Del psicoanálisis como cárcel mental

El niño que osó decir “El emperador está desnudo”, ¡ay!, acaso también estaba pagado por el propio emperador.        

Rafael Sánchez Ferlosio

 

Tengo un amigo muy inteligente que estudió Bellas Artes y que en este momento está saliendo con lo que vulgarmente se llama “una mujer de bandera”. En lo filosófico, siente una cierta inclinación hacia los planteamientos freudianos además de muchos otros, racionalistas siempre, pero aquellos son los que me irritan, y por eso el otro día quise ponerle a prueba. Le dije, por chat, que era un homosexual reprimido, a modo de juego. Realmente, no pienso que lo sea, aunque por otra parte me es igual, se trataba sólo de un experimento teórico. Porque la cuestión está en que él no tiene manera alguna de negarlo, desde el momento en que confía, aún con las reservas oportunas, en el psicoanálisis fundado por Sigmund Freud los últimos años del s. XIX.

Si dice que él cree que no es verdad, que lleva una vida heterosexual convencional, siempre puedo argüir que la represión misma le impide reconocerlo e incluso ser consciente de ello. Pregunta entonces qué indicios puedo haber reunido de ello, que porqué mi aseveración no es totalmente arbitraria. Le respondo que no tiene hijos, que le gusta ir bien arreglado, que es promíscuo y artista. Desde luego, son tópicos deleznables, pero manejados por la policía política de un país totalitario podrían ser, además, altamente peligrosos. Replica que dónde están sus resistencias, que cómo se manifiesta su negativa a la aceptación de su condición. Eso es fácil, digo: si le beso, y le gusta, es que es gay, como se quería demostrar, y si le beso, y me rechaza, es que es un gay profundamente reprimido (como ese personaje de La edad de la razón de Jean Paul Sartre que termina suicidándose, qué horror), también como se quería demostrar.

En la conversación real mi amigo tiene recursos de sobra para que quedemos en tablas, pero si yo hubiese sido su psicoanalista, estaba bien jodido, con perdón, ya que incluso en la situación extrema de terminar insultándome y abandonando mi consulta, mi ciencia me autorizaría para diagnosticar un fenómeno de “transferencia“, es decir, que el paciente, enfrentado a la verdad de que es un homosexual reprimido a la cual he llegado valiéndome de claves indiscutibles y acreditadas, ha decidido -sus defensas psíquicas han decidido- odiarme a mí en vez de a sí mismo. Bien podría haberme amado, que es otra modalidad de transferencia, pero no ha sido este el caso. Pobrecito, será un infeliz toda su vida rodeado de esas guapas chicas a las que, en realidad, no desea en absoluto…

Lo que pretendo mostrar no es los gustos de mi amigo ni los míos, que son aburridamente tradicionales, sino que existen ciencias, o estrategias teóricas, que no dejan escapatoria alguna, sometiendo a sus víctimas a una cárcel conceptual sin salida. El psicoanálisis es una de ellas -otras son el marxismo/leninismo, la genética si se pone, y, en general, todo estudio de la conducta humana en Occidente. En él quedan atrapados tanto el evaluado como el evaluador, puesto que el segundo también se evalúa a sí mismo, y si alguna vez desease siquiera abandonar el ejercicio del psicoanálisis, tendería a explicárselo a sí mismo valiéndose del propio psicoanálisis. Por ejemplo, atribuyéndolo al carácter “siniestro” que Freud estudió en la obra de E.T.A. Hoffmann, indicando que a veces el psicoanálisis mismo parece siniestro.

Además, la terapia psicoanalítica, escribió Freud en un famoso artículo, es, o debiera ser, interminable. O sea: nadie se “cura” nunca del todo, con lo que el psicoanálisis, más que una moda de clase alta o media-alta al modo de la películas de Woody Allen, estaría en la obligación (puramente desinteresada, faltaría más) de extenderse hacia el tratamiento de todo miembro presente y futuro de la humanidad y eso durante toda la vida de cada individuo por separado, puesto que habría eliminado virtualmente la distinción entre salud y enfermedad. ¿Alguien se imagina un psicoanalista por cada, pongamos, diez seres humanos en toda la faz del globo tres o cinco veces por semana? ¿El planeta  Tierra como un inmenso sanatorio psiquiátrico a horas fijas, suponiendo, claro, que hubiera dinero para pagarles en todas partes (en caso contrario existirían, quizá, misioneros)?.

