Heaven on their minds: apuntes de una opera rock

Un grupo de jóvenes baja con júbilo de un autobús plateado en medio del desierto. Pantalones vaqueros de campana, gafas de sol, pelos afro y pieles bronceadas al ritmo de un pegadizo riff de guitarra. Corre el año 1973; pero no van a ningún festival de música. Es el comienzo de la desconcertante y única opera rock de Norman Jewison, Jesus Christ Superstar.

 Lo que hoy sería un auténtico campanazo si un director de cine osara anunciar a los medios –una película musical de la Pasión de Cristo-, surgió y se ha mantenido con una cierta fama más debida quizás a los musicales que al filme en sí. Sin embargo, creo que es uno de los experimentos cinematográficos más curiosos que he visto últimamente. Basándose en la historia de un Judas que ve como la fama de Jesús se le está yendo de las manos, el director va narrando en forma de musical las principales escenas evangélicas de sobra conocidas por todos.


 No es sólo el argumento. Más allá de la religión, hay un lenguaje universal en la música que te contagia como espectador. Esta película derrocha glam de los 70. Guitarras, trompetas, órganos Hammond y líneas de bajo dignas de Deep Purple sirven para acompañar las coreografías y el deambular de personajes llenos de dudas. El desierto y unas pocas ruinas arenosas son el telón de fondo, casi teatral, de los números musicales. Los lugares de la historia sagrada -que cada película ha imaginado a su manera (fastuosos palacios, calles abarrotadas, templos…)- son en Jesus Christ Superstar vacíos espacios en los que interpretar recitativos o coros.

 Cada encuadre contiene una fotografía minimalista de bailarines y actores en medio de la nada. Todo es contraste; con una belleza desprovista de todo ornamento. El vestuario resulta de la amalgama de abstractas túnicas y camisetas ajustadas. Hay un juego temporal de modas, anacronismos que enriquecen las escenas. El mismo Jesucristo, en su estatus de superstar, luce moreno y larga cabellera rubia, como recién llegado de una playa de California.

Todo acaba y empieza, como un viaje. Uno por uno, por orden de relevancia en el guión, vuelven a entrar en el autobús. Y parecen apesadumbrados. Pilatos, con la túnica en la mano, se gira una vez más pensando si hizo bien, la guardia comenta, María Magdalena no puede olvidar sus lágrimas y, finalmente, Judas vuelve la vista atónito ante el espectáculo final en parte a él debido. “Algo” ha pasado y cada personaje ha vivido este viaje interior de diferente manera. Es lo mismo que sucede al ver esta película.



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