“Lo. Li. Ta”

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.”

¿Quién desea renunciar a la velocidad mientras se desliza por un larguísimo tobogán? ¿Cómo dejar de mirar con avidez ese último pedazo de tarta de chocolate que queda en el rincón del plato? ¿Alguien puede detener un orgasmo cuando está a punto de romper en sus orillas? No es posible hacerlo, igual que no lo es congelar el tiempo e intentar que las últimas páginas de Lolita se estiren, crezcan para que podamos seguir leyendo un poco más. Es inevitable, pues, una vez terminada la primera novela norteamericana de Vladimir Nabokov, volver a releer su comienzo, en el que nos dibuja los grandes trazos de la historia, el esqueleto amado sobre el que no sólo los ojos de Humbert Humbert transitan: también los nuestros.

Y es que, para el escritor ruso, la ficción sólo debe obedecer al placer estético. No es ni didáctica, ni moralizante, ni divulgativa. Y lo explica muy bien, justo tras el punto y final de la novela, cuando el lector aún no se ha recuperado del final intenso de su historia. “Para mí, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré lisa y llanamente placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. Todo lo demás es hojarasca temática o lo que algunos llaman Literatura de Ideas que, a menudo, no es sino hojarasca solidificada en inmensos bloques de yeso cuidadosamente transmitidos de época en época hasta que, al fin,  aparece alguien y hace una buena rajadura a Balzac, a Gorki, a Mann…”.

Resulta curioso que sólo hable de placer estético, cuando su novela no se recrea en la belleza formal. Lo hace muchísimo más en su Curso de Literatura Europea, por ejemplo, donde tiene párrafos que pueden releerse casi en bucle, mientras tratamos de descubrir por qué elige una palabra y no otra, o de qué manera le llega la inspiración. En Lolita,  el lenguaje es una maquinaria que ajusta los dientes de cada engranaje en favor de la fluidez de la historia, no se regodea en la frase perfecta, aunque las haya -y muchas-, empezando por el propio comienzo.

Más allá de esa pura estética, es capaz de jugar con el lector, de ponernos del lado de cada uno de los protagonistas, a ratos y sin rubor, con lo que consigue aliarnos con un ‘enfermo enamorado’ de una niña, a veces, y otras, compadecernos de una ‘pobre víctima’ que la mayoría del tiempo es una manipuladora mentirosa de poco más de una década de vida. Es difícil poner calificativos a cada uno de los roles que desempeñan ambos bajo cuyas respectivas pieles nos mete una y otra vez Nabokov. Nos lleva aquí y allá, juega con nuestros asientos morales, dejándonos indefensos, sin saber por quién tomar partido…pero nos da igual. Quedo a su merced encantada y me pongo la camiseta del equipo del Pobre Humbert, el enamoradísimo Humbert, incluso cuando su nínfula ya es una decadente embarazada de 17 años a la que es capaz de pedir que se marche con él para vivir “felices para siempre”, cuando la reencuentra años después de su huida. Hay párrafos desgarradores que descienden casi a la miniatura para describir sus sensaciones, para contar cómo sufre el ‘pobre loco-cuerdo’ en un mundo en el que los insanos son otros, según su mirada.

Curiosamente, en una entrevista deliciosa que le realiza el periodista francés Bernard Pivot en 1975, en su programa televisivo Apostrophes, Nabokov cuenta que “Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: “¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?”.

De hecho, se plantea el problema de la degradación que, a su juicio, ha sufrido el personaje de la nínfula que inventó, no lo olvidemos, en 1955. “No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o “Lolitas” en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa”.

Queda claro, pues, que pese a la evidente carga erótica de algunas imágenes, la literatura, una vez más, se muestra aquí como un laboratorio de pruebas en el que es posible explorar los límites del amor, de observar lo grotesca que puede llegar a ser la pasión cuando se convierte en un delirio. De alguna manera, esta historia nos permite meternos en la piel de alguien que ha perdido el control sobre sus emociones y que vive como reales sensaciones que nadie le devuelve desde fuera, sino que sólo están en su mente, porque al final, una nínfula no es más que una niña, alguien que todavía no cuenta con el peligro como ingrediente vital y que, como un juego, disfruta de todo lo que le rodea para hacerse su propio esquema del mundo.  Y Humbert, en esta historia, se convierte en un juguete más.

Por otro lado, y más allá de los propios protagonistas, es posible apreciar el retrato de una sociedad cínica e hipócrita, la  norteamericana, pero también la belleza que hay en cada rincón, incluso en el mundo personal y perverso de algunos de los personajes que van pasando por delante de nuestros ávidos ojos de lector.

Me dejo sorprender,  y hasta se me ha escapado la risa en algún pasaje, porque este Nabokov, en pleno relato de la venganza de Humbert, en medio de un asesinato, es capaz de disparar la broma. La risa cabe en cualquier pequeño e ilógico hueco. Me encanta. Y, tal vez, por eso me río más: porque no debería hacerlo. Este tipo juega y juega con nuestros asientos éticos, prueba a que relativicemos lo que se da por sentado… Y con mucho éxito.