Pues esa es la idea, si no lo he entendido mal. De hecho, el propio Freud practicó tal colonización, semejante expansión ilimitada, primero en la forma de una especie de Trasnacional Psicoanalítica fundada tan pronto como en 1910, la Asociación Psicoanalítica Internacional, semejante a la inevitable Iglesia Católica o a una Cruz Roja de la psique -y que, en efecto, en muchos casos ofrecía sus servicios gratis-, y, después, echando su red especulativa sobre todos los restantes campos de actividad humana que halló a su alcance. Psicoanálisis del arte, psicoanálisis etnológico, psicoanálisis de la religión, psicoanálisis de las masas, psicoanálisis del cine y hasta psicoanálisis del chiste … Los conceptos se iban ampliando y readaptando conforme al suministro de nuevo material (famoso es el caso de la Primera Guerra Mundial, donde el propio Freud tuvo que asumir que además del Eros, igualmente el Tánatos gobierna nuestros instintos) con vocación imperialista.

Las críticas fueron tempranas, tanto como los adeptos entusiastas. No hace mucho, Michel Onfray publicó el último libro, hasta el momento, de crítica a Freud, El crepúsculo de un ídolo, la fábula freudiana. La mayoría de sus ataques no me parecen directamente interesantes, porque desacreditar a la persona de Freud no es camino que conduzca a ninguna argumentación limpia (Onfray dedica más tiempo a escribir que a pensar, en mi opinión). Freud lo que ha hecho es aplicar al alma el credo positivista, lo que es decir una concepción de la ciencia que consiste en deducir un sistema de verdades a partir de una colección de hechos, y de no haber sido él habría sido otro: el resto de detalles idiosincrásicos no es ahora importante. En cambio, cuando Onfray aduce que el psicoanálisis funciona tanto como funciona cualquier placebo, y que acceder a esa curación -parcial, provisional- depende de un acto de fe semejante al de la religión, ahí sí podemos seguirle.

Porque se precisa el pascaliano “salto de la fe” para tumbarse en el diván a ser salvado de uno mismo por un señor que te escucha atentamente sin interferir ni comprometerse, pero que, llegada la hora de hablar, te dice la Verdad sobre ti mismo, emite sentencia… Y no puedes apelar, tú, que por medio de la asociación libre no has contado más que mentiras, disimulos o criptogramas (ejemplo de esto último sería cuando mencionas o sueñas con el número tres, lo cual significa muy probablemente genitales masculinos -¿?-) Creer que lo tuyo eran patrañas y lo del “doctor” la verdad requiere acudir a consulta con cierta actitud que nos devuelve a este cierto tipo de gente insegura y snob que retrata magistralmente y entre la que se cuenta Woody Allen.

Más poderosa, de cualquier forma, fue, creo, la crítica de Karen Horney, como me comenta mi amigo de Bellas Artes, que todavía sigue ahí, en el sentido de que Freud habría descuidado enteramente la conformación sociológica o cultural del sujeto convertido en paciente. En realidad, esto ya lo había insinuado Ludwig Wittgenstein, cuando escribió que el psicoanálisis es una mitología creada situándose al margen de los usos sociales establecidos por los juegos del lenguaje concretos de un lugar y un tiempo determinados -o calcando uno de ellos y generalizando a partir de él, en este caso la Viena de Freud y del propio Wittgenstein.

También Jacques Lacan decía que la configuración de una mente implica al menos a seis personas, lo cual ya es sociedad. Horney era freudiana, como lo fue Onfray, pero abandonó su tratamiento cuando el terapeuta insistió en que padecía “envidia del pene”, y, mucho más tarde, fue expulsada de las camarillas psicoanalíticas por decir cosas tan elementales como que el origen de la neurosis no está en cosas tan raras como el Complejo de Edipo, sino, más sencillamente, en que los niños de su tiempo solían andar escasos de afecto paterno. Que la dimensión social es siempre previa a la personal es casi de filosofía primaria, y a este respecto Freud cultiva un mito del individuo aislado propio de la Ilustración triunfante. Llevar a un paranoico a consulta y obviar el medio social es como ir al peluquero a que te arregle un solo pelo.

