Los superhéroes en los ’80

 

Para Carmen Alice Liddell Flores, que nació entonces…

 

Cuánto más mayor me hago más pienso en los mitos.

Aristóteles

 

Todo poder es deber.

Víctor Hugo.

 

Ayer en un bar vi un anuncio de marca de coche que dice que los años ochenta del pasado siglo no fueron buenos en todo, sino fundamentalmente en la música. En efecto, aquella década, que si la comparamos con la tesitura europea actual fue próspera y estupenda, estuvo precisamente en el germen de lo que hoy está ocurriendo, y en ese sentido los Reagan, las Thatcher, los Wojtyla, etc… no, hay que reconocer rotundamente que no fueron nada buenos a la larga, si acaso pan para hoy y hambre para mañana (pensando sólo en el llamado “primer mundo”, por supuesto). Pero, para algunos, los ochenta se salvan también por los cómics, y no únicamente por el cine o la música pop. Es cierto que el género superheroico en particular es, ha sido, y será, en general, de pésima calidad -mucho peor, sin duda, que la música popular increíble que le ha acompañado históricamente desde su primera aparición en 1938-, como corresponde al público lector medio norteamericano, que se cuenta entre los más zafios, crédulos e incultos del planeta. Sin embargo, justamente en los ochenta sufrió una notable renovación que lo hizo, como poco, menos malo, menos tedioso y vergonzante, dando lugar, en estelares ocasiones, a absolutos clásicos, que son los que hoy todavía sirven de referencia incontestable para las muchas películas que desde principios del presente milenio se hacen sobre los chicos y chicas vestidos de mallas. Es decir, que me resulta difícil pensar que, para bien o para mal, vayan a hacerse en los próximos años más películas de superpoderes (y, una vez abierto el filón, la cosa va para muy largo…) que no consistan en acumular caras famosas y efectos especiales sobre los giros imprimidos en el estilo de los comic-books americanos producidos en “aquellos maravillosos años” –como para todo hay una excepción, creo que la trilogía del Iron man de Robert Downey Jr. no se parece a nada hecho entonces, en este especial caso, para honra suya.

Por tanto, la materia de la que están hechos nuestros sueños, o, por lo menos, estos sueños tan sociológica y económicamente relevantes, procede de los ochenta y es más bien deleznable. Resulta casi natural que una mitología compuesta de seres imposibles y ridículos nos parezca ahora  a muchos de los que la frecuentábamos entonces infantil e irrisoria. Porque es imposible, e infantil, que poderes tan desmesurados que someterían a la humanidad de un plumazo se pongan al servicio de la defensa no tanto de esa misma Humanidad en su conjunto como de los privilegiados ciudadanos de EEUU, que parecen entender que se lo merecen. Y es ridículo, e irrisorio, que los portadores de tales dones se constituyan en una casta de caballeros andantes que, investidos de características totémicas y vestidos como aves exóticas, lo mismo bajen un gato de un árbol que salven al universo de su destrucción. Hasta ahí está, creo, claro. No obstante, James Kakalios publicó un libro en 2006 titulado La física de los superhéroes (Ma non troppo) donde trató de mostrar cómo en esas historietas las Leyes de la Física más avanzadas se respetan más de lo que pudiéramos pensar, e incluso que podemos llegar a aprender de esa materia gracias a los cómics. Cuesta creerlo, pero ese no es, en cualquier caso, el problema, al menos el problema inicial…

El problema es que, en su dimensión moral, los personajes superheroicos son demasiado bonitos para ser ciertos, como si lo que realmente se buscase del lector fuese ofrecerle una sublimación de su ansía adolescente de superioridad con la coartada de aplicar la fuerza para hacer el bien. Cualquiera que tenga un hijo pequeño sabe que lo que le importa de Superman es que gane, y puestos a ganar, debe ganar a los malos, desde luego, o si no sería pura violencia gratuita. De hecho, los superhéroes ganan siempre, eternamente, infatigablemente, porque lo que les hace ganar no es la “física” de sus extravagantes poderes, sino su espíritu, o sea, su voluntad. La victoria es cada vez suya porque cada vez su causa es la correcta, mientras que la del supervillano no. Ganan, en consecuencia, porque deben ganar, son códigos éticos encarnados, normas vivientes, lo cual legitima la fuerza que, inevitablemente, habrán de hacer para ganar, pero -aquí está en mi opinión la clave-, legítima o no legítima, sin el ejercicio de esa fuerza (en la mayoría de los casos importa más la fuerza que la habilidad) la narración perdería todo interés. En otras palabras: los superhéroes han de ser tan esquemática y simplonamente éticos porque así la exhibición violenta de su divinidad se torna simbólicamente soportable para las costumbres de la sociedad a cuyo consumo se dirigen, y esto es así necesariamente. Los malos, pues, son el soporte secreto de la fantasía: gracias a la absurda presencia de los malos, que, como todos sabemos, en la realidad son los que habitualmente ganan, el lector descarga su violencia con la conciencia limpia. Los buenos les zurran a lo bestia, por malos y antidemocráticos, aunque también cobren lo suyo, y al final terminan por vencer por su adhesión voluntaria e inquebrantable al Bien, y no en razón de su, también sospechosamente antidemocrático, poder particular. Por otra parte, también todo esto está bastante claro y es de una psicología más bien básica. La única novedad estética reside en el origen pseudo-científico de la mutación que hace de un hombre cualquiera prácticamente un dios, algo que tiene que ver, primero,  con la manera en que los avances tecnocientíficos han impactado en la conciencia común (que los asocia a una especie de magia repetible, disponible), y, segundo, acabo de decirlo: con  el hecho de que para ser un dios norteamericano parece que no hay que proceder de buena familia, sino que basta con ser un dios hecho a sí mismo, como el empresario calvinista, es decir, un  self-made-god.

