Historia de una mirada, Rebeca García Nieto

 

  

“(…) Es imposible saber con certidumbre si en el fondo no es triste la verdad.”
Miguel de Unamuno

La editorial Eutelequia (¿”buena-finalidad”, “finalidad-buena” en griego?), con feliz criterio, publicó esta novela en octubre del pasado año y un servidor ha terminado de leerla hace poco. Raudamente, con ansiedad, con apetito. Transcurre en parte en Ámsterdam y en parte en esa Castilla a la que ha asociado inmortalmente su nombre Miguel Delibes, tanto en una imprecisa actualidad como en el negro pasado. Se trata de la aciaga historia de algunas gentes de Aluches, faulkneriano -siempre me sorprende lo mucho que aquel escritor del profundo sur da y sigue dando de sí- trasunto de la localidad de Riaño, para la cual, en 1966, Franco firmó la ejecución de un embalse en el valle que no se realizó hasta 1987, cuando un ministro socialista, Javier Sáenz de Cosculluela, hizo efectivo el decreto del dictador. Antes de que inundaran el pueblo, hubo muchas protestas, los vecinos incluso se ataron a los tejados, hasta que entró la Guardia Civil y, como es fama en la Benemérita, repartieron leña hasta a los ancianos (aunque el tal Sáenz de Cosculluela, por lo visto, insistía en que “los sacaron a la sillita de la reina”). Hubo suicidios -un lugareño se ahorcó con tanta fuerza que se arrancó la cabeza-, pero nada pudo pararlos. Finalmente, se construyó un pueblo de repuesto arriba en la montaña, llamado el Nuevo Riaño, que en nuestra novela se refleja en el embalse de una manera simbólica tal que personalmente a mi me recuerda a San Manuel Bueno Mártir. De hecho, la autora introduce también un sacerdote descreído, Simón, pero en esta ocasión no para enfatizar la necesidad de la fe desde el abismo de la duda, como hiciera Don Miguel, sino, muy al contrario, para afincarse permanente, dolorosamente, en esa duda[1] -en mi opinión, desde el punto de vista teológico Unamuno no fue más que un espíritu protestante en una nación, la nuestra, inveteradamente católica, y de ahí su originalidad y su rareza…

Las referencias culturales no son aditamento mío, sino que pueblan la narración y el pensamiento de los protagonistas. Desde la pintura al urbanismo, o de la medicina a la escultura, el relato está cuajado de reflexiones nada triviales acerca de la naturaleza de nuestras obsesiones. Alejandro, por ejemplo, abogado de profesión, fue lector de Rilke en su juventud, aunque ahora

“alguien como él, que se sentía sobrepasado por la intensidad de la vida y el amplio abanico de posibilidades que ofrece, se sentía más a gusto en un mundo reducido a códigos, ordenanzas y decretos.”

Sara, su única hija, aquella hacia la que convergen todos los vectores de la saga familiar, carece de las defensas necesarias para soportar la carga de semejante pasado, y termina por dar con los huesos de su alma y la carne de su cuerpo en un peep show de los Países Bajos. Allí, le dicen que

“eres muy joven para saberlo, pero la realidad es el régimen totalitario bajo el cual vivimos.”

Pero es Nieves, la abuela que sufrió el desalojo, prácticamente analfabeta, quien se convierte en el objeto verdadero del interés del narrador. Casi me atrevería a decir que toda la obra es una bella elegía a la abuela moribunda, responsable de las ensoñaciones de su nieta Sara, ya que

en tiempos de la abuela, los dolores eran exactos y precisos, se regían por un rigor casi científico; en su época, los pesares se habían hecho demasiado abstractos.

Como piensa Ana, su nuera, neurocirujana y fiel esposa de su inanidad conyugal. Y es que es, en efecto, Nieves, en concreto la memoria de Nieves (en la que, por cierto, se disuelve la diferenciación entre sujeto y objeto, como quería Martín Heidegger para la obra de arte), el núcleo sentimental e intelectual de la novela. Su hijo mayor, Gonzalo, cuya reacción a los acontecimientos de Aluches fue de repulsa política, se pasa el tiempo intentando descifrarla. Pero ciertamente no es fácil, ya que el marido de Nieves, el abuelo, hacía gala de una sencillez repleta de misterios que incluyen también el de su propio fin. Una crónica, en definitiva, completamente atípica pero hermosa y profunda con la que su autora, Rebeca García Nieto, Doctora en Psicología y especialista en Psicología clínica, borda su estreno en la novelística echando una botella al mar[2] y desarrollando una temática que sólo quedó apuntada, o ensayada, en relatos tan cercanos a nuestras vidas y a nuestra común historia como el imprescindible Desgracia impeorable de Peter Handke.

Está esa película, ni buena ni mala, La sombra del diablo, donde Brad Pitt, herido de muerte, dice a Harrison Ford algo así como: “esta no es una historia americana, sino una historia irlandesa…” Pues bien: Historia de una mirada es, sin duda, nos guste o no, una historia española…

[1] “Los gusanos se apoderan de tu cuerpo cuando mueres… y de tu alma mientras vives”, dice Simón en pág. 250.

[2] La metáfora es suya: “Los suspiros le recordaban a esas botellas que lanzan los náufragos al mar. Cada suspiro es como una botella que porta el mensaje de alguien que hace tiempo se ha hundido”, pág. 280

 

 

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