No hay crítica de la cultura occidental alguna en el pensamiento de Freud, esto es una leyenda forjada a partir del escándalo de los vieneses que le fueron contemporáneos. Para él, un paciente no es más que el individuo tal como lo concebía John Locke pero aquejado de problemas sexuales y familiares que impiden su pleno desarrollo. De hecho, según Freud, los motores de la socialización son lógica y temporalmente posteriores a los patrones del carácter individual, y consisten en el miedo a la muerte y el miedo a perder el amor. Tal como yo lo veo, los amigos de Horney, los llamados “freudomarxistas” (Erich Fromm fue pareja suya) estaban considerablemente mejor encaminados en orden a enfocar los problemas colectivamente con objeto de instrumentar una crítica cultural global.

Pero es que, a mayor abundamiento, Freud mismo lo dijo. Afirma que el psicoanálisis es una obra cultural comparable a la desecación del lago Zuidersee, de manera que “donde esta el Ello, allí debe llegar a estar el Yo”. O, con otras palabras: de lo que se trata no es de profundizar el inconsciente, sino de hacerlo gradualmente consciente, controlado. Una vez que se consiguiera algo así, la cultura occidental, tal y como la conocemos, estaría en plenas condiciones de seguir su rumbo. La “crítica” no sería más que eliminación de obstáculos íntimos, de hojarasca atávica, en plena conformidad con el plan general. De ahí el pensamiento de Sánchez Ferlosio que he colocado en epígrafe. Cosa muy diferente es que lo prolongado del proyecto ilustrado no justifique el análisis interminable.

El inconsciente mismo, el Ello, es concebido por Freud como una economía libidinal o una hidráulica de las energías psíquicas, es decir, de modo mecanicista, como es paradigmático de la ciencia moderna. ¿Hay, de verdad, una mecánica exacta del deseo? ¿No es el deseo, por esencia, libre, incluso libertario? Las críticas más lúcidas han disparado por ese flanco, el más vulnerable, el verdaderamente letal para el psicoanálisis. Mientras, la disciplina psicoanalítica se mantiene firme y bien defendida en su crimen perfecto, puesto que como no conoce exterior, como la réplica personal o la contestación intelectual son confirmaciones mismas de la doctrina (Karl Popper vino a señalar esto mismo, tachándolo de pseudo-ciencia), como todos somos una pandilla de perversos polimorfos reprimidos que ofrecemos resistencia a la traumática Verdad científica, pues apaga y vámonos.

El psicoanálisis es una sección, un corte, de lo que Michel Foucault solía denominar una episteme. Tiene una determinación dada para lo que queda dentro de la explicación y otra, igual de positiva o constructiva, para lo que pudiera quedar fuera, como el loco foucaultiano. Pero una teoría es algo más modesto, tal vez la trascripción a discurso de una serie acotada de fenómenos  (problemáticos o no, esto es cuestionable) a fin de que puedan ser discutidos por la mayor cantidad posible de interlocutores. Una teoría es, pues, una interpretación, y debe ser abierta y compartida o constituirá más bien un foco opaco de poder. La novedad del psicoanalista está en que, a diferencia de vidente o el mentalista, no te dice lo que quieres oír, sino que, al contrario, no ceja hasta que tú terminas por decir lo que él quiere oír, a la manera de una Inquisición soft.

Ese perfecto desconocido -y es su deber profesional, su deontología, serlo hasta el final- que es el analista te enderezará te guste o no, y nada hay qué ni por discutir: el principio de realidad debe imponerse al del placer. La ciencia del psicoanálisis no es, no ha sido y nunca será una estafa, jamás diría yo semejante barbaridad. Se trata de un modelo racional, y como modelo puede ser usado, entero o troceado, allí donde tenga justificación o sea reclamado expresamente. Lacan indicó que la propia “demanda de psicoanálisis” por parte de un paciente es ya un síntoma de la necesidad del método… para ese paciente concreto, añado. Quien dice paciente dice cliente, y los psicoanalistas ilustres han ganado grandes sumas de dinero. El propio doctor debe psicoanalizarse antes, como recomendaba Carl Gustav Jung, no vaya a ser que “la demanda de psicoanálisis”, en tanto manifestación de una urgencia íntima, falte en el seno mismo de la vocación de servicio psicoanalítica. Como decimos en castellano, todo queda en casa…

