Víctor Dell’Aquila y su abrazo verdadero

El fútbol, en realidad, tiene pocos momentos verdaderos. Todas las emociones que suceden durante un partido tienen un aire irreal, porque una jugada en el último minuto puede cambiar una noche para siempre. Hay un puñado de alemanes que podría describir con exactitud cómo aquella desgraciada noche de Barcelona, que acabó siendo la peor de sus vidas, fue durante más de una hora una noche mágica. Del otro lado, un puñado de ingleses jurarán ante una pinta de cerveza que el momento más mágico de su amor por el fútbol lo vivieron con la televisión apagada, porque aquella era una noche para olvidar. Y estaremos hablando de aquella final de Copa de Europa que Bayern Munich y Manchester United jugaron con Barcelona como telón de fondo.

El fútbol, en realidad, tiene pocos momentos verdaderos, pero bien pensado, la vida tampoco tiene mucho de realidad. Uno siempre tiene la ilusión de estar viviendo un sueño, hasta que se pega de bruces con la verdad. Víctor Nicolás Dell’Aquila se la encontró de golpe a los doce años, en las calles de San Francisco Solano, en Argentina, con todo lo que el fútbol argentino tiene de callejero, de real. La verdad le llegó a Víctor en forma de poste eléctrico en un accidente en el que fue maldita la hora en la que se hizo la luz. El canijo, que sobrevivió a la electrocución, perdió los dos brazos en el envite. El mundo le había cobrada cara la supervivencia.

Perder los dos brazos hizo que Víctor viera la vida tan lejana que se le quitaran las ganas de agarrarla. “Yo le dije al médico, ‘¿para qué me dejás vivir?’, y el médico me respondió ‘nene, vos le tenés que devolver la vida a tu vieja’… Esa fue mi mejor ayuda psicológica”, relataba en el presente, a la página Cancha Llena, el propio Víctor cuando echa la vista atrás. El fútbol también fue terapia. El fútbol fue devoción y el fútbol le regaló un pedazo de esa inmortalidad con la que soñó algún día en esas mismas calles de San Francisco Solano en las que la vida le cobró los dos brazos en una edad en la que casi nunca hay un precio que pagar.

Paradojas de la vida: Víctor Dell’Aquila es de Boca. Xeneize puro. Y es tan xeneize su corazón que la inmortalidad sólo podía llegarle en el lugar más inesperado, la cancha de su eterno rival: el estadio Monumental de Buenos Aires, hogar de River Plate. Como aquellos alemanes e ingleses del principio, un final inesperado en el lugar menos probable. Allí, en la cancha de River, Víctor Dell’Aquila fue la imagen de un mundial. Tenía alrededor de veinticinco años y compartió protagonismo en el momento con Ubaldo Fillol, con Tarantini y con Ricardo Alfieri. Cuatro nombres inesperados en un partido que encumbró, por si hacía falta, la figura de Mario Alberto Kempes.

Era el 25 de junio de 1978, y Buenos Aires, y Argentina al completo, desafiaban al frío del invierno recién parido en la final del Campeonato del Mundo. Enfrente, el engranaje estético de una Holanda superlativa. Treinta y ocho minutos tardó Kempes en romper las gargantas de las más de setenta mil personas que llenaban el Monumental en una jugada parida de puntera y resuelta de puntera, con el ‘Matador’ estirando la pierna sobre la salida del meta holandés. Duró mucho la alegría argentina por la ventaja y por un título que se acercaba, hasta que Holanda firmó un tanto de billar de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, certificado a la red por un testarazo inapelable de Nanninga. Minuto ochenta y dos. Nada más pasaría hasta el final. Prórroga.

En el tiempo añadido, volvió Kempes. Convertido en equilibrista, dribló a dos holandeses en el balcón del área y se quedó solo para ajusticiar. Tropezó su remate en el meta rival y el balón quedó colgado del aire, a medio metro del suelo. La puntera del argentino, otra vez, fue más rápida que la de los demás. Terminaba la primera mitad de la prórroga y Argentina estaba con ventaja. A falta de cuatro minutos para el final, Bertoni aprovechó la tozudez de un fútbol ambicioso, con hambre de títulos, para perforar la meta holandesa por tercera vez, y desde entonces hasta el final sólo existió un anhelo en un país volcado con el fútbol: que Sergio Gonella, árbitro del partido, pitara el final e hiciera campeona a la albiceleste.

Cuando Bertoni marcó, Víctor Dell’Aquila, que estaba en la grada del Monumental, aprovechó la confusión para zafarse de la vigilancia de la grada y quedarse a pie de césped, embebido de unas ganas tremendas de abrazar. No se tiró al campo entonces porque se dio cuenta a última hora de que quedaban minutos por jugar. Atacaba Holanda cuando Gonella elevó el brazo al cielo y silbó para que Argentina reinara, y el estadio estalló en una alegría incontenible mientras los jugadores corrían por el césped sin parar de gritar. No corrieron todos: el meta argentino, Ubaldo Fillol, llegó hasta el balcón del área y cayó de rodillas, abrazándose a sí mismo, y rompió a llorar. “Vi a Dios en ese momento”, contaría años después el meta.

La soledad de Fillol fue momentánea. Tarantini cesó el grito de alegría cuando vio a su compañero arrodillado en el balcón del área y se fue corriendo hacia él. Ninguno de los dos se percató de que un hincha había librado la barrera de seguridad y corría también hacia el meta, deseoso de fundirse con el ‘Pato’. Ese hincha era Víctor Dell’Aquila. Ni Tarantini vio al hincha, ni el hincha vio a Tarantini. El futbolista llegó antes al lugar en el que lloraba Fillol y se arrodilló ante él. Así, de rodillas, ambos se fundieron en un abrazo justo en el momento en el que Víctor les alcanzaba. La sorpresa de la llegada de Tarantini le hizo frenar en seco y ahí, junto a aquel abrazo, las mangas vacías del jersey de aquel muchacho que se dejó los brazos en un poste eléctrico se fueron hacia delante, y abrazaron a su manera a los dos jugadores que lloraban de felicidad. La escena, desapercibida para todos, quedó retratada por la cámara de Ricardo Alfieri.

Años después, esa instantánea cuelga de la casa de Víctor en Solano. No es el único recuerdo de aquel día, ya que algunos jugadores de aquella selección campeona le dedicaron una camiseta, y tiene trofeos y recuerdos de otros ídolos, como Diego Armando Maradona. Pero esa imagen, firmada y dedicada por Alfieri (el fotógrafo le buscó en la Bombonera de Boca para entregársela) ocupa un lugar preferencial. Alfieri la consideró como “mi mejor foto del Mundial 78”. Para Argentina entera, esa foto acabaría llevando el nombre de ‘el abrazo del alma’, y es ya una foto inmortal.

Para Víctor es el recuerdo de un sueño hecho realidad. Para sus dos hijos, Mariano y Víctor, la prueba fehaciente de que, si un abrazo sincero debe salir del alma, su padre, aquella tarde de junio, abrazó de verdad.

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4 Comentarios

  • Para un argentino, futbolero y de River, que por aquél entonces tenía quince años, leer esto -tantos años más tarde y a tantísimos kilómetros del Monumental- le remueve -busqué otra palabra y no la encontré- muchas cosas.
    Un saludo, Nacho.

  • Yo lo conocí hace muchos años, en la cola del bco pcia de solano,sin conocer a nadie, él entraba siempre (porque después lo veía seguido), con su mirada angelada y su buen humor,saludaba a todo el mundo….a mí me contagió sus ganas. Es una persona admirable…

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