Patente de corso

 

Hay quien dice que Arturo Perez Reverte es un escritor de best sellers,  un jodido ex-periodista bastante chulo, con mala leche, políticamente equivoco y con mucha suerte por haber salvado el pellejo en algunas guerras o haber ganado algún dinero vendiendo libros en todo el mundo. Hay gente que dice muchas cosas. Pero Arturo Perez Reverte es un escritor de verdad, de un cierto estilo si se quiere, y que además trata de vivir como un escritor, ser un modelo de como puede gozar y sufrir la vida un escritor. Mirar y desesperarse en las guerra estúpidas y crueles; indignarse  cada día con algunas convenciones sociales muy hipócritas; pero también gozar de las cosas amables de la vida mientras se escribe una novela: como un atardecer desde la terraza de Florian en Venecia o la caricia de las almohadas mullidas de cualquier hotel caro donde se puede amar eternamente a una mujer hermosa o disfrutar de una buena lectura. Un escritor que utiliza la literatura como un arma o un refugio. Un escritor que habla con los vivos y con los muertos y que escribe de los libros que lo han acompañado cosas como esta

 

 

“Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía. Hojeándolos mientras ordeno los estantes, compruebo que muchos de esos lugares y momentos los olvidé; pero otros siguen claros en mi cabeza: salpicaduras de agua de mar en varios volúmenes de la serie náutica de Patrick OBrian, incluida una que emborrona levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; el tomo II de las obras completas de Thomas Mann, que durante veintiún años viajó en mi mochila y fue leído tanto junto a mesillas de noche de hoteles de lujo como a la luz de una vela o una linterna en lugares olvidados de la mano de Dios; las Vidas paralelas de Plutarco en un solo volumen que conserva entre sus páginas tierra y suciedad de hace treinta y cinco años, en Eritrea; la edición compacta y viajera de Moby Dick, de la que una vez alcé los ojos para ver, resoplando muy cerca, ballenas azules al sur del cabo de Hornos; El amante sin domicilio fijo, que leí sentado en la punta de la Aduana de Venecia, cuando allí aún no iba nadie, antes de que fastidiaran el lugar con la estúpida escultura del niño y la rana; la Eneida que cada noche me consolaba, a modo de analgésico, en una habitación sin cristales del hotel Holiday Inn de Sarajevo; el Quijote anotado a lápiz que me acompañó cuando recorría La Mancha por pueblos y ventas, pisando la huella de sus personajes; el Lord Jim que fue mi única compañía durante un ataque de malaria que estuvo a punto de despacharme al otro barrio, mientras temblaba tirado como un perro en un hotelucho infecto de Nairobi; el Stendhal de La Pleiade que estaba en mi mochila cuando entré con los guerrilleros en el búnker de Somoza, en Managua; la biografía de Hemingway y Scott Fitzgerald leída en el hotel Hornet Dorset Primavera de Puerto Rico, ante una playa sobre la que planeaban los pelícanos mientras las mujeres más hermosas del mundo se recortaban saliendo del agua en el contraluz rojizo del atardecer… Sitios amueblados por la biblioteca que ahora me rodea; libros que, con sus marcas y cicatrices propias, tallaron las mías. Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí. Sin esa geografía de páginas vinculadas a lugares y recuerdos, nada de cuanto veo al mirar atrás tendría sentido. “

 

 

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