Los magiares mágicos, precursores del fútbol total

“Cuando atacábamos, atacábamos todos. Cuando defendíamos, defendíamos todos”

Ferenc Puskás

Finales de la década de los 40, principios de los 50. Hungría, una generación irrepetible. Un equipo de leyenda y un visionario, Gusztáv Sebes, como entrenador, que arriesgó su propia integridad por cumplir un sueño. Y lo consiguió. En el terreno estrictamente futbolístico, este grupo de jugadores consiguió permanecer en la retina de todos cuantos los vieron jugar y, más aún, ser toda una referencia para posteriores equipos míticos, como “El Madrid de las 5 copas” “El Brasil del 58”, “La naranja mecánica” e, incluso, el “Dream Team”. Sin embargo, su influencia no se limita al terreno deportivo, siendo un auténtico motivo de orgullo y admiración para la sociedad de su momento. De hecho más de medio siglo después, siguen siendo considerados auténticos héroes nacionales en el país magiar, especialmente su capitán Ferenc Puskás, cuyo rostro está omnipresente en el merchandising que abarrota los puestos de regalos de la turística Budapest.

Pero, para entender debidamente la relevancia social de los éxitos de este conjunto, es preciso contextualizar un poco su situación. Después de la caída del nazismo y tras un breve periodo liberal, se instaló en Hungría el gobierno comunista del “Partido de los trabajadores húngaros” con el dictador Mátyás Rákosial frente. Su poder era absoluto, controlando todos sus resortes. La injerencia era tal, que el gobierno debía conceder una licencia a los combinados nacionales de las diferentes especialidades deportivas para poder competir en torneos internacionales y, para ello, exigía un certificado de victoria asegurada. Ante este complejo panorama la mayoría optaba por echarse atrás. Pero Sebes tenía tanta confianza en su equipo que continuó con su sueño de participar en los Juegos Olímpicos de Helsinki de 1952 donde comenzaría a forjarse la leyenda de un equipo mágico.

El combinado magiar llegaba a esta cita tras dos años sin conocer la derrota, y contando con estrellas de la talla de PuskásCziborKocsis o Hidegkuti, auténticos ídolos en su país, pero todavía desconocidos en el exterior. Por otro lado, también se encontrarían con la falta de partidos de preparación, por lo que realizaron una primera fase bastante modesta. Posteriormente comenzarían a levantar el vuelo venciendo 3-0 a Italia, 7-1 a Turquía y 6-0 a Suecia, ya en las semifinales. Tras ello alcanzarían la final en la que tendrían que emplearse a fondo para vencer por 2-0 a una correosa selección Yugoslava que hizo un gran partido. Precisamente antes de la celebración de la final, y como relató el propio Sebes a posteriori, éste recibió una llamada de Rákosi, en la que le dejó muy claro que la derrota no era una opción. El míster decidió no transmitir este mensaje a los jugadores, para no aumentar la presión que tenían ya sobre sus espaldas, si bien todos sabían que estaba en juego algo más que el mero prestigio futbolístico y que una derrota no haría mella únicamente en su estado anímico.

Los enfrentamientos con Inglaterra

Tras la consecución de este título, que le sirvió como carta de presentación, llegarían los que quizás fueron los hitos más célebres de este combinado de ensueño, que curiosamente llegaron en partidos amistosos, contra la selección de Inglaterra. El 25 de noviembre de 1953 los inventores del fútbol recibían a los aguerríos húngaros en el templo de Wembley, donde serían derrotados por 3-6. De este modo, el denominado “Equipo de oro” (Aranycsapat en magiar), se convertía en la primera escuadra foránea en vencer en Wembley. La desigualdad durante el partido fue máxima, y de hecho el resultado pudo haber sido más abultado, lo que queda de manifiesto en los 35 disparos efectuados por el equipo de Sebes, frente a los 5 del equipo local. Por todo ello, y por la auténtica revolución táctica llevada a cabo por la escuadra húngara, el partido cobró tal relevancia que fue denominado por muchos como “El partido del siglo”. Tom Finney, mítico jugador de aquella genial selección inglesa, resumió el choque de la siguiente manera: “Ha sido un enfrentamiento entre caballos de carrera contra caballos de tiro”.

