El espejo de Sade

 

Sade es muchas cosas. Un símbolo del mal, de la lujuria más depravada, de la violencia más cruel, del sexo más perverso, del odio brutal hacia las mujeres, del lado más oscuro de la condición humana que sus mismos contemporáneos trataron de eliminar arrumbándolo en una oscura mazmorra en la que terminó muriendo sin parar de escribir.

Pero Sade también es un espejo muy sensible de lo que el poder social esconde; de los secretos que más trata de ocultar; de la insoportable hipocresía que a veces encubren las convenciones morales y de los perversos intereses que sustentan el entramado social. Un espejo que refleja un sol tan cegador que bien podría acabar con todas las almas bellas que habitamos este mundo

Lo que paradójicamente puede propiciar no sólo un final, sino también una posibilidad de principio. Porque su literatura es demoledora pero también produce una extraña ligereza, quizá porque desnuda minuciosamente el mal dentro de la condición humana y hace que lo miremos a los ojos y nos espante y se pongan de manifiesto nuestras ambivalencias ante él. Lo que puede convertirse en la energía que permita crear un paladar exquisito y no ingenuo, ni ineficaz  para la posibilidad  del bien en un mundo más amable.

Así, en estos tiempos en que la corrupción parece invadirlo todo; donde se buscan chivos expiatorios por todas partes; donde probablemente hay culpables de daños irreparables que nunca pagarán un precio; donde mucha gente parece haber abusado de su poder  por acción u omisión; donde, a pesar de todo, el mundo seguirá girando con parecidos actores y similares incentivos, conviene volver a leer este párrafo de su Justine, uno de sus libros más prohibidos y tratar de responder en serio a su demoledora pregunta. Y luego intentar de seguir viviendo sospechando algo que ya no se podrá olvidar.

“Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos jamás de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos zarzas cuando los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo de virtudes lo bastante probado como para superar tales observaciones ¿no considerarán entonces que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo? ¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como los demás? Algo más instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han adquirido, ¿no dirán con el ángel Jesrad, de Zadig, que no hay mal que por bien no venga, y que pueden, a partir de ahí, entregarse al mal, ya que de hecho sólo es una de las maneras de producir el bien? ¿No añadirán que es indiferente al plan general que tal o cual sea preferentemente bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña al crimen, siendo ambas cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es infinitamente mejor tomar partido entre los malvados, que prosperan, ‘ que entre los virtuosos, que fracasan? “

Sade. Justine

 

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4 Comentarios

  • Una coincidencia entre las zarzas y las rosas. Yo he escrito recientemente y a propósito de las zarzas, lo que sigue: “A veces ocurre que en los días ventosos y agitados, los vientos presurosos empujan y desplazan enormes bolas de matas vegetales, como pelotas inertes, como balones mudos, que dan una nota grave y lenta al paisaje. Un paisaje perforado por las rachas inestables de vientos ábregos y solanos, de capotazos de matafrailes y de cierzos. Por ello, corren zarzas, espartos y otras matas vegetales esteparias, empujadas por un viento invisible que sopla sin fatiga aparente. Corren zarzas, pero no la zarza ardiente del horizonte mosaico y bíblico.

    Otras veces, los vientos de la historia no menos presurosos e inquietos, nos repiten canciones y dichos muy viejos, que por una rareza permanecen y se siguen entendiendo, aunque ya no se escuchen ni se lleven.

    Como ocurre con la afirmación de Denis Diderot que da pie a este comentario. De un Diderot del que este año celebramos, de puntillas, el tercer centenario de su nacimiento. Una afirmación inserta en su novela corta ‘Jacques el fatalista’, una pieza escrita, ¡nada más y nada menos! que en 1773. Y que pese a todo, se sigue entendiendo a la perfección. O si se quiere, que muchas de sus afirmaciones, realizadas en vísperas del terremoto de la Revolución Francesa, siguen estando vigentes. Y así: “Corren entre zarzas sin pincharse, mientras otros llegan desollados a sus casas”.

    Es decir que parte de los privilegios vigentes en las sociedades estamentales del Antiguo Régimen, denunciados por Diderot por boca de Jacques, siguen vigentes aún hoy. Doscientos cuarenta años después de haberse escrito el viaje a caballo de Jacques y su amo, de evidente influjo quijotesco, podemos entender aún cómo las zarzas que lastiman, no lo son para todos. Y no es la habilidad de los corredores la que marca la diferencia entre los sanos y los lastimados al llegar a su casa. Sino esos viejos privilegios que Diderot quiso y creyó derribar”.

  • O El sobrino de Rameau, donde se sigue el consejo del Justine. Pero yo no creo que pueda seguirse, o que, si eres de los que lo siguen, es que ya eras de los que servían de ejemplo, no de los imitadores. Quiero decir que si todos se “abandonan al torrente”, es posible que algún bien le suceda al mal, pero puramente por casualidad, no por voluntad. Y nos gusta que sea por voluntad. Puede que el conductor de autobus que te lleva al trabajo sea diligente a la fuerza, porque si no le despiden, pero nos gustaría que fuese porque quiere. ¿Debe el conductor de autobus abandonarse también a la corriente? ¿cómo lo haría, sin dejar de ser autobusero? ¿nos quedaríamos sin red de autobuses? Me parece que el divino marqués no estaba pensando en ese vulgar populacho, con lo cual su argumentación me sirve de poco, porque élites amorales es más que lo que ya tenemos…

  • Yo tampoco creo que pueda seguirse. Pero sí que conviene hacerse la pregunta para delimitar mejor el alcance y las paradojas de cualquier ética social. Y establecer cautelas críticas y controles eficaces teniendo en cuenta la realidad de las relaciones sociales en sociedades todavía abiertas (con la dificultad que sabemos que tiene manejar este concepto).

    Porque, como estamos viendo, y ha sucedido muy a menudo, en la historia, los mayores adalides de la moral social son precisamente los que más se benefician de su transgresión. De tal forma que parecen utilizarla para tener maniatados a los que se la creen y enriquecerse a su costa.

    Lo que actualmente estamos viendo en esta crisis y lo que ha desvelado de las élites en este país y en otros, resulta fascinante y a la vez aterrador. Porque además puede presagiar tiempos aún peores. Donde nuevos populistas se beneficien del descreimiento de los que antes creyeron. El caso italiano es paradigmático en este sentido. Pero ya veremos donde llegamos nosotros.

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