Sobre Freud y su ideas se han rodado muchas películas, desde las decentes como la de John Huston hasta las ridículas, como la de Alfred Hitchcock. Pero, sin duda, las peores son las últimas: esa en la que el maestro de Freud, Josef Breuer, hace amistad con un Friedrich Nietzsche completamente banalizado, y aquella en la que el propio Sigmund forma triángulo amoroso con Jung. Se explota el morbo, las schweinerei (“guarrerías”, en palabras de Freud) que hicieron mundialmente célebre al psicoanálisis.

Luego están gestos estéticos inspirados por el psicoanálisis como el Surrealismo que también han inspirado películas, pinturas, poemas, etc. Estoy de veras convencido de que si Freud, al fin y al cabo un hombre de gran rigor y capacidad, hubiese visto El perro andaluz le hubiese parecido una tomadura de pelo colosal. Por algo se retiró deprisa y corriendo en su juventud de la hipnosis y el mesmerismo. Sin embargo, tras todo lo dicho, lo que verdaderamente me molesta a mi particularmente del psicoanálisis no es tanto la cárcel en que se encierra como teoría, ya que estalló y seguirá estallando en múltiples ramificaciones y mestizajes, sino en lo que hace con nuestra concepción de la mente.

Uno puede asombrarse por esa prodigiosa -y espantosa- arma, la cabeza humana, que ha producido, por ejemplo, un chip diminuto capaz de guiar un misil a su objetivo pese a la climatología adversa o a las contramedidas enemigas. Pero si eres creyente en la cosmovisión propuesta por el psicoanálisis en bloque, no pasarás de ver la mente del hombre como ese pozo del que manan sentimientos pujantes sin orden ni claridad cuya razón de ser es la de ocupar tu vida entera. ¿Sería tan extraño decir que tal idea resulta finalmente burguesa, demasiado burguesa?.

Sentirnos como reos y policías de nuestra condición pasional y no mirar al mundo más allá de eso me parece a mi una verdadera cárcel mental. Ignoro lo que pensará mi amigo, pero podemos hablarlo, porque una conversación entre iguales donde ninguno se arroga, con un título bajo el brazo, la clave última de la cuestión a debatir sí que es una situación potencial y felizmente interminable.   (Rainer María Rilke, que conoció a Freud, se negó a ser psicoanalizado con el siguiente argumento: él era poeta, y no necesitaba un gran rotulador rojo que corrigiese lo que quizá fuesen las fuentes de su inspiración, por mucho que el análisis las considere defectos, taras, zonas de sombra…)

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12 Comentarios

  • Me notifican que en twitter dicen:

    “El perro andaluz parte de las teorías de Freud, a quién gustó el filme, abrazadas por Buñuel y Dalí.
    el mismo Freud admiraba y practicaba la escritura automática que pregonaban los surrealistas. Freud se entrevistó con Dalí para que el ampurdanés le explicara el método paranoico crítico.”

    No lo sabía, pero encuentro esto como crónica más detallada que ofrece una versión mucho menos halagadora:

    http://aquileana.wordpress.com/2010/03/28/arte-psicoanalisis-salvador-dali-y-sigmund-freud/

    “Determinados límites”: aquí está la clave…

  • No deja de ser curioso y, también revelador, que las dos principales corrientes del pensamiento del siglo XX (psicoanálisis y marxismo) hayan sido “ideologías de la sospecha”, una a nivel individual, otra a nivel social, quizá por eso se fundieron con facilidad y tuvieron alguna descendencia como el feminismo, que sustituyó la lucha de clases por la lucha de sexos. 

