Cincuenta años con “Rayuela”

 

Julio Cortázar creó un mundo reconocible con su literatura o, más bien, una forma de mirar el mundo o de poder habitar en los muchos mundos que conviven y construyen el llamado mundo real. Tras leer sus cuentos algunos lugares cobran vida, dejan vislumbrar secretos y posibilidades que ni siquiera sospechábamos. De pronto “el metro” ya no es ese sitio angustioso y maloliente al que hay que descender cada mañana y en el que se cabecea, somnoliento, camino de cualquier trabajo, con la sensación de que se está quemando la vida . Porque un vagón también es un escenario en el que se puede viajar a cualquier parte acompañando a unos ojos que miran, a una imagen que pasa, a un recuerdo que quizá se sueña y que lleva a otro lugar o a otro tiempo donde se viven cosas muy intensas que duran mucho más que los minutos que tarda el tren en detenerse en la próxima estación. Y también es imposible pasear por un parque, incluso hacerlo por el Parc Montsouris, y no buscar el paraguas enterrado de la Maga, si se ha leído su maravillosa novela que puede llenar meses enteros e impregnarnos toda la vida.

Ví a Cortazar en Madrid, una vez que vino a dar a una conferencia al Centro de la Villa. Era muy alto y parecía todavía joven aunque debía tener muy cerca de 70 años. Tenia una voz muy melodiosa y recuerdo que dijo aquello de que muy a menudo “las palabras se gastan como la suela de los zapatos”, lo que entonces me pareció una frase afortunada. Siempre me ha gustado conocer personalmente a los escritores que admiro, aunque a veces me hayan decepcionado. Pero eso no ocurre con Cortázar.  Merece la pena contemplarlo hablando de su libro. De pronto está ahí con sus cigarrillos y su cara extraña, como de duende, tratando de tomarse la entrevista, la vida, tan en serio…

 

 

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.

Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Oh Maga, en cada mujer parecida a vos se agolpaba como un silencio ensordecedor, una pausa filosa y cristalina que acababa por derrumbarse tristemente, como un paraguas mojado que se cierra. Justamente un paraguas, Maga, te acordarías quizá de aquel paraguas viejo que sacrificamos en un barranco del Parc Montsouris, un atardecer helado de marzo. Lo tiramos porque lo habías encontrado en la Place de la Concorde, ya un poco roto, y lo usaste muchísimo, sobre todo para meterlo en las costillas de la gente en el metro y en los autobuses, siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche, y aquella tarde cayó un chaparrón y vos quisiste abrir orgullosa tu paraguas cuando entrábamos en el parque, y en tu mano se armó una catástrofe de relámpagos fríos y nubes negras, jirones de tela destrozada cayendo entre destellos de varillas desencajadas, y nos reíamos como locos mientras nos empapábamos, pensando que un paraguas encontrado en una plaza debía morir dignamente en un parque, no podía entrar en el ciclo innoble del tacho de basura o del cordón de la vereda; entonces yo lo  arrollé lo mejor posible, lo llevamos hasta lo alto del parque, cerca del puentecito sobre el ferrocarril, y desde allí lo tiré con todas mis fuerzas al fondo de la barranca de césped mojado mientras vos proferías un grito donde vagamente creí reconocer una imprecación de walkyria. Y en el fondo del barranco se hundió como un barco que sucumbe al agua verde, al agua verde y procelosa, a la mer qui est plus félonesse en été qu’en hiver, a la ola pérfida, Maga, según enumeraciones que detallamos largo rato, enamorados de Joinville y del parque, abrazados y semejantes a árboles mojados o a actores de cine de alguna pésima película húngara. Y quedó entre el pasto, mínimo y negro, como un insecto pisoteado. Y no se movía, ninguno de sus resortes se estiraba como antes.Terminado. Se acabó. Oh Maga, y no estábamos contentos.”

JULIO CORTAZAR. “RAYUELA”

 

 

 


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4 Comentarios

  • Autor de referencia, un gran mago de la literatura. Grande Cortázar. Sus relatos son construcciones preciosas de palabras. Un saludo

  • Yo, atrapado por Rayuela durante mucho tiempo en la juventud bisoña, prefiero ahora la parte que en sus textos organiza un follón de gente bebiendo, comiendo y hablando, o sea, no la magia, sino la antesala de la magia, los arranques. Allí, como Salinger, es portentoso. Pero a ver si leo Rayuela otra vez, y gracias por la evocación.

  • Frente a la centralidad académica de García Márquez y de Vargas Llosa, sobre todo, emerge cristalina la lateralidad heterodoxa de Cortázar. Puede decirse que, con el paso del tiempo, aquellos decrecen y menguan. Y el bueno de Julio, crece de forma rara y no menos lateral. Importancia de ser un cronopio.

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