Tras este humillante derrota, los ingleses solicitarían la revancha, que se celebró solo unos meses después en el actual estadio “Ferenc Puskas” de Budapest, y que terminó nuevamente con una sonrojante derrota para los británicos, esta vez por 7-1. Los jugadores del combinado nacional inglés afirmarían que se vieron incapaces ante las revolucionarias tácticas empleadas por los húngaros, que nunca habían visto antes, por lo que no sabían cómo enfrentarlas. En este sentido, la variante más revolucionaria fue el abandono del tradicional esquema de ataque en forma de “W”, inventado precisamente por los ingleses, modificándolo para pasar a una formación en “M”, que consistía básicamente en retrasar la posición del delantero, en este caso Hidegkuti, por lo que los rígidos centrales ingleses perdían la referencia de la marca, y el equipo magiar podía entrar por el centro gracias a la realización de continuas paredes y a la movilidad de sus extremos y mediapuntas. Nacía así el denominado “Fútbol socialista”, en el que cada jugador pasaba a tener una mayor influencia en el juego y que se volvía mucho más solidario, al mismo tiempo que ganaba en velocidad y vistosidad para el espectador. El equipo se movía como un acordeón, no existían posiciones fijas, y se daba una continua rotación entre los jugadores, teniendo muy clara la prioridad de ocupar los espacios. En palabras del propio Puskás: “Cuando atacábamos, atacábamos todos. Cuando defendíamos, defendíamos todos”. Sin ninguna duda, aquí se encuentran las bases del Fútbol Total, que algunos años más tarde alcanzaría su apogeo con Rinus Michels y Johan Cruyff.

El mundial de Suiza de 1954

Con estos antecedentes los poderosos magiares, como también eran conocidos, se presentaron en el mundial de 1954 con la vitola de favoritos absolutos, y pronto refrendarían esta opinión con las goleadas endosada a las selecciones de Corea del Sur y la RFA por 9-0 y 8-3 respectivamente. En este último partido, contra los alemanes, la gran estrella del equipo húngaro, Ferenc Puskas, se lesionaría, y no reaparecería hasta la final, precisamente contra el combinado germano.

Tras este encuentro, llegarían los cuartos de final, que enfrentaron a Hungría y Brasil. Lo que a todas luces era una auténtica final anticipada, quedaría en el recuerdo como uno de los partidos más infames de la historia de los mundiales, siendo denominado “La batalla de Berna”, debido a la excesiva dureza mostrada en el campo por ambas escuadras. La selección brasileña llegaba con ganas de curarse la herida, todavía sangrante, del “Maracanazo” de 1950, pero el partido se decantaría del lado de los magiares por 4-2. Durante el transcurso del mismo, el juego tuvo que detenerse en varias ocasiones por agresiones que provocaron varios expulsados e incluso una auténtica batalla campal, en la que se vieron inmersos jugadores, cuerpo técnico, fuerzas de seguridad e incluso aficionados.

Sin embargo, lo peor estaba todavía por llegar, ya que tras el final del encuentro, Puskas, ausente por lesión, lanzaría una botella a Pinheiro, causándole un corte de tres pulgadas en la cabeza y provocando la ira de los brasileños quienes invadieron el vestuario de los jugadores húngaros. Esto provocó una auténtica lucha callejera, que dejó como resultado a un integrante del equipo húngaro inconsciente y al entrenador, Gustav Sebes, con cuatro puntos de sutura.

A todo esto debemos sumarle el clima de irascibilidad provocado por el contexto político del momento, ya que no debemos olvidar que estamos en plena Guerra fría, por lo que la delegación brasileña llegó a afirmar que el árbitro había actuado“al servicio del comunismo internacional, contra la Civilización Occidental y Cristiana.”

Después de este partido, el rival en semifinales sería la siempre difícil selección de Uruguay, a la que consiguieron vencer por idéntico resultado, 4-2 siendo la primera derrota de la selección charrúa en la Copa del Mundo, ya que es preciso recordar que llegaba a este campeonato como vigente campeona tras derrotar a Brasil en el ya citado “Maracanazo”. De este partido, es preciso destacar la auténtica exhibición ofrecida por Kocsis, que le sirvió para que Roque Maspuli, portero uruguayo en aquel partido, dijese de el las siguientes palabras: “”Cuando tenga una larga barba blanca, seguiré hablando de Kocsis, el hombre que apuntilló a Uruguay gracias a su juego de cabeza único en el mundo”.

El milagro de Berna

Con este sobrenombre se denominó a la final de este Mundial, en la que la selección húngara volvía verse las caras con el selección de la RFA, al que ya había goleado en la primera fase, por lo que todas las apuestas estaban de su lado. Más si cabe con el regreso de su capitán, Pancho Puskás, conocido también como “El comandante galopante”, en alusión al rango militar que con el que el ejército de su país le había condecorado. En este sentido, y a modo de curiosidad es preciso decir que su verdadero nombre era Purczeld, pero debido a esta cercana relación con el ejército lo cambió por Puskás (“escopetero” en húngaro). Y es que la historia de este combinado está muy ligada a estamento militar, ya que la mayoría de los integrantes del equipo pertenecían al Budapest Honved F.C, el equipo del ejército de Hungría.

