Todo lo que me dijiste

¿Recuerdas todo lo que me dijiste?

Me dijiste que pisar las rayas del suelo traía mala suerte, y que tú te las saltabas desde aquella vez en que una gitana te paró junto a la catedral y te leyó las líneas de la mano, y te dijo que tenías muy marcada la línea del dolor. No se dio cuenta la vieja de que en la palma de tu mano había una línea de más, una vieja cicatriz que te repasabas con la yema de los dedos para no olvidar aquella cuchillada que no iba para ti, pero que se quedó para siempre en tu mano después de que aquel desgraciado te quisiera atar a él, porque pensaba que si salías de casa no volverías jamás. Me dijiste que pisar las rayas del suelo traía mala suerte mientras mirabas las baldosas que pisábamos y yo hacía verdaderos esfuerzos por caminar junto a ti. Y aquella noche te besé cargado de supersticiones, intentando no hacer rectas las caricias con las que te hería, repasando con la punta de la lengua la redondez de tus lunares.

Me dijiste que te daba vértigo la feria, y por eso me apretabas la mano mientras caminábamos entre aquella música estridente y las luces de colores, y no has vuelto a mirar al cielo de una noche así desde la vez en que tu padre subió contigo a la noria que veíais desde la ventana de casa y la atracción dejó de girar cuando estábais allí arriba, suspendidos, y el calor de la risa de los demás niños quedaba muy abajo. Y hacía frío, y no parabas de temblar. Y cuando llegásteis abajo, una eternidad después, le hiciste prometer que jamás te volvería a subir al cielo y a dejarte allí, entre las nubes, aterida y con ganas de llorar. Me dijiste que te daba vértigo la feria y aquella noche te besé como a una niña, con la ternura de quien descubre una piel, iluminando cada uno de tus rincones, bebiendo tu sudor como quien come algodón dulce. Repasé con la nariz cada una de tus vértebras mientras me agarraba muy fuerte a tu ombligo para no marearme por el vértigo que me dabas.

Me dijiste que los atardeceres quemaban, pero que eran los amaneceres los que de verdad dolían, y por eso te paseabas desnuda por mi casa en las primeras horas de la mañana, exponiendo bien abiertas tus heridas, con esa piel tan blanca recién lamida, con la marca de mis dedos en medio de tantas cicatrices. Abrías las ventanas y te mostrabas pequeña, huesuda, al primer aire de la mañana, dejando que la brisa eliminara poco a poco el calor de la tarde anterior, el calor de tantas tardes que te habían quemado las carnes dejando tus huesos a la intemperie del frío que acompaña la salida del sol. Me dijiste que los amaneceres dolían y yo intentaba quererte cada mañana, sobre las sábanas, mientras tú me follabas sobre los rescoldos apagados de la hoguera de la noche anterior. Y cuando lográbamos apagar el calor, tú siempre llorabas. Porque era verdad que los amaneceres dolían.

Me dijiste que lo nuestro no podía durar, y yo no me lo creí. Y ahora te veo moverte desnuda por la casa después de abrir todas las ventanas y respirar el frío con los ojos cerrados, sin querer mirar al cielo, recorriendo la habitación y el pasillo con cuidado de no pisar las rayas, haciendo acopio de la ropa sobre la que acabas de llorar encima de mí, mientras yo te susurraba al oído que no te vayas. Me dijiste que lo nuestro no podía durar, y todavía no me lo creo. Todavía espero que en el último momento vuelvas a quitarse la ropa y te tumbes junto a mí para seguir contándome historias. Y para que a partir de cada una de ellas yo encuentre una manera diferente de besarte.

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