Katharine Hepburn, la eterna ‘pelirroja’

No me convence la idea de recordar a alguien para conmemorar su muerte. Menos aún, si hablamos de un personaje con tanta fuerza, un icono al que podemos poner mirada y sonrisa con decir simplemente “Katharine”. Pero hace ya diez años que la ‘pelirroja’ no está, desde un día como éste, quiero pensar, brillante y anaranjado, en el placentero borde del trampolín de las vacaciones, y creo que a la Hepburn (12 de mayo de 1907, Hartford, Connecticut, EEUU – 29 de junio de 2003, Old Saybrook, Connecticut) no le importaría que tuviéramos un rato para ella sin muchas obligaciones por delante, con ganas de refrescar alguna de sus maravillosas películas o de descubrir frases que definieron su forma de vivir.

La palabra ‘independencia’ le sentaba tan bien como sus impolutas camisas blancas, siempre combinadas con pantalones masculinos. Hice mía una de sus frases, por si venían malos tiempos: “Si necesitas que te echen una mano, recuerda que puedes encontrar una al final de tu brazo”. Esta declaración define el carácter de alguien para quien seguir las reglas significaba perder parte de la intensidad que le proporcionaba una vida a la que le había encontrado todo el sentido desde sus primeros años.

Hepburn, educada en un ambiente culto y tolerante, vivió siempre como si no hubiese mañana y se mostraba convencida de que si alguien afrontaba cada día exactamente como deseaba, al menos una persona en el mundo estaría siendo feliz. Ella se aplicaba esa filosofía sabiendo que la vida podía ser trágica en ocasiones -el temprano suicidio de su hermano o el alcoholismo, la enfermedad y una relación compleja con Spencer Tracy, su último amor, le hicieron ver muy de cerca su cara oscura-, pero ésa no es más que una de las posibilidades con las que debemos lidiar cada día. Ante ella, “hay que intentar mantener una actitud cómica. Sea cual sea el problema, lo importante es que al final no te olvides de reír”, decía. Así era la ‘pelirroja’. Y oportunidades para mirar de frente esa cara luminosa de la existencia no nos faltarán si nos sentamos en nuestro rincón favorito ahora mismo, sin pensar más, y elegimos Historias de Philadelphia o La fiera de mi niña como menú para esta larga tarde de verano. Es completamente imposible borrar la sonrisa desde el primer minuto.

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