Pero centrándonos en este partido es preciso insistir en la notable desigualdad entre ambos equipos, ya que los húngaros llegaban al mismo con una racha de 33 partidos sin perder. Por el otro lado, esta era la primera participación en una copa del mundo del combinado alemán tras la Segunda Guerra mundial. La sociedad alemana se encontraba todavía inmersa en una sensación de trauma colectivo, atenazados por la vergüenza de haber permitido el auge del nazismo. Además, el nivel de su selección de fútbol, conformada por jugadores amateur, ya que la Bundesliga no era todavía una liga profesional, estaba a años luz de los poderosos magiares. Sin embargo, el futbol tiene estas cosas, y a pesar de un inicio fulgurante de la selección húngara, que a los 8 minutos ganaba ya por 2-0, los alemanes consiguieron empatar el partido antes del descanso, y a cobrar ventaja a solo 6 minutos del final. Aún habría tiempo para que Puskás anotase el gol del empate que, sin embargo, sería anulado por el trencilla. Alemania conseguía así el que sería su primer Mundial de fútbol y, en medio de la depresión de la postguerra, la sociedad germana encontró un motivo de orgullo en aquel grupo de valientes jugadores que acaban de derrotar a un gigante que hasta ese momento parecía invencible.

Mucho se habló de aquel partido, más si tenemos en cuenta que fue la primera Copa del mundo retransmitida por televisión, por lo que su repercusión fue enorme. Mucho se especuló también sobre cómo había sido posible la victoria, por lo que algunos señalaron al mal estado físico de Puskás, todavía renqueante de su lesión. Pero, en este momento, surgió también una figura anónima y hasta ese momento ajena al mundo del fútbol, Adi Dasller, creador del actual gigante de productos deportivos, Adidas. Las botas elaboradas por éste que, a diferencia de las de los jugadores húngaros, no eran de madera, aportaron una mayor estabilidad a los miembros de equipo germano en el embarrado terreno de juego del  Wankdorfstadion de Berna, lo que, a la postre, al parecer, fue decisivo para que la victoria acabase cayendo del lado alemán.

El principio del fin

A pesar del duro golpe, los mágicos magiares conseguirían levantarse y encadenaron otra serie de 18 encuentros sin conocer la derrota. Durante la misma se convertirían en el primer equipo en vencer a la selección de la U.R.S.S, si bien, esta generación irrepetible tenía ya los días contados y no por motivos estrictamente futbolísticos o relacionados con la edad y el estado físico de algunos de sus integrantes. Y es que como decíamos, es imprescindible tener en cuenta el contexto político de una época especialmente convulsa en todos los aspectos. Así, en noviembre de 1956 estalló la revolución húngara contra el gobierno de la República Popular de Hungría, claramente influenciado por la Unión Soviética, quien movilizó más de 30.000 soldados y más de un millar de tanques para sofocar la revuelta.

Este trágico suceso pilló al Budapest Honved F.C, cuyos jugadores formaban, como ya comentamos, el grueso de la selección nacional, en Bilbao, ya que debía jugar un partido de la Copa de Campeones de Europa contra el Athletic, por lo que decidieron no regresar a su país, solidarizándose con sus compatriotas. Así, jugarían el partido de vuelta en terreno neutral, Bruselas, donde cayeron derrotados, pero se mantuvieron firmes en su postura de no regresar a Budapest. En este sentido, es preciso tener en cuenta los cargos militares que algunos jugadores ostentaban, por lo que este acto fue tomado como una traición a la patria y, en caso de volver a su país, los jugadores serían juzgados, no por un tribunal civil, sino militar, lo que conllevaba la seguridad de una dura condena o incluso la pena de muerte.

Algunos jugadores estuvieron un largo período sin jugar, como Puskas, que hasta 1958 no ficharía por el Real Madrid, mientras que otros como Czibor harían las maletas hacia Italia, aunque acabaría fichando por el F.C Barcelona, al igual que Kocsis, previo paso por el fútbol suizo. Con su negativa a regresar, se ponía fin a un combinado nacional de ensueño, irrepetible hasta el momento en el país magiar, que nunca ha vuelto a tener un equipo que ni siquiera se aproximase al nivel de esa fantástica escuadra, que encontró su fin por motivos ajenos a la práctica del fútbol.

Muchos consideran que este equipo no puede ser considerado una de las grandes selecciones de la historia, escudándose en el hecho de que nunca consiguieron una Copa del Mundo. Es cierto, no lo lograron. Pero, al menos en mi opinión, fueron auténticos reyes sin corona. El destino fue esquivo a la hora de otorgarles la copa de campeones del mundo, pero ni siquiera el tiempo ha podido arrebatarles el premio más grande que otorga el fútbol y que, a su vez, es el más difícil de mantener: la pervivencia en la memoria. Lo otro, los trofeos, sólo son el camino para lograrlo, pero en el fútbol, como en todos los aspectos de la vida, también existen caminos alternativos.

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