Aristocles el ateniense, II: Sócrates Superstar

Para Pelayo M., aficionado a las llamas…

 

Como indiqué, no estuve presente en el sacrificio público de Sócrates, el hombre más sabio y más íntegro de nuestra época, pero los hechos me fueron relatados de primera mano por Fedón, que sí tuvo el coraje suficiente como para asistir a la trascendental escena de su final pese a su insoportable crudeza, y que me refirió pormenorizadamente sus últimas palabras en los solemnes términos que paso a reconstruir en las siguientes líneas como si de una carta abierta a la humanidad se tratase, tal y como apareció tiempo después en mi portal para oprobio y escarnio del mundo:

 

“Sr. Juez:

 Cúlpese a todo el mundo, sin excepción, de mi muerte. En primer lugar a los atenienses, que me han conducido hasta este extremo, luego al conjunto de los griegos, que han permitido la decadencia de su cultura milenaria, y, por último, al planeta entero, por encajar tan resignadamente las consecuencias de una situación creada por unos pocos. Mis acusadores me persiguen por cargos que implican incuria en mis cuentas particulares por “haber vivido largo tiempo por encima de mis posibilidades”, según dicen, habiendo incurrido en deudas astronómicas que me es imposible saldar ni aunque viviese varias vidas, y yo por mi parte les acuso a ellos, Anito, Meleto y Licón, y por extensión a la especie humana viva, de ignorantes, de estúpidos y de borregos, arrodillados como están ante el dinero, lamiendo como quién dice las botas lustrosas del daimon Mammón. No me interesa en absoluto en este momento crítico acudir a twitters ni a facebooks o youtubes ni, en general, llamar la atención sobre mi caso haciendo lastimosas payasadas en los medios de formación de masas o en las, así llamadas, redes sociales: lo que tengo que decir en mi defensa está implícito en mi modo de vida, y los que me conocéis lo sabéis perfectamente. Atenienses, mi decisión es firme. Ya no tengo edad para huelgas de hambre, tampoco pienso huir vergonzosamente de mi patria hacia cualquier parte y no aceptaré generosos regalos o prestamos de última hora de aquellos que tuvieron a bien seguirme en mi camino y compartir conmigo enseñanzas y descubrimientos. La cárcel, por otro lado, me parece un destino francamente ridículo para alguien a quién debíais escuchar y tener siempre a vuestro lado, y si merezco algún castigo por mi conducta, este sólo podría ser, si acaso, la presidencia vitalicia del país. Sería un duro castigo para mi, en efecto, atenienses, no os escandalicéis, pero como entiendo que a vosotros, asalariados de esta república de gusanos, os parecería el más alto beneficio concebible, encaro ahora mismo la muerte voluntaria por la virtud purificadora del fuego, y caiga sobre vuestras conciencias este crimen colectivo que perpetráis sobre mi cuerpo.   