La segunda novedad vino de la mano de Stan The Man Lee en los sesenta, que ve las consecuencias del problema y le pone una determinada solución. Porque si el protagonista es superpoderoso, el villano lo tiene que ser aún más para suponer algún peligro, creándose así una suerte de “escalada armamentística” de poderes que sólo conduce a la rutina y a las expectativas confirmadas. De modo que hagamos al boy scout sin tacha un entrañable desastre en la vida cotidiana: así, la heroicidad se duplica por la humanidad del héroe, que paga facturas, coge resfriados y pierde a la novia. Este es, como ya se habrá reconocido, Spiderman[1], y después de él, toda la factoría Marvel, que adelanta ya para los restos a la DC del soso pionero Superman. Los números de Stan Lee y John Romita Sr. de The Amazing Spiderman están entre lo más granado, con diferencia, de la producción anterior a los años ochenta. Le sigue The Fantastic Four, del mismo mirífico guionista y Jack The King Kirby, serie con un gran potencial que plantea una familia protagonista potenciando la ciencia-ficción (aunque representen sui generis la prehistoria de la ciencia: los cuatro elementos de Empédocles de Agrigento personificados). Por último, el tercero en interés salido del incontenible magín de Lee es The Incredible Hulk, Doctor Jeckyll y Mister Hyde que sufre crisis de identidad y amargas soledades en ambas personalidades, lo cual es ya de nota. La idea de fondo, si no me equivoco, es la siguiente: ¿no es un dios acaso más divino todavía si además de sobrellevar batallas con el Mal en nombre de los inocentes se ve en el trance de superar hipotecas y disgustos con los vecinos? La siguiente vuelta de tuerca son unos superhéroes incomprendidos a de los que sus propios compatriotas recelan por su condición casi racial: me refiero a los mutantes, The Uncanny X-Men, los cuales llevan el sufrimiento inscrito en los genes, puesto que ya es el colmo pelear por gente que después de salvarles el cuello se empeñan obstinadamente en odiarte…

Fueron estos, por fin, que nacieron sin pena ni gloria del agotado vientre de Stan Lee (creo que estaba harto ya de inventar orígenes inverosímiles para los poderes), los que se convirtieron de la noche a la mañana en el buque insignia de la editorial en los años ochenta gracias a su sagaz renovación por Len Wein y Dave Cockrum en el Giant Size nº1 y su posterior elevación al top de ventas de la mano de Chris Claremont y John Byrne. Este Claremont, que se ha pasado media vida con los personajes, es el responsable último de los guiones que se han trasladado al cine en la trilogía de los hombres-X, sobre todo desde los números 148-149 de la serie regular, donde llevó a su auge el paralelismo de la persecución anti-mutante en analogía con la persecución nazi sobre los judíos (ambas encarnadas magníficamente, todo hay que decirlo, por Erik Lehnsherr, Magneto). Pues bien: los y las -Claremont, el lince, hizo que ellas raramente pasaran de unos 18 años tan prohibidos como esculturales- X-Men eran extraños, mystifs, unheimlich, debido a su mutación congénita y a su subsecuente clandestinidad social. Una mutación que, además de otorgarles cualidades de toda variedad, les transformaba también en adolescentes turbados a lo Dean-Cobain, lo que llevó con el tiempo a Claremont a la megalomanía de creerse el Shakespeare de los frikis, a los que llenaba las viñetas de las tribulaciones hamletianas de Storm, Nightcrawler o Colossus, que además, y por primera vez, eran plurinacionales. Así, los pobres tenían que cargar con la lacra de vivir escondidos en el mundo de los simples mortales, “homo superior” ellos entre vulgares homo sapiens (lo cual hasta al repollito de Harry Potter le enorgullece más que le pesa), sin contar con sus propias y nunca del todo solucionadas angustias existenciales. Curiosamente, es Wolverine, el más viejo y resabiado de la pandilla, el personaje cumbre del boom, pese a los denodados intentos de Claremont de torturarle más que a nadie ¿Y por qué? La explicación se llama Frank Miller y el momento fue su participación en la mini-serie homónima de 1982, que es adonde quería llegar[2].

Miller ya había destacado soberbiamente ex nihilo y jovencísimo reflotando la colección de Daredevil de una muerte segura, y tras remozar a Wolverine y sacarse de la manga Ronin fue él el auténtico superhéroe de la década que sacó a la industria del previsible estancamiento mutante, sobre todo cuando se pasó a la segundona DC para recrear a Batman (otra historia es la enorme aportación ochentera de Alan Moore, pero eso ya lo he rozado en artículos anteriores de esta revista y precisa capítulo aparte). Como decía Alfonso Guerra de España, a Batman ya no lo reconocería ni la madre que lo parió; sin embargo, hoy seríamos incapaces de reconocer al anterior… Para empezar, Miller destruyó con un solo gesto el elixir de la eterna juventud del superhéroe prototípico, y luego pasó a pintarlo de negro, como cantaban los Stones. En Batman, The Dark Knight returns, en efecto, sólo la primera página, puramente prologal, es una obra maestra de narración secuencial. Más tarde Miller haría Born Again, de nuevo con Daredevil, y Batman: Year One, dos apoteosis del policíaco que ahondan en la misma concepción: el héroe debe resucitar de entre sus propias cenizas, para lo cual previamente hay que machacarle a fondo, como nunca nadie se había atrevido a hacer antes, de manera que una violencia ya manifiesta, explícita se ceba sobre el protagonista mismo, del que apenas quedan ya ni los poderes, sólo un realzado coraje. Miller es el Tarantino del cómic antes de la aparición del Tarantino del cine, y con sus mismos gustos: el género negro, las fantasías de ninjas y karate, la ultraviolencia gore, etc. Los supervillanos, ahora, se difuminan entre la locura propia y ajena, los barrios bajos, los jefes de la Mafia e incluso los políticos. Lo que era sufrimiento vital pasa a ser dolor físico y hasta muerte (ya Wolverine era un asesino en precaria rehabilitación), infligido con los mínimos tapujos por unos sobre otros. Miller fue acusado de poner a Batman -no hay diferencia, por cierto, entre Batman y Bruce Wayne: él siempre es Batman- por encima de la ley, y el término utilizado entonces en Europa fue “fascista”, exactamente el mismo que se utiliza internamente en el Wachtmen de Moore para el personaje de Rorschach. El propio Jim Gordon, representante de la ley y el orden, legitima a su amigo en el libro tres de DK argumentando que es “demasiado grande” para ser juzgado por patrones convencionales. Pero ¿qué busca Bruce Wayne? Venganza sobre los rateros ya la tenido. Justicia ideal en DK no pasa por la policía, sino por la penitencia del criminal. Y en Dark Knight 2 ya la cosa está clara: Batman se rapa la cabeza y llama a la instauración de un Nuevo Orden, dirigido por los fuertes, con la aquiescencia de Superman. Luego, ya sin Miller, en Kingdom comes se ratifica la idea: el Bien dispensado por los dioses reinará nos guste o no. En cuanto al bueno de Kovacks, alias Rorschach… este sí que es demasiado grande: su compasión por las víctimas, entre las que se cuenta, no admite la solución amoral de tan moral del fuerte, Ozymandias; Alan Moore, ya digo, es otra cosa…

Entre tanto, para los más dignos representantes del mainstream, el poder sigue siendo únicamente deber… y algo de diversión. El citado John Byrne toma también los mandos del guión en Fantastic Four, The Incredible Hulk o Superman y, aunque por poco tiempo, hace un excelente trabajo reformando con encanto la línea tradicional del superhéroe inmaculado. Crea, además, una serie nueva, Alpha Flight, situada en su Canadá natal, e introduce en ella al primer supertipo gay, aunque todavía no abiertamente gay en estas fechas. Walter Simonson, autor revelación, coge esa nada que era The Mighty Thor y la eleva a las cimas de la épica en La saga de Surtur, firmando el cliffhanger más emocionante que haya visto yo nunca (y que doy aquí en su viñeta original, más bien un tremendo splash page). Los personajes de Thor se vuelve física e intelectualmente atractivos, como los del Fantastic Four de Byrne, demostrándose que puede hacerse bastante más que trazar músculos en acción. Los mutantes, por su parte, continúan dando guerra, proliferando celularmente sin enriquecer apenas la idea-matriz, pero contando con dibujantes/estrella como Bill Sienkiewicz, más hecho para las portadas que para las viñetas. Como se ve, los ochenta crecen para el comic-book gracias sobre todo a pasables dibujantes que a la vez son buenos o magníficos guionistas, y en adelante será el guión el peso pesado del tándem de la novela gráfica -la propia editorial empieza a importar cada vez menos, por no hablar de los editores en jefe, de hecho se empiezan a crear sellos nuevos con el reclamo de los mismos divos, algo que antes era imposible.

