Luis Martín-Santos, un recuerdo

Quizá no fue una casualidad que me acordara de Martín-Santos hace algunos meses, mientras me aburría en una de esas reuniones de psiquiatras en las que todo se reduce a adorar a algún líder de opinión, anglosajón habitualmente, que dice lo convenido según el evento (propaganda de los fármacos de moda: nada más) con mayor o menor teatralidad. En la penumbra de la sala mientras escuchaba la traducción simultánea de una psiquiatra americana que hablaba de mejorar la sexualidad de los psicóticos añadiendo más fármacos de eficacia evanescente a los que ya tomaban (pero ni una palabra de estudios que investigaran sobre las posibilidades sexuales que hipotéticamente tenían, ni de su deseo, ni de la influencia de su entorno, ni de posibilidades psicoterapéuticas concretas…) me dio por pensar si toda la psiquiatría española estaba allí (callada, como asintiendo), si compartía ese discurso y me acordé de Carlos Castilla del Pino y por él llegué a Martín Santos.

Leí “Tiempo de silencio” en 1977 coincidiendo con un seminario sobre “La generación del medio siglo” que dirigía Caballero Bonald para varios colegios mayores y que ya he contado en otra parte. Para él había habido un antes y un después de “Tiempo de silencio”. Antes, todos trataban de hacer realismo social, intentando poner de manifiesto las penurias del franquismo y dejando constancia de la necesidad de un cierto cambio social. Después, la mayoría comenzaron a experimentar con el lenguaje e intentaron escribir de otra manera, tratando de sumarse a las corrientes, sobre todo anglosajonas, de la literatura europea. “Tiempo de silencio” tiene influencias de Joyce y de un existencialismo que entonces, al autor, le interesaban mucho.

Por aquel seminario apareció mucha gente entre ellos Juan Garcia Hortelano, un tipo entrañable y divertido que a su vez  apareció  un día con  Juan Benet, del que era muy amigo, con su aspecto de pájaro y su lengua elocuente y viperina que entonces no relacionaba todavía con Martin-Santos. Solo cuando años después leí “Luis Martin Santos: un memento” dentro de “Otoño en Madrid hacia 1950” (Alianza,1987) comencé a saber de la relación tan intensa, ambivalente y competitiva que tuvieron y de cómo Benet se vio reflejado en un personaje de la novela (Matias) que no le gustó demasiado.

Releo ahora ese capítulo de Benet, minucioso y honesto con la memoria, a la vez que miro fotografías de ellos que no conocía en un monográfico dedicado a Martín Santos en Letra internacional. Veo a Benet muy joven y de aspecto ingenuo en la boda de Luis que, en todas las fotos, parece mucho más formal y engominado. Releo fragmentos de “Tiempo de silencio” que narran las andanzas, que también Benet cuenta, de los varones de aquellos años que, a duras penas, lograban esquivar la pobreza cultural del entorno y la represión sexual, por mucho que trataran de embozarla con alcohol y ocurrencias literarias más o menos elaboradas.

Luis era ya médico cuando llegó a Madrid a hacerse cirujano, según los deseos de su padre (cirujano militar), para seguir la saga familiar en la” Clínica Martín Santos” de San Sebastián. Era un estudiante brillante y ya había hecho una parte de su drástica transformación. A los 17 era un alumno brillante de los marianistas, militante católico; a los dieciocho era un ateo que no se guardaba de ocultar su condición (se casó en los Jerónimos sin embargo: quizá para poder acceder a un estatus que sin duda pretendía o porque, en aquella época, no había otro remedio). Tras un tiempo de cirujano en prácticas en el Hospital General de Madrid se comenzó a interesar por la psiquiatría que era la especialidad que le ofrecía más posibilidades de especulación intelectual, compatibles con sus aficiones literarias, dentro de la medicina. Benet habla de las personas y factores que influyeron en esta decisión: Felix Letamendía, un singular compañero de bachillerato, de extracción social humilde, que terminó trabajando como siempre había querido de psiquiatra en Inglaterra; Carlos Castilla del Pino (pueden leerse los pasajes en “Casa del Olivo” , Tusquets 2004) que entonces ya se formaba, como luego Luis, a la sombra de Lopez Ibor, máximo representante de la psiquiatría oficial de la época; quizá un factor personal, la enfermedad de su madre.