Recuerdo que fue mi amigo el periodista Querofonte de La voz de Delfos quién primero me hizo llegar la noticia de que, según las encuestas, yo era el hombre más “indignado” de toda la Hélade. Ignoro que sea ser un “indignado”, yo no finjo una falsa virtud desde la cual las injusticias me resulten totalmente ajenas, monstruosas, incomprensibles. Los hombres somos injustos la mayor parte de las veces, desgraciadamente, y todos los sermones de la Tierra sólo podrían mitigar mínimamente esta amarga verdad. Pero, ¡oh, atenienses!, una cosa es eso y otra admitir como conciudadanos nuestros a unos seres que se valen de tales injusticias para colocarse en la posición de amos nuestros, como si su mera ambición les diese derecho a ello. Porque esto es exactamente lo que más desean en el fondo de sus hueros corazones: el dinero, los lujos y los bienes de que se rodean no son más que el símbolo, totalmente vicario, de su verdadera voluntad, que se dirige hacia la exclusividad del poder. Ellos no quieren únicamente llenarse el bolsillo a nuestra costa: verlo así no es más que utilizar la lógica del esclavo para tratar de explicarse al patrón. Os desprecian y aspiran a mandar sobre vosotros, a utilizaros como sus sirvientes perpetuos, simplemente porque no saben vivir de otra forma. ¿Soy por tanto el más indignado de los indignados, algo así como el campeón de los indignados? No, atenienses, ¡por el perro!, sólo soy un hombre que estaba postrado y que se ha erguido. Y desde mi nueva altura, que es la mía natural y que también sería la vuestra si acertaseis a seguir mi ejemplo, he mirado a los ojos a los que se pretenden amos del mundo y los he encontrado enanos de tamaño y de alma mezquina. Políticos, charlatanes, “gente guapa”, espadones, empresarios, “artistas” y resto de sabandijas y chupópteros… ¿Qué nos importan sus falsas razones, las ideas que proclaman por los cuatro vientos como suyas, y que no son sino máscaras tras las que se esconden para mejor brillar? Todos lo habéis visto: he dedicado mis días a perseguir, acorralar y finalmente echar abajo en la medida de mis fuerzas esas máscaras, ya que no es posible echarlos abajo a ellos sin desatar una violencia de resultados imprevisibles. Es, ciertamente, preferible que me mate yo antes de que termine por matar a alguien y entonces podáis procesarme con fundamento. Me acusáis de despilfarrador, de incontinente, de advenedizo, de quiero-y-no-puedo, cuando sólo he gastado lo que no tenía por ponerme al nivel y moverme en el círculo de los amos a fin de desenmascararlos. Y creedme, ¡oh, compatriotas atenienses!, detrás de esas máscaras rientes y obtusas no hay nada, nada excepto ese patética ansía por ser alguien, a cualquier precio, bajo cualquier circunstancia. Yo, al menos, sé a ciencia cierta que no soy nada, pero me condenáis como si fuera o quisiera ser alguien…

Por eso, y por ningún otro motivo, he actuado a la manera de un tábano, vuestro tábano, picando aquí y allá donde me ha parecido que el cuerpo público pudiera empezar a aletargarse como se aletarga un caballo fuerte y vigoroso pero ya lento y cansado. No se puede decir que me haya servido de mucho, como es notorio en nuestro actual estado de calamidad nacional, y, sin embargo, justo cuando más precisáis de mi queréis hundirme en el negro pozo de la infamia. No, ciudadanos atenienses, pueblo heleno, gentes todas del mundo: si hay aunque sea una pequeña oportunidad de que seamos algo en vez de nada, y un algo que tenga que ver con la Verdad, la Justicia, la Belleza, el Bien y cosas de ese estilo, tendrá que ser por otro camino, por un muy otro camino realmente. Ese camino es un desvío a partir de la carretera principal de nuestra historia en el que no caben ya escapatorias en la forma de esas fruslerías tecnológicas, drogas imbéciles o pueril pornografía que tanto parecen gustaros y que nunca os han servido para nada. Al contrario, han hecho de vosotros unos patanes, unos analfabetos funcionales: ya ni siquiera sabéis leer en la mirada de vuestro vecino, por no hablar de leer en el titular de un informativo. El desvío que la sabiduría propone es, en realidad, un regreso a la claridad de antaño, cuando el mundo era nuevo y todavía diáfano. El alma que lo recorre es, por ello, en cierto modo inmortal. Yo, que me consta que no soy nada, porque no he sido capaz de edificar Verdad ni Justicia alguna a mi alrededor cuando aún tenía oportunidad, soy, por el mero hecho de saberlo, ya un poco más que vosotros y, no obstante, a fin de cuentas sólo un pálido precursor, una débil voz de alarma, un gesto anticuado y una reliquia parlante que apenas merecería vivir si es reducida a la invisibilidad y al silencio, conque, ¡ea! ¡adiós, atenienses, adiós para siempre, y no lo olvidéis: erguíos!

 A continuación, dichas estas palabras u otras similares, se roció de gasolina cuidadosamente y se prendió fuego delante de la multitud espantada presente a esa hora en el ágora Syntagma, con el edificio del Parlamento como mudo y abochornado testigo, ardiendo no como la consabida tea, sino como un relámpago en la noche. Yo, Platón, tomo sobre mí la responsabilidad de seguir hablando en su nombre, con moderación pero también con energía, mientras me sea posible, a sabiendas de no estar a la altura de semejante misión. Me dicen que, ya en la UCI, calcinado, encogido, negro, con la clámide destrozada pegada al cuerpo y delirando, su rostro parecía, por primera vez, bello.

 

* Para disfrutar la serie completa, puede hacerse en los capítulos I, III y IV

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