Al final del libro, disfruto de la explicación del autor sobre las dificultades que vivió su manuscrito. Es curioso cómo cuenta que le acusan de inmoral, pero algunos le proponen definir la novela como un relato pornográfico; otro editor le lanza la idea de cambiar a la protagonista por ‘un’ protagonista… Es un placer leer los detalles del gran esfuerzo que le supone construir escenas que parecen sencillas, o que son una anécdota en el inmenso paisaje de su recorrido por las carreteras, los moteles y los pueblos del anquilosado Estados Unidos que dibuja, pero que le llevan hasta un mes de trabajo, como explica. Así de profundamente se concentra para recrear una escena que transcurre en dos párrafos dentro de una barbería, o la descripción de los sonidos que suben desde un pueblo hasta los oídos de Humbert, asomado a un acantilado, en un pasaje maravilloso, muy cerca del final. Lo que él llama, en definitiva,  “puntos secretos o coordenadas subconscientes mediante los que se urdió el libro” no tienen que ver con la trama principal, pero le dan color, aportan densidad a la desesperación de Humbert, a la profundidad irracional de su amor -bueno, como si un amor tuviese mucho de racional a veces…-.

Y no olvido que este escritor es ruso y retrata Estados Unidos en el idioma de su país de acogida, el inglés. Nabokov explica maravillosamente que, en realidad, “su tragedia privada” es haber tenido que abandonar su idioma natural, “su libre, rica, infinitamente libre lengua rusa, por un inglés mediocre, desprovisto de todos esos aparatos -el espejo falaz, el telón de terciopelo negro, las asociaciones y transiciones implícitas- que el ilusionista nativo, atando las colas de su frac, puede emplear mágicamente para trascender, a su manera, la herencia común”. Es curioso comprobar cómo aquí, mientras habla de la novela, justo cuando ya está fuera de ella, recupera el lenguaje florido que sólo aparece en algunos párrafos fantásticos del propio libro. Puede que sea, precisamente, porque con la novela este ruso busca convertirse en un escritor norteamericano, y puede que se “adapte” a lo que él imagina que es el estilo del país. Menos mal que se adapta poco, o que no se pierde demasiado en el empeño. O que, simplemente, le sobraba talento y podía permitirse podarlo, aunque el idioma le fuese tan ajeno y le supusiese una dura prueba a superar.

Para él, en definitiva, como explica en su Curso de Literatura Europea, el arte de escribir “es una actividad fútil si no supone ante todo el arte de ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción. Puede que la materia de este mundo sea bastante real (dentro de las limitaciones de la realidad), pero no existe en absoluto como un todo fijo y aceptado: es el caos; y a este caos le dice el autor: «¡Anda !», dejando que el mundo vibre y se funda. Entonces -continúa Nabokov-, los átomos de este mundo, y no sus partes visibles y superficiales, entran en nuevas combinaciones. El escritor es el primero en trazar su mapa y poner nombre a los objetos naturales que contiene. Estas bayas son comestibles. Ese bicho moteado que se ha cruzado veloz en mi camino se puede domesticar. Aquel lago entre los árboles se llamará Lago de Ópalo o, más artísticamente, Lago Aguasucia. Esa bruma es una montaña… y aquella montaña tiene que ser conquistada. El artista maestro asciende por una ladera sin caminos trazados; y una vez arriba, en la cumbre batida por el viento, ¿con quién diréis que se encuentra? Con el lector jadeante y feliz. Y allí, con un gesto espontáneo, se abrazan y, si el libro es eterno, se unen eternamente”.

Escrito por
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8 Comentarios

  • Hace poco escribías acerca del arranque de Últimas Tardes con Teresa. ¿Y el arranque de Lolita? Es brillante.
    Placer estético, sí, de principio a fin. Dejarse llevar hasta los confines del amor, hasta los extremos. Estupendo artículo.

    • Muchas gracias Roberto!! 🙂 Es verdad que estoy encadenando varios libros con comienzos impresionantes, que te impiden quitar los ojos de las páginas, ¡el gran placer de la lectura! En cuanto a las pasiones vividas hasta el extremo, son un modelo con el que todos podemos soñar: hemos crecido con grandes historias perfectas en el cine y la literatura, pero, al final ¿son vivibles más allá de un tiempo?

    • Hace unos años, no tantos, los escritores, las personas para las que escribir era realmente importante, un núcleo de fuerza vital, no podían recibir la energía que da un lector que aprecia el esfuerzo, el mimo con el que se construye un texto. No dejo de pensar cada día en las posibilidades inmensas que ofrecen las nuevas tecnologías para establecer esa conexión entre el que escribe y el que lee. Es emocionante vivir este proceso. Muchas gracias por tus palabras!!!!!…Y también apunto a Nafisi

  • Muy buena nota. Entre los fondos y las formas, la literatura de Nobokov es exquisita, un abrigo que arropa nuestros sentidos, aquellos que también forman subyacientemente nuestro ser. En conclusión, una novela extraordinaria.
    M.E.

    • Gracias Miguel!!!! No puedo estar más de acuerdo contigo. Nabokov es un autor con el que disfrutar y del que aprender en cada frase.

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