Entonces prevalecía la escuela alemana y trató ordenadamente de ponerse al día incluso viajando a Alemania y tratando de aprender el idioma. Su tesis dirigida por Lain Entralgo (“Dilthey, Jaspers y la comprensión del enfermo mental”) apunta en ese sentido. Luego se abrió hacia el psicoanálisis que trató de conciliar con el existencialismo que eran los dos grandes vientos intelectuales de la época en “Libertad, temporalidad y transferencia” en el psicoanálisis existencial.

Supongo que, como Castilla del Pino, ambicionaba una cátedra probablemente en Madrid, pero el azar lo llevó primero en 1950 a Ciudad Real como director del Hospital Psiquiátrico. Trato de imaginarlo yendo y viniendo desde Madrid de lunes a viernes, su rutina diaria en un hospital lóbrego que yo conocí casi treinta años después y que ponía los pelos de punta porque era el estereotipo brutal de un manicomio; la práctica clínica concreta que haría; las relaciones que trabó con los médicos de la ciudad (¿vivirá todavía alguno que lo hubiera conocido?, los paseos que quizá diera por el parque Gasset o las cañas que se tomaría en los bares de entonces ¿El Ideal, el Felipe, el España...?). Supongo que le repugnaría todo aquello, que alimentaría su militancia política o la mirada literaria, pero que a la vez daría cobijo a la prudencia para no perder sus oportunidades académicas que, en aquella época (¿como ahora?), pasaban por estar entre los elegidos de quien movía todos los hilos.

Por fin el azar le propició poder opositar en 1951 a la plaza de director del psiquiátrico de San Sebastián. Entonces ya se había casado con Rocio Laffon y parecía abrirse ante él un futuro sumamente prometedor, prestigio literario y acomodo profesional. Pero desde el principio aparecieron malos augurios. Gano las oposiciones a un médico interino que poco después apareció ahorcado en una dependencia del hospital. En 1963 murió Rocío por un escape de gas y en 1964 murió él mismo de un accidente de tráfico (como Ignacio Aldecoa) con 39 años.

Aunque no conozco los textos psiquiátricos de Martin Santos (publicados en parte en 2004 parece que era consciente, según leo en un artículo de Enrique Baca Baldomero de la necesidad de integración de los aspectos biológicos y los psicosociales. “No todo es neurología pero no todo es ideología”, “La causa de toda enfermedad psíquica en una alteración cerebral pero, en ninguna enfermedad psíquica, la causa determina la totalidad de la vida psíquica del sujeto”. Así utilizó los fármacos del momento pero trató de construir un modelo psicoterapéutico que superara el enfrentamiento que entonces se daba entre el psicoanálisis y el análisis existencial. Hubiera sido muy interesante ver como hubiera evolucionado en ese objetivo, si se hubiera abierto a las corrientes de psicoterapia americanas de los sesenta, cómo le habrían influido los posteriores avances en neurociencias. Quien sería ahora mismo si el tiempo lo hubiera respetado y mantuviera todavía el vigor intelectual.

En cualquier caso leyendo ”Tiempo de silencio”, no imagino a Martín-Santos como un psiquiatra exclusivamente reducido a los fármacos sin practicar también de forma integrada algún tipo de psicoterapia. Tampoco como alguien que supone la enfermedad mental al margen de las condiciones sociales y culturales de los individuos. A lo lejos admiro (y echo de menos en el panorama médico de estos momentos) su energía, su ambición, su altura intelectual, su capacidad para – en tan pocos años – llegar a ser un excelente escritor, un buen médico, un ciudadano comprometido, un tipo con intención de vivir la vida con intensidad y, por desgracia, de estrellarse con ella demasiado pronto.

 

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