The dark side of the moon

El signo definitivo de que algo ha trascendido es que llegado un momento se pueda tomar como axiomático, que por sí solo muestre evidencia tan clara de su trascendencia que no haga falta demostrar ni convencer a nadie de que efectivamente es tal la dimensión de su alcance.

 Con las grandes obras de la Humanidad ocurre desde hace tiempo que no porque se haya escrito y hablado abundantemente de ellas en varias épocas diferentes deja uno de querer aportar la sensación propia de asombro que ha sentido al experimentarlas, sensación que casi siempre es redundante: si lo normal es quedar maravillado ante un prodigio, nada vas a descubrir a nadie cantando sus excelencias, menos aún cuando dicho prodigio ya es bien conocido en todo lo largo y ancho del mundo.

 Viene esto a cuento del 40º aniversario de la publicación del álbum The Dark Side of the Moon, de la banda británica Pink Floyd. Desde aquel marzo de 1973 en que salió a la luz, se ha adueñado con tanta fuerza de su plaza en el olimpo de la cultura que cualquier anotación sobre él hoy día parece sobrante. Sin embargo, un cumpleaños como éste no sólo merece celebrarse sino aprovecharse para confirmar su vigencia.

De poco sirve describir y desmenuzar otra vez la fascinante e inacabable paleta de colores sonoros del disco, la solidez inquebrantable de su estructura o la exactitud con que casan unas letras de profundidad inusual en unas melodías perfectas. Un buen melómano se sabrá este disco de memoria, al leer tus impresiones sobre él se limitará a darte la razón. The Dark Side of the Moon, al haber conquistado por mérito propio una parte del corazón y la cabeza de tantísima gente, ha sufrido también a lo largo de su andadura por el mundo el inevitable desprestigio de algunos, que intentando acusar su personalidad por encima de la del resto desfiguran sus virtudes o lo colocan por debajo de obras de importancia contrastadamente menor. Cuando se empieza a albergar dudas respecto al peso real de una obra como ésta, la solución para disiparlas es bien sencilla: bastará con pulsar nuevamente el play.

 Hay ciertos detalles que resultan ciertamente curiosos si observamos The Dark Side of the Moon al microscopio. Siendo el trabajo más representativo de lo que se conoce como rock progresivo (basado en la creación de álbumes de concepto, divididos en varias secciones relacionadas, a la manera de la música clásica, y con desarrollos e instrumentaciones que exceden los sencillos patrones del rock ‘n roll), llama la atención que este disco sólo dure 43 minutos. La suite más larga de Pink Floyd, Shine on you crazy diamond, dura 26, más de la mitad. Y en The Dark Side of the Moon ningún corte alcanza siquiera los 8 minutos. Además, es notable la cantidad de (llamémoslos) tiempos muertos a lo largo del disco, silencios o transiciones que en sí están vacíos de contenido. Si sumamos el tiempo que transcurre hasta que Speak to me se vuelve audible, el interludio atmosférico que conecta On The Run con Time, el silencio prolongado al apagarse The Great Gig in the Sky (en este caso por tratarse de la separación entre las caras A y B del vinilo) y el mismo silencio con que se cierra la función, descubrimos que el grueso del álbum se concentra en unos 40 minutos, mucho menos que otros trabajos de igual género y pretensiones que sin embargo acaban desfondados. 40 minutos bastan para sentar cátedra: para presentar una obertura que conduce a un tema que dos cortes después será recuperado en un reprise, bastan para introducir en el momento preciso dos pasajes instrumentales desquiciados y psicodélicos, para dejar espacio de protagonismo único a la batería, a la guitarra y al saxo, pero también a la voz (sin letra) como instrumento más próximo al alma. Bastan también para reflexionar sobre el paso del tiempo, cargar contra la sociedad de la avidez por el dinero y resumir en frases tan simples como lapidarias la condición humana. Us and them, and after all we’re only ordinary men. Ése es el quid de la cuestión en The Dark Side of the Moon: como obra genial que es compendia lo que somos en un todo que para escuchar en su totalidad nos resulta asequible, y sin embargo apunta desde esa asequibilidad a infinitas direcciones de nuestro espacio. Por eso capta nuestra atención con tanta facilidad y caemos para siempre en su red.

 No fue hasta este octavo disco de estudio cuando Pink Floyd alcanzaron su consagración definitiva. Y no la alcanzaron antes porque no había llegado su momento, no porque la calidad de su música fuese peor. De hecho, con Syd Barrett a la cabeza habían conseguido hallar la esencia misma de la psicodelia en su primer álbum (The piper at the gates of Dawn, 1967), para después sobrevivir a su ausencia a base de talento (A Saucerful of Secrets, 1968) y finalmente sentar las bases de su futuro totémico mediante ensayos de atmósfera (More, 1969; Ummagumma, 1969; Obscured by clouds, 1972) y férreas demostraciones de las posibilidades para habitarla (Atom Heart Mother, 1970; Meddle, 1971). A lo largo de este tiempo ya habían dejado caer algunas piezas cruciales y del más alto nivel de excelencia, pero sobre todo aprendieron a compaginar y repartir el peso del potencial creativo de cada uno. Pink Floyd, a pesar de lo que diga su historia, nunca fue una banda donde alguien pudiera llevar la voz cantante. No suele ocurrir que todos los miembros del grupo tengan un talento compositivo (no sólo interpretativo) por encima de lo esperable. Por eso, desde el principio su mayor acierto fue dejar espacio para todos, fomentando la creación conjunta y sin imponer ideas. Este funcionamiento grupal, y el milagro de que no se produjeran relevantes choques de ego, fue lo que allanó el camino para que la banda se saliera del mapa una vez que había tomado plena conciencia de su sonido y adquirido seguridad a la hora de enfrentar las reacciones que pudieran suscitar sus nuevos trabajos. En este momento es cuando aparece The Dark Side of the Moon. Dice mucho de este estado de gracia que las firmas de todos los integrantes del grupo aparezcan en los créditos de las canciones, y que siendo así el conjunto tenga una cohesión tan natural, como si lo hubiera creado una sola persona. La fortuna quiso que este estado de gracia creativa aguantase la presión de los años de fama, gloria y estadios, y que Pink Floyd fueran capaces de responder a su éxito alumbrando seguidas otras tres obras incontestables: Wish you were here, Animals y The Wall. Ni la entrada en escena del punk les hizo despeinarse, a pesar de que para entonces ya existiera una fractura más que evidente en el corazón de la banda. Sólo el frente desértico de los años 80 pudo definitivamente con ellos. Perdieron la capacidad de trabajar en conjunto y bajaron también los resultados artísticos, prueba fehaciente de que es en común como la banda obtuvo sus mayores logros. Roger Waters abandonó tras The Final Cut y bastante hicieron David Gilmour, Nick Mason y Rick Wright para lavar en casa los trapos sucios y, en la injustamente denostada última etapa del grupo, dejar la herencia de Pink Floyd en el lugar que le corresponde.

Así pues, The Dark Side of the Moon se erige en ese aristotélico punto medio de la virtud en la trayectoria de la banda, ese momento de alineación planetaria donde todo ocupa su lugar exacto. Como refleja su portada, es aquí donde la suma de luces que avanzan disparadas en la misma dirección da lugar al pasar por el prisma a una explosión de color que abarca todo el espectro visible. Que éste sea uno de los discos más vendidos de la historia o que personalmente pueda no ser tu hijo predilecto de Pink Floyd es pecata minuta al lado de lo esencial: desde que escuchamos el primer latido del corazón hasta que se extingue la letanía de Eclipse estamos transitando el lado oscuro de la luna, un territorio desconocido que nos seducirá una y otra vez y revela secretos acerca de quiénes somos.

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