La fina línea de la fortuna

 

La lluvia había caído sin cesar toda la tarde pero ahora la noche había quedado limpia como un rostro recién lavado. Salió del coche y subió las escaleras de su casa. Cuando metió la llave en la puerta notó una sensación de que algo no estaba en su sitio, pero no le dio importancia. Tenía ganas de ponerse cómodo, de tomarse una cerveza con unas aceitunas de esas que tienen un pepinillo dentro, de seguir leyendo las memorias de Talese que le producían esa sensación tan agradable de contemplar una vida en perspectiva, llena de muchas historias. De pronto oyó un sollozo en la cocina y se sobresaltó. Cuando abrió la puerta fue consciente de lo que había echado en falta al entrar en su casa. Su perro, estaba tumbado de rabo a oreja en medio de un charco de orina y su mujer lo miraba con congoja, como si contemplara de nuevo algo que le había dado tanto miedo.

La mañana era transparente como un limón muy frío. Se metió las manos en los bolsillos y alivió calle abajo, esquivando a gente que caminaba más despacio por la acera o que se paraba en los escaparates de ropa o de zapatos. Se había escapado del trabajo un momento porque necesitaba verla, hablar con ella. Recordaba la conversación telefónica de la noche anterior, la discusión tonta que fue escalando hasta convertirse en un intercambio de reproches que no venían a cuento y que le dejo un mal sabor de boca. Su madre vivía sola y era muy mayor, pero se dio cuenta que la veía como esa mujer enérgica y un poco autoritaria que siempre había sido y de la que algunas veces tenía necesidad de tomar distancia. Ser hija única no era un asunto fácil muchas veces. Se detuvo en el portal y buscó la llave pero no la encontró. Comenzó a llamar al timbre. Esperó el sonido de su voz en el portero automático pero no contestó nadie. Insistió varias veces. Miro de nuevo el panel de los números por si se había equivocado y comenzó a sentir una sensación de irrealidad. mientras la angustia ascendía por su vientre hasta la garganta.

Se quedo paralizado mirando al animal. Recordó que dieciséis años eran muchos para un perro, que algún día tenía que llegar y que más valía que hubiera sido así, de pronto. Pero no pudo evitar acordarse de todo lo que yacía ahí en el suelo: la alegría agitándose en su cola para saludar a todas las mañanas;  los ladridos muy agudos cuando alguien aparecía a lo lejos acercándose a la casa;  su presencia tranquila e incondicional, siempre a su lado, mientras leía al sol en la terraza; el recuerdo de un tiempo en el que los niños eran tan pequeños y el futuro tan intacto. De pronto el perro comenzó a moverse, primero la cabeza, luego inició un leve balanceo, por fin se levantó, como sí estuviera un poco sonado, pero pronto comenzó a caminar con ritmo y a husmear paraísos por los rincones. Todos suspiraron. Y fueron a por la fregona para limpiar la meada.

Un vecino apareció en la puerta. La saludó con una sonrisa frunciendo su bigote fino, un poco pasado de moda. Ella casi no le prestó atención y se metió en el portal casi corriendo. Se miro en el espejo del ascensor mientras ascendía al tercer piso. Reparo en el olor, conocido desde hacia tanto tiempo y se sintió muy vieja. Por fin estaba delante de la puerta y apretó el timbre una y otra vez. Cuando llevaba un rato salió una vecina con una bata azul pálido que le llegaba hasta los pies. Comenzó a hablar con ella, a contarle que su madre no le abría, que si la había visto. No sabía nada y su preocupación aumentaba sin cesar. Se le ocurrieron cosas que ya no podría decirle y los ojos se le inundaron de lágrimas. Comenzaba a pensar en llamar a la policía cuando el ascensor paró haciendo un ruido seco. Y ella apareció, tan contenta, recién salida de la peluquería.

 

* Fotos de Henri Cartier-Bresson y Hugo González Granda

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