El Discurso del Método en los tiempos de Wert

 

Les miro con cierta lástima, con condescendencia. Son una buena clase, son alumnos aplicados e inteligentes pero sé que aún no están listos para comprenderme. Aún así les hablaré de ello. Tengo entre mis dedos un ejemplar del Discurso del Método. Lo miro y lo trato como si se tratara de un talismán, de un objeto mágico, sagrado, de lo poco que en esta vida me merece un respeto reverencial. Ellos solo ven un viejo y amarillento libro, una aburrida obligación, un escollo más en la obtención de un título. Son 199 páginas las de mi edición, que incluye las Meditaciones metafísicas. Solamente 199 páginas para cambiar el mundo, para hacer temblar los cimientos de una civilización obsoleta. Subo el brazo y apunto con el libro al cielo. Este conjunto de hojas amarillentas es más poderoso que un misil termonuclear – les digo. Este libro fue una auténtica arma de destrucción masiva, porque más allá de los átomos de este mundo físico existe un mundo simbólico, existe un mundo de ideas, dogmas y prejuicios, de creencias y proyectos capaces de mover montañas o de hacer desaparecer civilizaciones enteras. El más poderoso de los emperadores no tiene más fuerza que un mendigo si sus súbditos no creen como una verdad irrefutable que deben obedecerle. En esa idea, en esa creencia bien arraigada, radica la totalidad de su poder. Si esa creencia tiembla, si esa idea se resquebraja, pronto comenzarán las sediciones. Ideas, todo se sostiene en ideas. Es difícil de creer. Uno piensa que la historia la mueven columnas de blindados y bombardeos por saturación. No, detrás de los escudos de las legiones romanas había mentes que creían con toda su alma que morir por el imperio era la forma más digna de vivir. Cuando esta creencia se desmoronó las hordas bárbaras saltaron el muro de Adriano y cruzaron el Rhin.

Un nuevo mundo, una nueva época, una forma diferente de ser. Estoy seguro de las burlas, de las risas de aquellos que no veían más allá, que pensaban que no era posible cambiar o que, simplemente, no interesaba. Estoy seguro del miedo, del rechinar de dientes de aquellos que vieron que su forma de vida se caía a trozos, que todas las certezas se desvanecían. Me imagino la inseguridad de aquellos que se perdían en las páginas de Montaigne, la carta de defunción de una época. Los cambios, las crisis son pura incertidumbre. Significan que lo que tenemos ya no nos vale pero que aún no tenemos repuestos. Significan miradas desesperadas buscando entre la multitud nuevos referentes, nuevos guías que iluminen, que marquen el camino a seguir. Pero, ¿cómo era posible un nuevo mundo? El orden medieval, dado así por naturaleza, representación perfecta del orden divino… ¿cómo era posible algo diferente? No lo era, o eso es lo que debería parecer a la inmensa mayoría de los europeos del siglo XIV. Y aún así ocurrió. Llegó la burguesía, llego la brújula, llegaron la pólvora y la carabela. Se descubrieron nuevos continentes y el mundo se hizo gigantesco. Y llegó la imprenta y las ideas se multiplicaron. Y Descartes publicó su Discurso del Método y el mundo saltó por los aires. 199 páginas que dinamitaron completamente una determinada cosmovisión, que hicieron reventar creencias arraigadas durante siglos. Nació la Modernidad y renacimos de las oscuridades del Medioevo.

Cuando en clase levanto el libro y, en una imperdonable teatralización, intento hacer que mis alumnos no solo comprendan, sino que se fascinen ante el peculiar poder de tal objeto, sé que no lo voy a conseguir. Son muy listos y me escuchan con atención, pero para comprender algo así hacen falta muchos años de estudio, hace falta mucha comprensión previa. Hace falta saber mucha filosofía, mucha historia, mucha ciencia y muchas matemáticas, hace falta un conocimiento de la realidad que solo una buena complementación de saberes científicos y humanísticos pueden otorgar, solo una cierta madurez fruto de años de estudio, de tardes y noches de artesano trabajo intelectual. En un futuro próximo, si continuáis el camino, lo comprenderéis. O quizá no. Cuando leo los diferentes borradores de la nueva ley de educación constato tristemente que muchos jamás llegarán a entenderme. La LOMCE, suponemos que en pro de cierto “pragmatismo emprendedor”, destroza los saberes humanísticos y, dentro de ellos, daña especialmente a la filosofía. Mis alumnos ya no sabrán quién fue Descartes y la revolución que supuso su Discurso del método. Creo que saber eso es fundamental y no saberlo significa simple y llanamente ignorancia, se mire desde la perspectiva pedagógica que se mire. Y es que no se me ocurre mayor dislate que un sistema educativo sin una historia del pensamiento. Me gustaba pensar en la asignatura Historia de la Filosofía como en el culmen de la educación secundaria. Cuando el discente tiene casi dieciocho años y está a punto de partir hacia la universidad, se encuentra con la asignatura de madurez que sintetiza y culmina todo lo aprendido. Cuando la Historia de la Filosofía desaparezca, la educación secundaria quedará decapitada y marchará errante sin sesera. Ahora, nuestros chicos sabrán muchos idiomas, lo cual está muy bien. El problema es que si uno es imbécil, ser imbécil en cinco idiomas no te aleja de serlo. La filosofía, por el contrario, intenta protegerte de la estupidez. El pensador francés Guilles Deleuze la definía sencillamente como detectar la sempiterna estulticia allá donde se encuentre. Y, precisamente, creo que en estos tiempos, la idiotez abunda por doquier.

Si el Discurso del Método supuso precisamente una luz que sacó a Europa de una época de crisis, una referencia obligatoria para todos los intelectuales que le siguieron… ¿Cómo vamos a salir de ésta si no formamos a nuestros estudiantes en las ideas que nos sacaron de las diversas crisis que precedieron a ésta? Y es que sigo dándole vueltas a la cabeza y no puedo imaginar una menor amplitud de miras. ¿Cómo podemos prescindir de una historia del pensamiento? ¿Cómo prescindir del pensamiento? ¿En qué se convierte entonces la educación? ¿Pero es que educar y enseñar a pensar no son sinónimos? Cogito ergo sum sentenció Descartes para la historia. Afortunado él, que existía porque pensaba. Mis alumnos pronto dejarán de existir.

 

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