Casa Gomis: las olas o las bóvedas

Hay lugares singulares que pueden ser tan pequeños como una casa. Y, a menudo, están tan escondidos que parecen haber sido predestinados al olvido. La Casa Gomis, proyectada por el arquitecto Antonio Bonet en estrecha colaboración los propietarios, Ricardo Gomis e Inés Bertrand Mata, es uno de estos casos, muy cerca de ser un experimento arquitectónico. Más conocida como “La Ricarda”, esta casa de fin de semana situada en un bosque de pinos a la orilla del mar, ha quedado hoy aislada a escasos metros de la tercera pista de aterrizaje del aeropuerto de Barcelona. Recibe este nombre de La Ricarda debido a la toponimia de una laguna cercana, perteneciente al valle del Llobregat. Siempre se ha considerada el mejor ejemplo del Racionalismo catalán, una corriente que podría haber dado muchos más frutos de no haber quedado truncada por el empeño de la dictadura en una arquitectura de tipo imperialista, perdida en sus molduras de piedra y esculturas victoriosas. Pero, más allá de su contexto arquitectónico, Ricardo Gomis, amante incondicional de la música, supo convertir su casa en un lugar de reunión de artistas, un espacio donde hacer visible la creación contemporánea. Así que La Ricarda era, en cierta medida, un objeto subversivo desde el punto de vista político, y, además, desde el punto de vista artístico. Por allí pasaron John Cage, Merce Cunningham, Josep Maria Mestres Quadreny, Carles Santos, Joan Brossa, Joan Prats,  Roberto Gerhard, Villelia, Antonio Tapies, Joan Miró y muchos otros. El mismo Cage tenía en mente realizar en la Casa Gomis el concierto en el que acompañaría el ballet de Merce Cunningham, que finalmente, tuvo lugar en Sitges.

Antonio Bonet realiza la construcción de esta casa “por correo”, ya que, en aquellos años, estaba viviendo en Argentina; así que el arquitecto de contacto, J.Comas, y el constructor, E. Bofill, eran quiénes supervisaban los detalles constructivos y hacían pequeños cambios. El diseño de La Ricarda no viene de la nada, sino que sigue el camino marcado por las Cuatro casas en Martínez –Argentina- (1942),la Casa Berlingieri(1947) y el pabellón Berlingieri (1951) –Uruguay-, todas ellas basadas en la solución con bóvedas. Bonet tuvo su primer contacto con el cliente en el 49 –la primera vez que regresaba a su país después del 36-, y la Casa Gomisno llegaría a su forma definitiva hasta el 1953.

El planteamiento estructural de esta vivienda es una trama de 8,8 x 8,8 metros  en la que se van encajando las distintas habitaciones. Sin embargo, el asentamiento en esta rígida malla no podía ser más libre. Es “un organismo difuso en el terreno”, como dice Jordi Roig, pues las líneas de cerramiento van desmaterializándose en el pinar de alrededor, unas veces en forma de pilares, otras en forma de pared. La imagen ondulada de las cubiertas de baldosines de gres es un gesto plástico muy potente para el observador, y que tiene mucho sentido en una cultura arquitectónica como la catalana, que siempre ha amado las bóvedas en alguna de sus formas. La repetición de estas bóvedas rebajadas, tiene como punto central el patio acristalado a modo de impluvium, organizador de los fluidos recorridos hacia las distintas direcciones. Existe una belleza minimalista en estas habitaciones, pero nunca desprovista de color y de luz.

Hay un movimiento de la edificación determinado por la traza de los muros, a veces opacos, y en otras ocasiones semi-transparentes o completamente transparentes. La celosía de cerámica acristalada con vidrios de colores es otra de esas imágenes que perduran en la retina. Recuerda a esos muros de ladrillo de los pueblos que cercan vacíos solares de hierba, dejando pasar el viento a través. En La Ricarda, la celosía tamiza y colorea la luz hacia el interior. Los arquitectos restauradores, Fernando Álvarez y Jordi Roig, señalaron la gran calidad general de los materiales de la vivienda: madera de olma, latón sulfurizado, piedra caliza y gres; muchos de ellos empleados raramente en España en aquellos años.