En la genial revista Love and Rockets, el mejicano-estadounidense Jaime Hernández (esto sí que es, por cierto, máxima calidad de principio a fin en plenos ´80) se ríe del género superheroico en la figura de Penny Century, loca y bombástica chavala que no consigue que nadie, ni siquiera el multimillonario con cuernos con el que se casa, la transforme en superheroína. Pero eso no significa que la cosa decaiga, y, de hecho, la década de los noventa de los Jim Lee, Rob Liefeld, Todd McFarlane y Joe Quesada, aunque a mi personalmente me espanta -será que me hice mayor…-, no parece que haya supuesto, que yo sepa, ningún descenso grande de ventas. El que sí decayó claramente fue Frank Miller, que se iría radicalizando y demenciando a pasos agigantados. Miller nunca había llevado su virulencia neorromántica hasta el punto de la crueldad para con sus propios personajes como en los diversos tomos de Sin City y en la mini-serie 300[3]. Se trata de algo que aquí en España conocemos bien: es la moral del legionario, que identifica honor y nobleza con aniquilación y muerte. De su tratamiento del sexo mejor no hablar mucho: Miller inventa una especie de amor cortés de la prostituta, como Joaquín Sabina, pero sustituyendo la ternura por la ferocidad, muy puritano en el fondo él. Sin embargo, Miller sigue siendo un fenómeno del medio, sin duda, pero un fenómeno cada vez más aisladamente o aislacionistamente norteamericano, en el sentido de que sólo en la nación del confort y el tedio añoran -sueñan, fingen- el heroísmo y la grandeza imperial. Se casó con una pintora a lo Caspar Friedrich del aerógrafo, de ahí esos alardes cromáticos y grandilocuentes de los planos de la película correspondiente, y eso ha sido todavía peor para él, creo yo. Hay algunos que trabajan mejor de encargo y buscándole las vueltas a un esquema preestablecido que dando rienda suelta a sus neurosis… como muchos filósofos. Lo último que ha perpetrado, Holy Terror!, ni me he atrevido ni a mirarlo, pero las críticas son corrosivas.

Y este es, en apretado resumen, el bagaje de las pantallas de cine con gente disfrazada. Uno ve hoy el cartel anunciador de Hansel y Gretel, ambos armados con metralletas, y ya sabe que detrás late Frank Miller, al igual que en la trastienda del Batman de Christopher Nolan. Nunca ha habido, a mi parecer, una vertiente social en los superhéroes: pedir eso sería como pedir peras a un olmo, aunque se permitan de cuando en cuando algún apunte -en Hellblazer, por ejemplo, pero eso nos coloca ya en la aportación británica. Lo que hay, más bien, es una total americanización del mito, de manera que son ellos, en la postmodernidad, los que pueblan el imaginario icónico del panteón teológico (absorbiendo otros, como el caso de Thor). Todos esos ricos decadentes que, en EEUU y fuera de ella, se afilian a la Santa Iglesia de la Cienciología de verdad creen que van a terminar por adquirir alguna clase de superpoderes. Para los no-ricos, en cambio, que disfrutan sin complejos de los seres sobrehumanos en dos o tres dimensiones con gafas apropiadas propongo que se den con un canto en los dientes si en los próximos años video (don´t) kill the comic star…

 


[1] Spiderman resulta tan emblemático que llega a simultanear !cuatro títulos! mensuales a la vez con su nombre en los ochenta. Las películas que se han hecho sobre él se basan en Stan Lee, y sólo la última está más a la altura…

[2] El lector-consumidor español se entera de todo esto precisamente desde principios de los ochenta gracias a la buena labor primero de Forum para Marvel y luego de Zinco para DC, pero nada hubiera sido posible sin la renovación en los contenidos proviniente de EEUU. Ràpidamente, se reproducen en nuestro país las características del fenómeno fandom, aunque en Madrid sólo hay dos tiendas de cómics, pero repletas de incondicionales que se compran todo incluso en inglés y tratan a su ejemplares como valiosas piezas de arte. Esto no ha parado todavía hoy.

[3] Sobre la película que co-dirigió sobre los aguerridos y apócrifos espartanos, el ya viejo pero admirable artículo de Slavoj Zizek al respecto en http://lahormigargenta.blogspot.com.es/2010/03/slavoj-zizek-y-300.html.

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