    Ambas contenían una teoría de la evolución y de la caída (disociación neurótica, división en clases sociales), un programa revolucionario (liberación del inconsciente a través de la terapia, liberación del proletariado a través de la revolución) y un departamento dedicado a la práctica de la sospecha tremendamente suspicaz (desenmascaramiento de las represiones, desenmascaramiento de la ideología burguesa) ante el que cualquier crítica terminaba reforzando el paradigma y, en algunos casos, haciendo correr peligros, más o menos graves, a los que se arriesgaban, sobre todo porque, además, ambas fueron vividas como nuevas religiones, con toda la abnegación y el dogmatismo que ello implicaba.

    Por otro lado, ambas supusieron una rebelión necesaria ante lo que sucedía en el tiempo en que fueron formuladas. Se rebelaron contra la miseria social y la miseria psicológica que producía un determinado sistema de organización social, una forma de vivir que de alguna manera quebraron, aunque quizá no como se proponían y creando nuevos e insospechados sufrimientos.

    El asunto es que ahora estamos aquí, en el siglo XXI ( el marxismo cayó -quizá renazca- y tan sólo nos queda una psicología de la adaptación o el recurso a fármacos mas o menos ataráxicos ) y parece que el ser humano precisa seguir teniendo relatos que den sentido a su vida y le aporten referentes con los que relacionarse socialmente o legitimar su situación o sus decisiones, en un mar  de incertidumbre. Y, sobre todo, para modular las emociones que tan a menudo se escapan de las manos, en algunos casos impidiéndoles literalmente vivir. Lo que lo coloca de continuo al mismo borde de la superstición. 

    Necesitamos relatos pero, como siempre tendremos serio peligro de enredarnos en ellos, sobre todo sí no se tienen en cuenta algunos errores, ciertos límites, de lo que surge cuando, como ahora, se cuestiona el sistema entero y cualquiera se ve capaz de crear uno nuevo y perfecto ante el que no cabría cuestionamiento alguno sí estuviera legitimado por muchos. 

    Por eso hay que seguir leyendo a Freud de vez en cuando. Porque es un maravilloso escritor (quizá, como dice Bloom, por lo que quedará en la historia) y también porque es un muro donde construirse contra las fascinaciones y los excesos de la interpretación. Quizá un límite de nuestra mente en este mundo incierto donde los hechos se nos escapan tan a menudo si no les creamos un contexto coherente, que tan frecuentemente no es del todo verdadero. 

    Magnífico artículo Óscar. Me quito mi sombrero. 

    Recomiendo leer el capítulo dedicado a el psicoanálisis en “Historia de la psicología” de Thomas Hardy Leahey que puede encontrarse en http://es.scribd.com/mobile/doc/93363008. Es esclarecedor de sus luces y sombras.

  • Marx sin marxismo y Freud sin freudismo, estoy de acuerdo. No lo estoy en que Freud “sospeche” nada, eso es una invención de Paul Ricoeur, pero ya está comentado arriba. Gracias a ti por tu interesante comentario, leeré eso sin falta.

  • Tiempo después de redactar esta cosa, una amiga me contó que Freud dio una entrevista en la revista Time. No la he encontrado, y hay quien dice que lo que voy a contar es apócrifo. Allí se le preguntó en que consistiría entonces estar sano (o cuerdo, en tu lenguaje); según dice la hablilla, contesto: “en estar en disposición de amar y trabajar”. Todavía hoy, y hasta que se me ocurra una objeción -puesto que contra su doctrina se me siguen ocurriendo objeciones seguramente tontas-, me parece una respuesta sencilla y perfecta.

  • En muy opinión es muy acelerado decir que el psicoanálisis de Freud apunta al individualismo(si entiendo bien lo que quiere decir). Para mi, está malinterpretando la teoría y es erróneo utilizar a Lacan como ejemplo, cuando fue él quien rescató los postulados de Freud para su teoría. Ahora bien, el psicoanálisis no pretende una cura, no pretende que todos los seres humanos estemos en terapia, si no que piensa y se atreve a analizar hechos del común que para muchos no tienen importancia. Una perspectiva diferente, sería bueno que comparara: http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/jardin/article/view/19877

  • Individualismo liberal, para ser exactos. Pero si el psicoanálisis ha abandonado su prurito totalizante para convertirse en un almacén de curiosidades psicológicas o patológicas, estaré encantado (es lo que tenía que haber sido desde el principio…)

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