Quizás por su condición de vivienda de fin de semana, quizás por las reuniones lúdicas de artistas, quizás por el lugar, o quizás por todo a la vez, los espacios de La Ricarda son muy flexibles. El refinado programa de usos es el de una familia culta, que buscaba algo más que un patio de recreo. Mediante puertas correderas, los dormitorios se unían entre sí -excepto el principal, que aparece completamente separado- y los niños tenían un jardín propio para sus juegos, directamente comunicado con las habitaciones. El enorme salón, concebido para escuchar música, tiene varios ambientes, varios microespacios articulados por la disposición de los muebles y otros elementos decorativos. A través de los ventanales, el jardín y los árboles es como si también formaran parte de la casa y participaran de esa ambigüedad espacial de porches y terrazas.

No dudaría ni un segundo en decir que la Casa Gomis fue y sigue siendo algo así como un objeto de culto, una de esas rarezas arquitectónicas convertidas en lugar de peregrinación y de las que siempre merece la pena hablar. Su imagen volvió a mi memoria con el documental dirigido por Michel François que el MACBA proyectaba en la capella, en el 2009. Se trataba de una película en la que, como si de un cadáver exquisito se tratase, diversos artistas hacían happenings en la casa. El resultado final está firmado por Joerg Bader, Joël Benzakin, Lucia Bru, Jordi Colomer, François Curlet, Jos de Gruyter & Harald Thys, Pierre Droulers, Michel François, Ann Veronica Janssens, Simon Siegmann, Loïc Vanderstichelen, Richard Venlet y Ángel Vergara. Creo recordar escenas algo más oscuras que las que aparecen en las fotos de época, como si, La Ricarda hubiera estado abandonada a la suerte de la intemperie por un tiempo. Si bien es cierto que la restauración (1997-2003) no fue completa, La Ricarda no está olvidada del todo en la memoria colectiva e institucional. Una prueba de ello es que fue ambientación del catálogo de moda de hace unas temporadas de Mango que, como buena marca barcelonesa, supo valorar y sacar partido de un entorno tan singular como éste. También se han realizado exposiciones acerca del GATEPAC –Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea-, conocido como GATCPAC, en su versión catalana, aunque quizás insuficientes para salvar algunas obras racionalistas de su mal estado o destrucción.

 

Hoy es probable que la Casa Gomis sea un lugar invivible. Los aviones pasan al lado, y el tráfico aéreo actual es mucho más importante que el de entonces. Perdida la condición de vivienda y de refugio del arte, ya no suena la música, ni se leen poemas, ni se representan obras de teatro. Nos quedan sólo esas fotos documentales de habitaciones desiertas, de exquisita modernidad. Y también el ensordecido sonido del mar, esculpido en la geometría de las olas de la cubierta.

 

Etiquetas de este artículo
More from Alicia Galán Álvarez

Casa Gomis: las olas o las bóvedas

Hay lugares singulares que pueden ser tan pequeños como una casa. Y,...
Leer más

2 Comentarios

  • En la propia casa, hicieron numerosos conciertos Carles Santos y Mestres Quadreny quien incluso presento una obra nominada “Divertimiento la ricarda”, ambos invitados frecuentes en los encuentros que organizaba Ricardo Gomis. Hace poco TV3 realizó un documental sobre la función de la música en La Ricarda, lo podéis ver aquí , donde muchos artistas hablan y recuerdan su experiencia en este lugar de encuentro intelectual. En el video, el compositor Mestres Quadrenys recuerda: “Tots eram conscients de que fent aquella activitat estabem fent una activitat que no li podia agradar al Franco, per lo tant ja estaba be. Pero el fet era l’art. No era subversió per la subversió política, si no subversió artística”. La Ricarda/La Casa Gomis era más que una impresionante demostración de la arquitectura de Antonio Bonet, era más que un lugar donde se hacían conciertos y se grababan discos, era un espacio donde los intelectuales de la época, los artistas y los visionarios, los fotógrafos como mi bisabuelo y los filántropos como su hermano Ricardo tanto como los audiófilos como mi abuelo se podían juntar para apreciar el arte, para olvidar la dictadura y la gravedad de los tiempos en que vivían, unos tiempos en que su arte no era apreciado, y podían disfrutar, conversar, y crear.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *