Aurora boreal

Él la miró. Recordó el rostro húmedo de la despedida, el sabor salado de sus labios, el olor del perfume de aquel día, hace más de tres meses.

Pero allí estaba ella. Como sacada de su mente. Como un espectro iluminado por los tentáculos de la luna.

Se fue acercando despacio. Paso a paso. Disfrutando del crujido de la madera, de acortar la distancia que los separaba.

El gélido viento de Laponia martilleaba la pequeña cabaña. El levantó su mano y cerró los ojos. Dejó que su memoria la dirigiese. Recorriendo cada una de sus facciones, acariciando cada uno de sus lunares. Sintió cuanto vacío había provocado su ausencia.

Ella lo contemplaba expectante. Había pasado mucho tiempo, y el recuerdo es algo efímero, como un azucarillo diluyéndose en la taza de café. La vida había seguido girando y la distancia es un mar muchas veces inabarcable. Su mirada tímida reflejaba todas esas dudas que muchas veces la asolaban, mientras él se acercaba. Sintió su mano recorrer su rostro. Levantó la mirada. Y le vio sonreír. Esa sonrisa que tanto le gustaba. De repente los fantasmas desaparecieron. Un escalofrió recorrió su cuerpo y le hizo comprender que su vínculo, esa conexión mágica que los unía, estaba más viva que nunca.

Jamie Cullum susurraba “Gran Torino” cuando sus labios se encontraron. Sus lenguas sedientas, se entrecruzaron componiendo un sinfín de formas. Sus respiraciones se hicieron cada vez más entrecortadas. Sus ropas desaparecieron y sus cuerpos se fusionaron.

El éxtasis les encontró en mitad de la nada. En medio de un desierto helado, donde solo los copos de nieve contenían vida.

Ella le acariciaba la espalda, como tanto le gustaba a él, cuando el horizonte se tiñó de verde.

Ellos se vistieron deprisa, y salieron corriendo de la cabaña. El cielo parecía una obra surrealista, expresando emociones profundas y misteriosas.

Él no creía en los dioses. Pero siempre había sido sensible a considerarse hijo de Gea. En ese momento estaba convencido de estar conectado a la naturaleza. De que el fuego que habían creado minutos atrás se había transformado en ese maravilloso espectáculo.

Ella le señalo un pequeño tobogán. Treparon. Entrecruzaron las manos, y desde lo alto, contemplaron el sendero dibujado por la cola de un zorro. Allí estaban las Auroras Boreales.

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