La riqueza y la pobreza de las naciones

Las épocas de crisis económica, en las sociedades democráticas, son especialmente peligrosas. Aumenta el tremendismo verbal y el resentimiento de los que han perdido un estatus al que creían tener derecho y que les costó mucho conseguir; la corrupción se desborda y pierde cualquier gradación ante una opinión pública que puede ser manipulada precisamente por los más corruptos; los hechos se desdibujan ante las palabras emocionales que intentan ocultarlos o ante los chivos expiatorios que, siempre se buscan y  se encuentran, para proyectar el dolor y el odio; el pasado se convierte en algo muy opaco del color conveniente a cada grupo o en un bucle melancólico con el que impugnar un presente cada vez interpretado como más catastrófico.

El miedo simplifica el mundo y la experiencia, sobre todo de lo que no se conoce, lo que puede hacer olvidar la pesadilla que habitó tras promesas de paraísos, hace no tanto tiempo. Nada actual parece defendible y se añora lo nuevo, lo auténtico y lo puro. Cualquiera se ve capaz de amputar todo lo podrido, de organizar de nuevo el sistema social y la posibilidad de conflicto aumenta, a la vez que nacen nuevas ideologías de la sospecha.

 

El pesimismo puede ser una droga muy tóxica que nuble el pensamiento y neutralice el conocimiento y a los que lo poseen. Quizá por eso merece revisar  “La riqueza y la pobreza de las naciones de David S. Landes  que sobre todo analiza mecanismos, políticas que funcionan y otras que no, contextos históricos o geográficos, errores o aciertos que cambiaron una civilización entera, la importancia de la cultura de los pueblos en relación con su desarrollo económico. Un libro que termina con una frase que quizá es pertinente leer en estos momentos…

En este mundo, los optimistas se llevan el gato al agua, no porque siempre tengan razón, sino porque son positivos. Incluso cuando están equivocados son positivos, y esa es la senda que conduce a la acción, a su enmienda, su mejoría y al éxito. El optimismo educado y despierto recompensa; el pesimismo solo puede ofrecer el triste consuelo de tener razón.

La gran lección que puede sacarse de lo dicho es que es necesario no cejar en el empeño. Los milagros no existen. La perfección es inalcanzable. No hay milenarismos. Ni apocalipsis. Hay que cultivar una fe escéptica, evitar los dogmas, saber escuchar y mirar, tratar de despejar y fijar los fines para poder escoger mejor los medios. “

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2 Comentarios

  • El optimista, tras su sonrisa, puede parecer siempre instalado en la inocencia, en la beatitud; en la visión pacífica de su entorno; en las ganas de emprender permanentes, porque sí; en la idea de que nada es nunca suficientemente grave como para colocarse todo el peso del mundo sobre los hombros… Así le ve el pesimista militante, desde su atalaya de la razón, con los pies amarrados al suelo, siempre dispuesto a prevenir daños aunque nunca esté claro que vayan a producirse.

    Ambas posturas, mantenidas de manera extrema, pueden provocar, por un lado, la iniciativa sin argumentos, sin fondo, con el punto irracional del optimista. Pero también la inacción, la estática capacidad de observación por parte del pesimista, que no arranca nada, no vaya a ser que la situación empeore, y tampoco deja que los demás hagan, inyectando el desánimo allí donde puede.

    Tras leer un análisis como el de Ramón acerca de los síntomas de la enfermedad de esta época en que vivimos, tendríamos que ser capaces de encontrar un punto colocado entre ambos extremos, suficientemente cerca del análisis de la realidad, de la reflexión y del conocimiento, pero nunca tan atrapados en el pegajoso magma del miedo como para quedarnos quietos sin intentar cambios, aunque pequeños, marcando objetivos en nuestro entorno inmediato, ése sobre el que podemos influir. Cambios que tal vez funcionen creando círculos concéntricos, como los que provoca una piedra en el agua. ¿Por qué no? Optimismo racional lo llamaría yo. Pero Bertrand Russell lo explica mucho mejor en su fantástica ‘Autobiografía’. Y no olvido que estas líneas fueron escritas en 1967:

    “En el mundo moderno, los pueblos son infelices porque con frecuencia ignoran muchas cosas y mantienen costumbres, creencias y pasiones a las que valoran más que la felicidad e, incluso, la vida. He visto a muchas personas, en esta época ésta nuestra tan peligrosa, que parecen enamoradas del sufrimiento y de la muerte, y que se enfadan cuando se les sugiere la esperanza. Piensan que la esperanza es irracional y que, instaladas en su cómoda desesperanza, simplemente confrontan la realidad. Yo no estoy de acuerdo con ellas. Conservar la esperanza en este mundo requiere nuestra inteligencia y toda nuestra energía”.

  • Resiliencia lo llamaría yo. La virtud de seguir adelante. Un vez tras otra. Cayendo pero levantándose. Y con alegría de espíritu. Con la consciencia de que esa es nuestra mayor riqueza. A pesar de la pobreza -de espíritu- que nos rodea…

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