prácticamente obrar en tiempo de paz, por lo que se refería a la cuestión moral de la esclavitud, con arreglo a mi juicio abstracto. ¿Deberíamos perder la nación para proteger la Constitución?”.

“Según la ley natural, deben defenderse el cuerpo y los miembros; sin embargo, a menudo se amputa un miembro para salvar el cuerpo; pero lo que nunca podrá ser prudente es entregar el cuerpo para salvar un miembro. Yo creo que medidas en un tiempo anticonstitucionales pueden transformarse en leyes cuando son imprescindibles para salvar a la nación, justa o falsa, acepté esta posición y hoy soy partidario de ella… Cuando en mayo y junio de 1862 hice juiciosos y sucesivos llamamientos a los Estados fronterizos en favor de la emancipación gradual, creía que sólo esta medida podía impedir aún el que la liberación tuviera que hacerse por las armas. Ellos rehusaron mi proposición y entonces me vi obligado a decidir la alternativa que se me proponía: perder la Unión, y con ella la Constitución, o arreglar con mano firme el problema de los negros. Elegí este camino. Al elegirlo, esperaba ganar más que perder.” Lincoln había meditado profundamente las obligaciones que significaba el juramento del cargo; repetidamente había desautorizado las actividades abolicionistas de sus colaboradores, y tan a menudo y urgentemente había recomendado el término medio, que sólo sus muchas preocupaciones de índole moral pudieron llevarle a su gran resolución. Pero, en esta ocasión, como en la de su matrimonio, tomó ostensiblemente una decisión repentina. Por telégrafo llamó a su viejo amigo y colega Sweet, estimando que en aquella coyuntura el franco parecer de un familiar, de un verdadero amigo de la juventud, le sería más valioso que las opiniones de una docena de peritos.

Sweet llegó por la mañana, sin desayunarse siquiera. Se presentó en seguida en la Casa Blanca, en donde hubo de contestar a las preguntas que se le hacían sobre antiguos conocidos, y leer una carta de Garrison en que éste pide, premiosa y apasionadamente la abolición. Luego, sin preguntar a Sweet su opinión, Lincoln expuso detalladamente el tema, haciéndose a sí mismo preguntas y respuestas sobre las posibles situaciones y consecuencias en ambos aspectos, en un monólogo de más de una hora. “Hablaba, escribe su oyente, de modo que se veía que no quería imponerme sus opiniones, sino sólo pasarles revista. Era, en realidad, una conversación consigo mismo.” Cuando termina, no pregunta su opinión; le encarga saludos para un par de antiguos amigos, le desea un buen viaje de regreso y acaba la visita.

Acto seguido, también repentinamente, sin la menor discusión preliminar, reúne al Gabinete. Ha decidido dar este paso, dice a sus ministros, y los ha llamado, no para oír su consejo, sino sólo para leerles el contenido de su proclama. Las sugestiones que se les ocurran podrán formularlas después de la lectura. Muestra tal confianza en sí mismo, que quienes lo vieran en este momento por primera vez e ignoraran todo de él, habrían podido tomarlo por un autócrata. Sentado ante la mesa verde, ovalada, rodeado de rostros silenciosos, lee el borrador original de la Proclama de Emancipación:

“Yo, Abraham Lincoln, Presidente de los Estados Unidos de América y Comandante en jefe del Ejército y la Marina, declaro que la guerra se prosigue con el fin de restablecer prácticamente las relaciones constitucionales entre la Unión y cada uno de los Estados. Que tengo el proyecto de recomendar una vez más al próximo Congreso la adopción de medidas prácticas en forma de una ayuda pecuniaria, que podrá ser libremente aceptada o rechazada, a todos los llamados Estados esclavistas cuya población no se halle en rebeldía contra los Estados Unidos; que los Estados podrán adoptar voluntariamente la inmediata o gradual abolición de la esclavitud dentro de sus respectivos límites; y que se continuará el ensayo de colonizar a los descendientes de africanos, con su consentimiento, en este u otro continente, obteniendo previamente la venia de los Gobiernos respectivos.”

“Que el 1° de enero de 1863, toda persona tenida como esclavo en cualquier Estado o territorio cuya población se halle en rebeldía contra los Estados Unidos será libre desde entonces y para siempre… El 1° de enero indicará el Ejecutivo, por medio de una proclama, los Estados o parte de Estados cuya población se halle en rebeldía contra los Estados Unidos.”

Sigue la prohibición a todos los oficiales de utilizar las fuerzas a su mando para apoderarse de los esclavos fugitivos y devolverlos a sus antiguos dueños. El que se encuentre como esclavo en los distritos conquistados, “será considerado como prisionero de guerra, considerado libre de su esclavitud y nunca más podrá ser reducido a ella”.

Tratábase, realmente, de un pueblo que agotaba sus energías en la lucha entre esclavistas y negrófilos. La riña se había convertido finalmente en guerra civil y los blancos se mataban a millares por causa de los negros. Pero he aquí que cuando, después de larga espera, llega el momento de libertar a los negros por orden del partido abolicionista, ¿a quién beneficia la gran frase?.  No a los esclavos de los que se llaman a sí mismos sus amigos, sino a los esclavos de aquellos esclavistas situados al otro lado de la línea de fuego, a los esclavos sobre los cuales los nordistas no tenían, en realidad, poder alguno. A tal insoluble problema había llegado el más clarividente y noble pensador de la nación, pues si bien podía luchar con la espada por su solución, no podía zanjarlo de un tajo. La lógica de los hechos colocó a Lincoln en una situación en que se veía obligado a cargar a los esclavos de sus amigos con las cadenas que quitaba a los esclavos de sus enemigos.

El Gabinete quedó asombrado. “Esta medida, dijo Stanton, va mucho más allá de todo lo que yo he propuesto.” Cuanto él y los otros podían objetar, ya lo había meditado el Presidente. Seward, no obstante, hizo una insinuación: “Apruebo la proclama, pero dudo que sea oportuno publicarla en este momento. La depresión causada en la opinión por los constantes reveses es tan profunda, que temo el efecto de un paso tan importante, que podría tomarse como la última medida de un Gobierno agotado, como un grito de socorro… Propongo, por lo tanto, el aplazar la proclama hasta que el país se halle animado por una victoria, en vez de exponerlo ahora a un gran fracaso.”

Lincoln vio inmediatamente la fuerza de esta objeción. La aceptó y guardó el documento en su escritorio, en espera de una victoria. 

Si, después de todo, Lincoln de Spielberg, con Daniel Day-Lewis y Tommy Lee Jones a la cabeza del reparto, que es toda una garantía, y con el mejor equipo técnico que el dinero puede comprar y la reputación atraer, es un truño insufrible, oscuro y cansino, juro que me corto la coleta…

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