Francescoli, Príncipe del fútbol

Anda el fútbol revuelto a propósito de unos récords que casi nadie puede verificar y en los que muchos depositan las llaves de la cerradura de un Olimpo al que no tiene acceso cualquiera. Obvian los teóricos de los números que el fútbol es una pasión por encima de la matemática, y que el Olimpo en realidad es una terraza particular donde, cuando son mayores, fuman y charlan de fútbol aquellos que más te han dejado en la retina. Por eso, cuando al calor de una barra de bar escucho una discusión acerca del reinado de Pelé o de la supremacía de Maradona, cuando alguien intenta justificar que los cinco grandes ya son siete, y cuando muchos defienden que Leo Messi ya es uno de los mejores de la historia, yo suelo sonreír un poco de medio lado mientras bajo la cabeza y recito en mi cabeza, con voz firme, una máxima que para mí no admite discusión: el trono del fútbol siempre está en disputa y lo pretenden muchos reyes; pero sólo tiene un Príncipe.

Hay motivos de sobra para confiar en un tipo que se apellida Zidane. Las categorías inferiores del Real Madrid tienen uno en sus filas, un muchacho espigado que imita el garbo del padre y que daría media pierna por bailar como él. Porque Zidane no controlaba, danzaba con el balón cosido a la puntera. Pero hasta los tipos que lo fueron todo se acuestan por las noches y tienden a soñar, y también ven en esos sueños los jugadores que siempre quisieron ser. Por eso me imagino la estampa que cien veces he oído relatar del encuentro entre los dos ‘Zidanes’, padre e hijo, y de Enzo Francescoli. “Se llama como yo”, debió pensar el joven Enzo al ver al tipo espigado y narigón que tenía delante, una copia con años en el rostro del delantero Diego Milito. Eso debió pensar hasta que su padre le sacó del error. “Tú te llamas así por él”, le dijo Zinedine, que tuvo la suerte de poner ante los ojos de su hijo la imagen en carne y hueso del futbolista que siempre quiso ser.

Enzo Francescoli nació en Montevideo cuando el Benfica era campeón de Europa y salió para el fútbol como hincha de Peñarol, lo cual no le impidió, en el futuro, heredar el principado que dejó vacante Aníbal Ciocca, uno de los cinco magníficos del Quinquenio de Nacional. Nunca jugó en Peñarol a pesar de tocar a la puerta siendo joven. A pesar de su talento, el físico no le daba. Como si los niños no fueran a crecer.  Pasaba mucho tiempo en el banquillo y los príncipes se aburren sentados, así que dejó atrás Peñarol para nunca más volver y se enroló en Montevideo Wanderers, emparejando su pasado así con el de Ciocca y postulándose a heredero del Príncipe. Debutó en 1980 con el primer equipo y contribuyó al subcampeonato. De allí, a River Plate tres años después. Tardó en adaptarse, pero en 1986 hizo campeón a los millonarios, el primero de los cinco títulos que conseguiría. Ese campeonato le abrió el camino de la exportación y fichó por el Racing de París, donde estuvo dos temporadas más bien anodinas hasta que se marchó para hacer campeón al Olympique de Marsella que se preparaba ya para ser campeón de Europa. Allí, en su etapa en Marsella, Zidane se enamoró de su fútbol.

Tras la experiencia francesa, y después de cuatro cursos por Italia (Cagliari y Torino) volvió a River. Lo hizo para ganar y ganar, y para ajustar también varias cuentas pendientes. El fútbol le debía gloria al Príncipe, que soñaba con la corona de la Libertadores. El año que fue campeón por primera vez con River, no alcanzó la copa porque tuvo que hacer las maletas y marcharse a Francia. En el año 95 se cruzó en su camino Nacional de Medellín. O más bien, en el camino de River. “Me lesioné en el hombro y no pude jugar el día que nos eliminaron”, cuenta el propio Francescoli. En aquel Nacional jugaba un tal Higuita como portero para todo. Llegó a marcar de falta directa ante River. Pero el Príncipe había vuelto a River y tenía la Libertadores entre ceja y ceja, y un año, 1996, para arrancarse la espina clavada durante su exilio.

Estaba River en vestuarios dispuesto a salir cuando Francescoli tomó la palabra y pidió al técnico, Ramón Díaz, que le dejara unos minutos a solas con sus compañeros. El entrenador salió por la puerta del vestuario y cerró, y en ese momento todos miraron a Francescoli. No hubo táctica en sus palabras, porque el fútbol está en las botas y no en la boca. Pero sí que hubo corazón. Tras un breve discurso, el Príncipe se sinceró. “Ninguno se imagina cuánto valen estos noventa minutos que vamos a jugar”. No hizo falta decir mucho más. Dos goles de Crespo y la Libertadores para River, la Libertadores para Francescoli. Tardó un poco en disfrutar de su medalla. “Durante la celebración, alguien se quedó con mi medalla. en esa locura de felicidad, mientras todos lloraban y deliraban, yo estaba preocupado buscando mi medalla. Se ve que corrió el rumor porque cuando me había metido en el túnel, un muchacho me gritó desde la entrada: ‘Tengo tu medalla, pero quiero algo a cambio’. No lo podía creer. Al final le di mis canilleras, que era lo único que me quedaba”.

Zidane soñaba que era como él. Y lo hacía con un poco de Francescoli sobre la piel. Tras ganar la Libertadores, el Príncipe se midió con River a la Juventus en la Copa Intercontinental. Ganaron los italianos por la mínima, y al término del partido el uruguayo le dio su camiseta a Zidane. El año que ganó el Mundial con Francia, en las concentraciones de la selección, el astro francés dormía con la camiseta de Francescoli puesta. No le puedo culpar. Yo, a veces, también lo hago. Francescoli jugó uno de sus últimos partidos con River visitendo la camiseta que los millonarios habían sacado para conmemorar su centenario. Una edición exclusiva. Yo tengo esa camiseta.

“Es fuerte no tener más el “uruguayo, uruguayo”. Es fuerte no escuchar el ‘uhhhh’ cuando la bajás de pecho, perder la adrenalina antes del partido, el grito en el vestuario de ‘Vamos River, la puta madre’, es fuerte”, dijo, Francescoli, tras su retirada. Elegante, de regate quirúrgico, fenomenal. Genio hasta en la desmesura, porque al igual que Zidane coleccionó alguna expulsión improcedente en momentos importantes. Se fue a la calle en una Libertadores en el 87 por un entradón del chileno Astengo, que le partió el cuádriceps. Su respuesta fue tirarle un cabezazo. “Me expulsaron y ni siquiera le rompí la nariz”, dijo. Otro chileno, el ‘chiqui’ Echevarría, en su debut con la selección, aseguró al término del partido que estaba “contento con mi debut, lo hice bien y por suerte pude lesionar a Francescoli”. No le paraban siempre. Con Uruguay conquistó tres Copa América y un Sudamericano juvenil.

Mientras el fútbol se enzarza en la eterna discusión por la búsqueda de reyes, hay algo meridianamente claro, que no se puede discutir. El fútbol sólo tiene un Príncipe: Enzo Francescoli.

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